Leandro está en campaña de buscar un esposo para su madre y un buen padre para él. ¿Este pequeño niño de tan solo 10 años podrá encontrar al hombre perfecto? O en su travesía descubrirá secretos escondidos de traiciones y engaños pasados que sufrió su madre.
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Una gran madre.
Luego de un instante en que me quedé inmóvil, observándolos desde la distancia, ellos por fin caminaron hacia donde yo estaba. Leo estaba radiante, con una sonrisa enorme que iluminaba todo su rostro, mientras caminaba de la mano de Nahuel.
—¡MAMÁ, YA VOLVÍ! —gritó Leo, soltando la mano del profesor para correr hacia mí a toda velocidad.
—Buenas noches, señora. ¡Qué placer verlos aquí! —dijo Nahuel, acercándose con una sonrisa cálida mientras me extendía la mano para saludar.
—Buenas noches, profesor… Es bueno también verlo de nuevo —respondí, estrechándole la mano con una mezcla de agradecimiento y aprensión.
—Mamá… ¿Puedo ir a la montaña rusa con el profe Nahuel? —preguntó Leo, con los ojos brillantes como dos estrellas y un tono suplicante que no dejaba lugar a la negativa.
—Leo, ya te dije que no molestes al señor —repliqué, con un toque de culpa en la voz, aunque en el fondo sabía que mi hijo solo buscaba un poco de esa alegría que yo no siempre podía darle.
—Por mí está bien. Me agrada mucho Leandro, y ya me contó que le teme a esa atracción —sonrió, giñándome el ojo con una ternura que me desconcertó— Déjeme sacrificarme por usted…
—Veo que mi hijo está muy hablador últimamente… Gracias… y disculpe la molestia —murmuré, sintiendo cómo se me calentaban las mejillas.
—¡Sííí, vamos profe! ¡Ahora no hay demasiada fila! —gritó Leo, tirando con fuerza de la mano de Nahuel, quien lo siguió riendo, dejándome atrás en medio de la multitud.
Mi pequeño de verdad desea tener un padre que pueda darle lo que yo no puedo. Por más que me esfuerce, más que trabaje día y noche, jamás podré llenar ese vacío que solo un hombre puede ocupar en su vida. Me sentí terrible por no poder ofrecerle eso que tanto necesita, pero no creo ser capaz de volver a confiar en alguien. Ya me lastimaron lo suficiente en el pasado, y ahora que tengo a este pequeño a mi lado, no puedo permitir que la historia se repita. Si el día de mañana pasa lo mismo… mi hijo sufrirá la ausencia y el dolor. ¡No! Eso no lo voy a permitir, jamás.
Después del juego, ambos volvieron con los cabellos alborotados por el viento y las respiraciones agitadas. Leo sonría de oreja a oreja, y Nahuel lo miraba con una cariño tan puro que me partía el corazón. Mientras Leo corría hacia el baño, nos quedamos solos en un banco, y aproveché el momento para mencionarle lo del otro niño.
—Leo me comentó el incidente que tuvo con un niño de otro curso… ¿Me puede decir qué pasó exactamente, por favor? —pregunté, apretando las manos sobre mis piernas.
—Quería avisarle, pero Leandro me dijo que no lo hiciera… Que usted estaba demasiado ocupada y no quería preocuparla en vano —dijo Nahuel, con la voz un poco dudosa, como si temiera haber fallado en algo— Ya tomé cartas en el asunto, lo llamé a conversación con el director, y ahora todo está bien.
—Muchas gracias, profesor. Mi hijo suele hacer eso, pensar que solo me va a dar problemas… Pero por favor, la próxima vez avíseme sin dudarlo. Esto no puede volver a pasar —afirmé con firmeza, sintiendo cómo se me escuchaba la rabia por lo que le habían hecho.
—Entiendo perfectamente… Y perdón, pero no estoy en horario de clases… Puede llamarme Nahuel —sugirió con una sonrisa tranquila.
—No puedo… No somos amigos —respondí demasiado rápido, negando con las manos como si su oferta me quemara— Disculpe, no quise sonar grosera…
—Está bien, no hay problema —respondió, sin perder la sonrisa— Le prometo que si hay una próxima vez le avisaré de inmediato. Pero no permitiré que estos atropellos pasen de nuevo, Leandro es un excelente niño, y tiene un brillante futuro por delante si sigue esforzándose así. Usted es una gran madre.
Una gran madre. ¿De verdad soy buena para él? Mi hijo ha pasado tantas carencias, tantas necesidades por mi ineptitud, por no saber cómo hacer las cosas mejor… Creo no merecerme esas palabras. Me limpié las lágrimas que empezaban a rodar por mis mejillas antes de responder.
—Gracias por sus palabras, aunque ese título me es demasiado grande…
—Para nada. Se nota toda la dedicación y el amor con el que lo educa. Me imagino que todo su encanto lo heredó de usted —dijo, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo temblar.
—Bueno, la verdad es que sí soy muy buena con los números —respondí tratando de sonreír, distrayéndome de sus palabras sin darme cuenta de lo que estaba diciendo.
Me quedé en silencio, y de repente recordé que Octavio también era un genio con los números. Leo lo pudo haber heredado de mí… o de él. Pero la cuestión es que como mi hijo no hay dos en el mundo, y no dejaré que nadie lo menosprecie nunca más.
