"Prisionera de Fuego"
Min-jae, una humilde profesora de 22 años, acepta un trabajo desesperado en la Cárcel Seúl Elite sin saber el mundo que está por descubrir. Allí conoce a Kyung-ho, un apuesto mafioso coreano de 25 años que, tras las rejas, observa cada uno de sus movimientos en silencio.
Lo que comienza como una tensión silenciosa entre profesor y recluso se convierte en algo inevitable cuando un atentado nocturno envenenado los deja a ambos luchando por sobrevivir en la enfermería de la cárcel. Atrapados, drogados y desesperados, se encuentran en una noche que lo cambia todo.
Cuando ella decide irse, él sale libre. Pero el destino tiene otros planes.
Una reencuentro accidental años después deja claro que algunos fuegos nunca se apagan.
Una historia de supervivencia, pasión prohibida y la imposibilidad de olvidar.
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Veneno en la Sangre
CAPÍTULO 13
"Veneno en la Sangre"
Tres días después de la agresión, Min-jae desarrolla síntomas de una enfermedad desconocida. Fiebre que no baja, convulsiones, una mancha negra que avanza bajo su piel como tinta viva. Los médicos son inútiles. Los gemelos, utilizando toda su inteligencia, descubren que Yuki no solo la golpeó: la envenenó con un patógeno de su propio diseño, algo que no existe en la literatura médica. El veneno fue inyectado bajo sus uñas durante la agresión. Kyung-ho se vuelve desesperado, buscando la cura en lugares oscuros. Min-jae se está muriendo lentamente, y con cada día que pasa, Kyung-ho se vuelve más letal.
El virus no tenía nombre porque no existía en ningún registro médico conocido.
Los doctores vinieron y fueron, con sus expresiones de creciente incompetencia. Hacían pruebas, analizaban muestras de sangre, consultaban con colegas en otros hospitales. Pero cada uno llegaba a la misma conclusión: no sabían qué estaba matándome.
En el quinto día, apenas podía levantarme de la cama.
La fiebre no cedía. Ascendía y descendía, dejándome encharcada en sudor una hora y temblando de frío la siguiente. Las convulsiones llegaban sin aviso, mi cuerpo traidor convulsionándose incontrolablemente mientras Kyung-ho me sostenía, susurrando cosas en coreano que sonaban como plegarias.
Pero lo peor era la mancha.
Comenzó como una pequeña línea negra bajo mi uña, apenas perceptible. Para el tercer día, se había extendido como tinta en agua, ramificándose bajo mi piel con patrones que parecían conscientes. Avanzaba lentamente hacia mi muñeca, hacia mi corazón. Como si el veneno tuviera inteligencia propia.
Joon-ho fue quien descubrió la verdad.
Estuvo en el laboratorio durante dieciocho horas sin dormir, utilizando su IA para analizar muestras de mi sangre a nivel molecular. Cuando salió, sus ojos eran pozos oscuros de comprensión y horror.
— Yuki no solo te golpeó — dijo, sentándose junto a mi cama. — Te inyectó con un patógeno sintetizado. Una bacteria viva que fue modificada genéticamente para ser antiresistente. Está comiendo tu cuerpo desde adentro, mamá. Deshaciendo tus células, reescribiendo tu ADN.
— ¿Se puede detener? — pregunté, aunque mi voz era apenas un susurro.
Joon-ho no respondió. Y ese silencio fue la respuesta más aterradora.
Hae-won entró en la habitación, sus ojos de ese color imposible fijos en mí con una intensidad que dolía mirar.
— Papá está haciendo algo — dijo. — Está realizando movimientos que no había hecho en años. Está reuniendo a gente que juraba nunca volver a hablar. Está ofreciendo dinero que podría comprar países. Está arriesgándolo todo para encontrar a alguien que pueda crear un antídoto.
La verdad golpeó mi pecho como una roca: Kyung-ho estaba dispuesto a sacrificar su imperio entero para mantenerme viva.
Esa noche, mientras la fiebre me hacía alucinar, lo oí en la otra habitación discutiendo con alguien al teléfono.
— No me importa quién es — estaba diciendo, su voz como vidrio molido. — Si respira, si ha respirado alguna vez, si ha pensado en trabajar en patógenos biológicos, quiero que lo encuentres. Pagaré lo que sea. Haré lo que sea.
Pasaron dos semanas de pesadilla.
La mancha negra llegó a mi codo. Mi temperatura promedio era de 39 grados. Pasaba la mayoría del tiempo inconsciente, sumida en fiebre que me hacía ver cosas que no estaban allí. Veía a mi madre. Veía a la Abuela Kim de cuando era joven. Veía a Kyung-ho como era en la cárcel, joven y salvaje.
Una noche, desperté brevemente de un estado de semi-conciencia.
Kyung-ho estaba durmiendo en una silla junto a mi cama, su rostro envejecido por la angustia. Había perdido peso. Sus ojos estaban hundidos. Se veía como alguien que había estado librado una guerra interna y estaba perdiendo.
Intenté alcanzarlo. Mi mano se movió tan lentamente que parecía estar moviéndose a través de melaza.
