Rosa es una joven humana que intenta reconstruir su vida en la moderna e imponente metrópolis de Silverwood tras la misteriosa muerte de su familia. Buscando un momento de escape, se entrega a una ardiente e intensa aventura de una noche con un desconocido de magnetismo animal en el club más exclusivo de la ciudad. Lo que ella cree que fue un encuentro pasajero se convierte en una obsesión cuando despierta con una extraña quemadura en su clavícula en forma de rosa marchita.
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Capítulo 13
Ethan alargó la mano y la posó en su mejilla. El gesto era simple y a la vez monumental.
—Haz que no me arrepienta —musitó.
Rosa cerró los ojos y, sin pensar en la vergüenza o en el deber, subió a la piedra y se dejó caer a su lado, apoyando la frente contra la de él. La cercanía fue una catarsis. No se trataba solo de la herida física; el beso que siguió fue un himno, no un acto de lujuria. Fue un beso que declaró intenciones, que selló una promesa.
La energía estalló como una sinfonía de campanas. La luz dorada brotó entre ellos y los envolvió, pero esta vez con una textura distinta: era tibia como la cera y eléctrica como el vidrio al romperse. La luna pareció inclinarse para mirar. Las raíces de los robles se tensaron y soltaron un olor a humus y miel. El bosque entero se volvió testigo de algo que no debía ocurrir sin rituales, sin sacramentos, sin un precio pagado en la sangre de generaciones.
Con el beso, Rosa sintió que una voz antigua hablaba dentro de ella, no en palabras claras sino en sensaciones: el juramento de las ancianas, la memoria de una línea de mujeres que habían sido la gracia y la perdición de los alphas. Sentía cómo una red se cerraba entre su corazón y el de Ethan, y cómo esa unión encendía un fulgor que no tenía apellido.
Ethan devolvió el beso con una urgencia que no era solo deseo: era la necesidad de estar completo, de recuperar lo perdido, de pedir perdón sin palabras. Sus labios fueron roces, luego presión, luego súplicas. Rosa respondió con la ternura de quien sabe que cada gesto podría ser el último o el primero de algo nuevo.
Cuando se separaron, el aire quedó cargado. La herida de Ethan ya no sangraba como antes; la plata estaba reducida a polvo gris en la tierra. Su respiración era profunda y más serena. Miró a Rosa con ojos que ahora brillaban con respeto y algo que podía llamarse reverencia.
—Eres más de lo que pensé —dijo con sinceridad cruda—. Y estoy asustado... y me arrepiento. Y sin embargo, aquí estás.
Ella se dejó caer sobre el musgo, exhausta. Las uñas le dolían por la tensión. La sangre en sus manos manchaba su ropa. Había pagado con su fuerza, con algo de su esencia que no alcanzaba a nombrar. Pero mientras miraba la marca en su clavícula, ahora más luminosa que nunca, entendió que eso no era solamente una carga; era una herencia que no podía renegar.
—No sé cómo me cambiará —admitió en voz baja—. Pero lo que sí sé es que, si el precio es que te sobreviva, lo pagaré. Porque no tengo otro plan.
Ethan la besó la frente con ternura, y un gesto masculino tan simple la hizo sentir la mujer más segura y la más pequeña del universo a la vez.
—Te cuidaré —prometió—. Lo que sea que eso signifique a partir de ahora.
Las primeras luces del amanecer comenzaron a achar la noche. La luna cedió su dominio y se escondió tras un velo delgado. En la penumbra naciente, Rosa observó que sobre su piel la marca de la rosa de ceniza se había expandido un poco; como si la curación hubiese requerido un aumento de la conexión, como si parte de su linaje se hubiese hecho presente para sostener el lazo.
Ethan se incorporó con esfuerzo, como si la recuperación física le trajera también un peso emocional. Miró a su alrededor, evaluó el claro, la piedra, la sangre seca, los restos de polvo de plata. Respiró hondo y exhaló con la intensidad de alguien que había sobrevivido a su propia muerte.
—Nos persiguieron hasta aquí —dijo—. No creo que se detendrán. Los que nos atacaron no eran caza menor. Esto fue planificado.
Rosa dejó escapar un suspiro y se levantó con él, apoyándolo a su lado. Sus piernas temblaban, pero la determinación que ardía en su pecho era como acero forjado.
—Entonces tenemos que movernos —dijo—. No podemos quedarnos en este claro. Debemos encontrar la manada de Ethan, o algún lugar seguro.
Ethan la miró con una mezcla de gratitud y una sombra que la incomodó.
—Hay algo que debes saber antes de volver —dijo gravemente—. Lo del beta traidor... no fue un acto aislado. Fueron señales. Esta flecha, tan refinada, y el veneno... tienen la marca de un grupo que quisiera ver a la manada caer. No por ambición: por venganza.
Rosa tragó con fuerza. Venganza contra Ethan implicaba venganza contra ella. Ella lo sintió como una descarga térmica que le recorrió la espalda.
—¿Quién sería capaz de... de algo así? —preguntó, aunque ya se hacía una idea de la respuesta.
Ethan apretó los puños y su mandíbula se tensó.
—Alguien que piensa que destruir a los Vance es la manera de reescribir el poder en la costa —dijo con amargura—. Alguien que conoce debilidades. Alguien que quizás... conocía mi corazón demasiado bien como para saber dónde herirme.
La sospecha en su voz la dejó helada. Rosa se acercó y posó la mano en su mejilla, con la calma de quien ha prometido no abandonar.
—No lo permitiremos —aseguró—. Yo no escaparé esta vez. Conozco la ciudad, los pasillos, las zonas oscuras en las que la gente como tú cree que nadie escucha. Lo sé. Pero también sé lo que se siente a ser presa. Si hay alguien que quiere destruirte... lo enfrentaremos.
Ethan le dirigió una mirada llena de gratitud y algo parecido a adoración.
—No sé qué haría sin ti —murmuró.
Se quedó en silencio unos segundos, y luego, con la voz baja, añadió:
—Te debo mucho.
Rosa lo miró y sonrió con una mezcla de ironía y sinceridad.
—También me debes muchas explicaciones —respondió—. Por ejemplo, ¿por qué vez en la Torre se transformó? ¿Por qué se esconden los hombres con colmillos bajo la corbata? ¿Tienes una firma de compañía llamada «manada S.A.»? —bromeó con socarronería.
Ethan respondió con una media sonrisa y luego se sumergió en recuerdos que no quería volver a evocar, pero que, de pronto, parecían inevitablemente necesarios. Empezó a hablar de una tradición, de contratos pactados en noches sin luna, de pactos entre familias de humanos y líderes de lobos que se remontaban a tiempos en que la costa era un territorio sin ley y sin ciudad. Habló de un linaje que se creía intocable, de alianzas que habían devenido en cadenas, y de un código muy antiguo que decía que la Rosa de las Cenizas debía proteger la continuidad del Alpha.
Rosa escuchaba con la atención de quien asimila no solo historias, sino su propia identidad en proceso. Porque la magia que había desplegado en la arboleda no solo sanó una herida; despertó preguntas. Cuando Ethan le contó que la marca había brillado con un matiz dorado en su clavícula durante la cura, un alivio y un miedo se entrelazaron en su estómago. Si ella era un ancla del poder de la manada, ¿qué clase de poder era ese? ¿Hasta dónde llegaría su influencia? ¿Qué pediría en retribución?