Miranda Moreno tiene un objetivo del que no piensa desviarse: casarse con el hombre más poderoso del país. Lo que comienza como un plan cuidadosamente calculado podría convertirse en el mayor riesgo de su vida, porque el poder siempre tiene un precio... y el corazón no sigue estrategias.
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Capítulo 11 - Un gesto inesperado
A la mañana siguiente, Cristóbal llegó a la oficina más temprano de lo habitual.
Intentó concentrarse en su agenda.
Revisó informes.
Firmó algunos documentos.
Atendió un par de llamadas.
Pero, por más que lo intentaba, había una pregunta que regresaba una y otra vez a su mente.
"¿Cómo estará?"
Habían pasado casi veinticuatro horas desde el accidente.
Ella tenía su número personal.
Y, sin embargo, no había llamado.
Ni un mensaje.
Ni una sola noticia.
Aquello, lejos de tranquilizarlo, despertaba aún más su curiosidad.
Finalmente, presionó el botón del teléfono interno.
—Laura, ¿puedes pasar un momento?
—Enseguida, señor.
......................
Unos segundos después, entró a la oficina con su tableta en la mano.
—¿Me llamó?
Cristóbal asintió.
—Quiero que vayas a Recursos Humanos y me traigas toda la documentación de la señorita Miranda Moreno.
Laura lo miró con sorpresa.
—¿Toda?
—Su expediente de contratación, currículum, referencias... todo lo que tenga relación con ella.
La asistente no hizo preguntas.
—Sí, señor.
......................
Media hora después, regresó con una carpeta color marfil.
La dejó sobre el escritorio.
—Aquí está toda la información.
—Gracias, Laura.
Cuando quedó solo, Cristóbal abrió la carpeta.
Lo primero que encontró fue su currículum.
Licenciada en Administración y Finanzas.
Promedio sobresaliente.
La mejor estudiante de su generación.
Continuó leyendo.
Cursos de especialización.
Idiomas.
Reconocimientos académicos.
Después tomó la carta de recomendación de su empleo anterior.
Era impecable.
Destacaba su disciplina, su inteligencia y su excelente desempeño profesional.
Cristóbal dejó escapar una leve sonrisa.
—Así que además de hermosa... eres brillante.
Cerró la carpeta lentamente.
No sabía por qué, pero aquello solo aumentaba su interés.
Volvió a tomar el teléfono.
—Laura.
La asistente respondió casi de inmediato.
—¿Sí, señor?
—Quiero que envíes una canasta con frutas frescas, algunos bocadillos y un arreglo floral a la señorita Miranda Moreno.
Laura anotó cada indicación.
—¿Desea agregar alguna nota?
Cristóbal permaneció unos segundos en silencio antes de responder.
—Sí.
Tomó una hoja y escribió de su puño y letra.
Firmó únicamente con una inicial.
Le entregó la nota a Laura.
—Asegúrate de que lo reciba lo antes posible.
—Así será, señor.
La asistente abandonó la oficina.
Cristóbal volvió a mirar por el ventanal.
No recordaba la última vez que había tenido un gesto así por alguien.
Y, sin embargo, con Miranda todo parecía surgir de manera natural.
Sin darse cuenta, aquella joven seguía ocupando un espacio cada vez más grande en sus pensamientos.
Muy lejos de allí, Miranda ignoraba que el primer movimiento ya no lo estaba haciendo ella.
Ahora era Cristóbal Bravo de Saravia quien comenzaba, poco a poco, a buscar la forma de acercarse a ella.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Más tarde...
Miranda permanecía sentada en el sofá de su pequeño departamento, con el pie apoyado sobre un cojín.
Movió lentamente el tobillo.
La molestia era casi imperceptible.
—Ya casi no duele... —murmuró.
Su mirada se dirigió hacia la mesa de centro, donde seguía descansando la tarjeta de presentación de Cristóbal Bravo de Saravia.
Había pasado toda la mañana.
Y él no había llamado.
Frunció ligeramente el ceño.
—Vamos, Cristóbal... pensé que estarías más interesado.
Tomó la tarjeta entre sus dedos y sonrió con seguridad.
—No importa. Sé que terminarás buscándome.
