En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
TE COMPARTIRE MI PODER.
—Ella es mi vida, Karim —respondió él—. Y tú y Amara sois ahora mi familia. Mi sangre. Mi fuerza. Nada nos detendrá.
Esa noche, antes de la partida definitiva, el palacio estaba en silencio, preparándose para la marcha. Layla y Caelen estaban de nuevo en sus aposentos, pero esta vez no había nerviosismo ni miedo, solo una conciencia profunda de que estaban a punto de cumplir su destino y de cambiar la historia para siempre.
Se acercaron al gran balcón que daba a los jardines y al horizonte del sur, donde ya se podía ver una mancha oscura que cubría las estrellas: la presencia de Malakor, cada vez más cerca, cada vez más fuerte. Pero al lado de Caelen, Layla no sentía miedo; sentía el poder que emanaba de él, la calma de quien sabe que lleva la victoria en la sangre.
Caelen la abrazó por la espalda, pegando su cuerpo fuerte y cálido al de ella, apoyando su barbilla en su hombro, respirando su aroma, sintiendo su esencia mezclarse con la suya. Las marcas de su piel brillaban suavemente, iluminando la piel de ella con tonos azules y dorados.
—Mañana caminaremos hacia la boca del lobo, mi amor —susurró él contra su oído, con esa voz profunda y ronca que siempre la hacía estremecer—. Mañana nos enfrentaremos a todo el mal que existe en este mundo. Pero te miro, te siento aquí conmigo, y sé que no hay nada que pueda hacernos daño. Porque mientras estemos así, unidos, somos intocables. Somos luz pura.
Layla se giró entre sus brazos, quedando cara a cara con él, poniendo sus manos sobre su pecho, justo donde latía su corazón fuerte y constante, el corazón que ahora era también suyo. Lo miró a esos ojos zafiros que tanto amaba, llenos de amor, de poder y de promesas.
—No importa a dónde vayamos, ni contra quién luchemos —respondió ella con firmeza y pasión—. Mientras esté contigo, estoy en casa. Y sé que pase lo que pase, saldremos victoriosos. Porque nuestro amor es más fuerte que cualquier oscuridad, cualquier magia, cualquier enemigo. Karim y Amara están con nosotros, pero tú y yo somos el centro de todo. Y eso, mi príncipe, eso es lo que Malakor nunca podrá entender ni vencer.
Caelen no pudo resistirse. La tomó de la cintura y la levantó en un solo movimiento, fundiendo sus labios con los de ella en un beso profundo, hambriento y desesperado. Era un beso que sabía a despedida de la paz, pero también a promesa de gloria. Sus lenguas se encontraron y lucharon con ansia, devorándose el aliento, como si quisieran grabar en sus memorias cada sabor, cada sensación, antes de entrar en la batalla.
La llevó hacia la cama con paso firme y ágil, y allí, bajo la luz de las lámparas mágicas que brillaban como pequeñas estrellas, comenzaron a desvestirse mutuamente, con prisa y con ternura, ansiosos por sentir la piel del otro, por fundirse en un solo ser una vez más, antes de que el deber los llamara.
Cuando quedaron desnud°s, la visión fue sobrecogedora: Caelen, con su cuerpo perfecto y poderoso recorrido por las luces de Velarion, irradiaba autoridad y magia; Layla, hermosa y fuerte, con la fuerza de Al-Jazair brillando en sus ojos y en su piel, era la imagen misma de la diosa guerrera. Juntos, frente a frente, eran la encarnación viviente de la leyenda.
—Hoy no solo te haré el amor —le dijo Caelen con voz grave y cargada de magia, mientras se colocaba sobre ella, apoyándose en sus brazos para no pesar sobre ella, pero estando tan cerca que podían sentir el calor del otro mezclarse—. Hoy te voy a dar todo mi poder. Hoy voy a sellar tu cuerpo y tu alma con mi esencia, para que lleves mi fuerza contigo allá donde vayas, para que sientas que estoy dentro de ti incluso cuando estemos luchando en frentes distintos. Hoy, nuestra unión será el hechizo más poderoso jamás creado.
Sus manos, cargadas de energía, recorrieron cada centímetro de su cuerpo, enviando corrientes de luz y fuerza que recorrían la piel de Layla, haciéndola sentir más viva, más fuerte, más poderosa que nunca. Cada caricia era un regalo de poder, cada roce era una transferencia de energía, cada beso era una promesa de protección eterna.
Le besó los labios con suavidad infinita, bajó por su cuello, marcando su piel con sus labios y con su luz, dejando huellas invisibles que solo ellos podían sentir, marcas de posesión y amor eterno. Recorrió sus hombros, sus brazos, sus pech°s firmes y redond°s, que amó con devoción y hambre, haciendo que ella arqueara la espalda y gemiera alto, un sonido que resonaba en la habitación mezclado con la magia que fluía libremente.
—Me encanta cómo tu cuerpo recibe mi poder… —murmuró él contra su piel, sintiendo cómo la energía pasaba de él a ella y regresaba multiplicada por mil—. Me encanta saber que somos el mismo ser, la misma luz, la misma fuerza. Malakor cree que la debilidad es el amor, pero él no sabe… él no comprende que el amor es la fuente de toda la fuerza que existe.