Él despertó inmediatamente, como si su cuerpo nunca dormía realmente, solo esperaba.
— Min-jae — susurró, tomando mi mano con cuidado, como si pudiera romperse. — Estoy aquí. Estoy aquí.
— Te estoy matando — susurré.
— No — respondió, con una fiereza que me asustó. — Tú nunca podrías matarme. Ni siquiera ahora, cuando te estás muriendo, logras entender lo que significas para mí.
Su teléfono sonó.
Contestó, escuchó brevemente, y cuando colgó, había algo diferente en su expresión. Una chispa de esperanza.
— Encontraron a alguien — dijo. — Un científico en Moscú que ha estado trabajando en contravenenos para patógenos sintéticos. Pero hay un problema.
— ¿Cuál?
— Es un hombre que quiero muerto. Trabajó para Yuki. Es responsable de las muertes de docenas de personas. Pero si lo mato, pierdo acceso a su investigación.
Entendí inmediatamente lo que estaba diciendo. Kyung-ho estaba a punto de hacer un trato con un demonio para salvarme.
— No lo hagas — dije, aunque mi voz era demasiado débil para significar algo.
Me ignoró. Como sabía que lo haría.
El científico, un ucraniano llamado Petrov, llegó a Seúl bajo custodia. Trabajó en el laboratorio de Joon-ho durante cuatro días sin dormir.
Cuando emergió, tenía vials de un líquido azul traslúcido.
— Debería funcionar — dijo con acento guttural. — Es un bacteriófago modificado. Atacará el patógeno desde adentro, destruyéndolo antes de que destruya a ella. Pero hay un riesgo.
— Dilo — ordenó Kyung-ho.
— El antídoto es potente. Podría salvarla. O podría matarla. Depende de qué tan avanzada esté la infección.
Miré la mancha negra que ahora llegaba a mi hombro. Podía sentirla como un peso frío en mi pecho.
— Hazlo — pedí.
La inyección fue como fuego líquido en mis venas.
Grité, mi cuerpo arqueándose de la cama, y Kyung-ho me sostuvo, sus brazos como cadenas manteniéndome en la realidad mientras moría a nivel celular.
Vi colores que no existen. Escuché música que no tiene sonido. El antídoto no solo mató el patógeno. Pareció dialogar con él, argumentar con él, persuadirlo de abandonar mi cuerpo.
Durante horas, estuve en el limbo entre la vida y la muerte.
Luego, lentamente, la fiebre bajó.
La mancha negra comenzó a retroceder.
Y el dolor, ese dolor absoluto, lentamente se convirtió en un hormigueo manejable, luego en entumecimiento, luego en silencio.
Cuando recuperé la conciencia por completo, Kyung-ho estaba durmiendo en la silla al lado de mí, su cabeza inclinado en un ángulo que debía ser increíblemente incómodo.
Pero su mano sostenía la mía.
Esa noche, después de que el médico confirmara que el antídoto había funcionado, que el patógeno había sido completamente eliminado de mi sistema, Kyung-ho pidió que todos nos dejaran solos.
La Abuela Kim besó mi frente. Los gemelos abrazaron a su padre. Y luego estábamos solos.
— Casi te pierdo — dijo Kyung-ho, y su voz era la de alguien que había estado en el borde del abismo y apenas se había recuperado.
— Estoy aquí — respondí, levantando mi mano para tocar su rostro.
— Eres mi debilidad — susurró. — Lo has sido desde aquella noche en la enfermería. Mi mayor fortaleza. Mi punto más vulnerable. Y pagaría cualquier precio, haría cualquier cosa, renunciaría a cualquier cosa para mantener viva esa debilidad.
Se inclinó y me besó.
Fue diferente a cualquier otro beso que habíamos compartido. No fue apasionado de la manera que fue en la cárcel, consumido por la necesidad de supervivencia. Fue posesivo. Era un hombre reclamando la cosa más preciosa del universo. Era infierno mismo, ardiente y absoluto.
— Eres mía — susurró contra mis labios. — Dime que lo entiendes. Eres mía, y no permitiré que ningún poder en el cielo o en la tierra te quite de mí.
— Soy tuya — susurré, y lo dije como una promesa que sellé con mi cuerpo.
Lo que sucedió esa noche en la habitación del hospital fue diferente a la noche en la enfermería. No fue precipitado por drogas o desesperación. Fue deliberado. Fue una decisión consciente de dos personas que habían sufrido lo suficiente y finalmente estaban listas para simplemente ser.
Sus manos fueron gentiles pero firmes, tocando cada parte de mí como si estuviera mapeando un territorio que le pertenecía. Sus besos fueron un idioma de posesión y devoción. Y cuando finalmente nos unimos, fue como si el universo se reconociera a sí mismo.
Después, mientras dormía con su brazo alrededor mío, su cuerpo protegiéndome del mundo, entendí algo.
El antídoto no había venido solo del bacteriófago modificado.
Había venido de él.
De su presencia. De su amor. De su disposición absoluta a quemar el mundo para mantenerme a salvo.
Kyung-ho era el antídoto. Y siempre lo había sido.