En ese instante, llamaron a la puerta.
¡Toc, toc!
Miranda sintió un pequeño vuelco en el pecho.
—¿Será...?
Por un instante imaginó a Cristóbal al otro lado de la puerta.
Se acomodó rápidamente el cabello y caminó hasta la entrada.
Al abrir, la ilusión desapareció.
Era un repartidor uniformado que sostenía un ramo de flores y una canasta.
—¿La señorita Miranda Moreno?
—Sí... soy yo.
—Traigo una entrega para usted.
El hombre le entregó primero el ramo y luego la canasta.
—Que tenga un buen día.
—Gracias.
El repartidor se marchó y Miranda cerró la puerta.
Colocó la canasta sobre la mesa y observó con atención el arreglo floral.
Justo el tipo de detalle que esperaba de un hombre como Cristóbal.
Entre las flores encontró una pequeña tarjeta.
La abrió con una sonrisa.
"Espero que se encuentre mucho mejor, señorita Moreno. Puede presentarse mañana a trabajar; su puesto la estará esperando."
C. B. S.
Miranda pasó suavemente la yema de sus dedos sobre las iniciales.
Una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro.
—Lo sabía...
No había llamado.
Pero había pensado en ella.
Y eso era incluso mejor.
Se acercó al espejo de la sala sosteniendo el ramo entre sus brazos.
—Vas por buen camino, Cristóbal Bravo de Saravia...
Sus ojos brillaron con determinación.
—Muy pronto dejaré de ser la señorita Moreno...
Y me convertiré en la señora Bravo de Saravia.
......................
Miranda volvió a leer la pequeña nota por tercera vez.
Una sonrisa satisfecha apareció en sus labios.
Había esperado una llamada.
En su lugar, Cristóbal había tenido un gesto mucho más personal.
Dejó el ramo sobre la mesa y tomó la tarjeta de presentación que él mismo le había entregado el día anterior.
Sus dedos recorrieron lentamente el número impreso.
—Es momento de agradecerle... —murmuró.
No pensaba llamarlo.
Una llamada podía parecer demasiado personal.
Un mensaje era suficiente.
Tomó el teléfono celular, guardó el número de Cristóbal y comenzó a escribir.
Después de releer el texto una última vez, presionó Enviar.
«Señor Bravo de Saravia, amé su detalle. Muchas gracias por su atención. Allí estaré mañana a primera hora. Le deseo una excelente tarde.»
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
El teléfono de Cristóbal vibró sobre el escritorio.
Desvió la vista de los documentos y tomó el dispositivo.
Abrió el mensaje.
Sin darse cuenta, volvió a leerlo.
Aquella sonrisa seguía dibujada en sus labios cuando llamaron a la puerta.
—Adelante.
Alejandro entró con una carpeta bajo el brazo, pero se detuvo apenas cruzó el umbral.
Lo observó durante unos segundos.
—Tienes cara de hombre enamorado.
Cristóbal dejó el teléfono sobre el escritorio.
—¿Sigues con eso?
Alejandro sonrió con tranquilidad.
—Pues sí. Soy tu hermano mayor y te conozco mejor que nadie.
Cristóbal guardó silencio unos instantes.
Luego levantó la vista.
—¿Qué sentiste cuando conociste a Isabel?
Alejandro no esperaba aquella pregunta.
Su expresión cambió de inmediato.
Una sonrisa sincera iluminó su rostro.
—Cuando vi a esa mujer por primera vez... me enamoré.
Se tomó unos segundos antes de continuar.
—Buscaba cualquier excusa para verla. Iba de vez en cuando a desayunar, almorzar y cenar todos los días al restaurante donde nos conocimos, solo para tener la oportunidad de volver a verla.
Cristóbal escuchaba con atención.
—No podía dejar de pensar en ella. Y, por primera vez en mi vida, el trabajo pasó a un segundo plano.
Cristóbal bajó la mirada hacia el teléfono.
—Esa chica...
Hizo una pausa.
....
Que pasará el día que se descubra que no fue casualidad ese accidente y todo lo que planeó que dirá y hará Cristóbal 🤔🤔🤔❓❓❓❓