—¿Briella, todo bien? —me llamó Nahuel, sacándome de mis pensamientos— Te perdí por un instante… Parecías muy lejos.
—Ah… perdón… Estaba distraída pensando en algo —murmuré, bajando la mirada para evitar su vista.
—Ya viene Leandro. ¿Puedo llevarlos a su casa? Es tarde, y con tanta gente no creo que consigan taxi fácilmente —ofreció, con una voz calmada y segura.
—No quiero molestarle más de la cuenta…
—Yo lo hago con mucho gusto. Además, piense en el niño, debe estar cansado —insistió, y no pude negarme.
—Bien… Acepto su ofrecimiento. Gracias —dije, sintiendo cómo una ligera calma invadía mi pecho.
Leo llegó corriendo y al escuchar la noticia se puso más contento aún. Tal como lo dijo Nahuel, a mitad del camino se quedó dormido en mi regazo, su respiración era suave, su cabeza apoyada en mi pecho, y su pequeño cuerpo calentaba el mío. Me llenó de una sensación de calidez y amor tan profundo que me costó contener las lágrimas.
—¿Puede llevarlo, por favor? —pregunté cuando llegamos a la casa— Ahora que ya ha crecido tanto, se me hace muy difícil cargarlo como cuando era pequeñito…
—Me imagino. En poco tiempo Leandro será un preadolescente independiente —respondió Nahuel, tomándolo con cuidado en sus brazos, como si fuera un cristal precioso.
Comenzamos a caminar hacia la puerta, sintiendo sus pasos firmes detrás de mí. Ja… a veces me paso de los límites. Este hombre está siendo amable, y yo solo lo estoy menospreciando sin necesidad alguna. Me apresuré a abrir la puerta para que pudiera acostarlo en la cama.
—De verdad me salvó la vida… A veces olvido que ya no es un bebé al que pueda cargar con facilidad —dije, mientras lo veía tapar a Leo con la manta, moviéndose con una ternura que no esperaba de un hombre desconocido.
—Está bien dejarse ayudar de vez en cuando, señora. No tiene nada de malo hacerlo —Nahuel destilaba esa esencia tan natural, tan cercana… Ahora entendía por qué le agradaba tanto a Leo.
—Gracias —susurré, sin saber qué más decir.
—No hay de qué, fue un placer. Antes de irme… ¿Al menos me concede el derecho de ofrecerle mi amistad? —preguntó, con una mirada suave y una voz que denotaba su duda de si la aceptaría.
—Bien… Estaría encantada, Nahuel —respondí, extendiéndole la mano con una sonrisa sincera por primera vez.
—Yo igual, Briella. Que tenga buenas noches —dijo, estrechándome la mano con calidez.
—Igualmente… Adiós —murmuré, cerrando la puerta lentamente mientras lo veía alejarse.
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En la otra parte de la ciudad, una cena algo incómoda se llevaba a cabo en la casa de la abuela de Octavio.
—¡Hijo, llegas tardísimo! —dijo mi madre, abrazándome con una fuerza exagerada que casi me hace perder el equilibrio.
—Lo lamento, mamá. El trabajo duró más de lo planeado —respondí, besándole la frente mientras escaneaba el salón en busca de Rodo.
—Por fin llegas, Octavio. Pensé que ya no te presentarías —Roxana me lanzó esa muralla acusatoria desde la puerta de la cocina, con los brazos cruzados y la mirada fría.
—Es el cumpleaños de mi madre, ¿cómo no vendría? ¿Dónde está Rodo? —pregunté, evitando su mirada.
—Jugando a los videojuegos en su cuarto —respondió, volviéndose para regresar a la cocina.
—Roxana, no creas que no vi la notificación de la escuela. Tendría que estar estudiando en vez de pasarse el día frente a la pantalla —dije con firmeza, sentándome en la mesa y golpeándola suavemente para llamar su atención.
—Es un niño, déjalo tranquilo. Ya tiene muchas presiones en la escuela —respondió con indiferencia, sin siquiera mirarme.
—Ahora es un niño, pero cuando intimidó a otro no lo fue —replicó, sintiendo cómo la ira subía por mi pecho— No puedo creer que sigas defendiéndolo después de lo que hizo.
—Hablemos de eso luego. Esta noche es para celebrar el cumpleaños de tu madre —intervino la abuela, poniendo las manos sobre la mesa para calmar el ambiente tenso.
Rodo tiene esa actitud soberbia porque Roxana lo apaña y lo cubre de todos sus malos actos. Ese niño cada día se está saliendo más de lugar, y no sé cómo puedo remediar esto cuando su madre no me apoya en nada con respecto a su crianza o educación. Ella solo espera que yo pague todas sus necesidades, pero no me da el derecho de interferir en cómo lo educa.
Pero ese mocoso le ha dado vida a esta casa y a mi madre, que lo adora con todo su corazón. Tengo que encontrar una manera de solucionar su mala actitud antes de que se convierta en una mala persona… y ya no tengamos vuelta atrás. Mi pecho se apretó con fuerza, y de repente pensé en ese niño del hotel, su mirada clara, su sonrisa sincera… cómo me hizo sentir algo que no sentía desde hace años.