Ella renace decidida a cambiar su destino y a sobrevivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Carácter 2
Más tarde, cuando el enojo se le había pasado un poco, Davina bajó al comedor.
La verdad era que no tenía hambre.
Seguía dándole vueltas a la discusión con el duque.
[Qué hombre más desesperante.]
Suspiró.
Pero inmediatamente llevó una mano a su vientre.
[No importa si yo no quiero comer.]
[Tú sí lo necesitas.]
Así que se obligó a sentarse.
Las doncellas comenzaron a servirle plato tras plato.
Primero una sopa.
Después pescado con verduras.
Más tarde fruta.
Pan.
Queso.
Un jugo natural.
Y finalmente una infusión.
Davina no tenía apetito.
Comía despacio.
Muy despacio.
Hacía pausas entre cada plato para no sentirse pesada.
Las doncellas no la apresuraban.
Al contrario.
Esperaban pacientemente a que terminara cada bocado.
Por eso...
La comida se prolongó durante mucho tiempo.
Mientras tanto...
Jean llevaba casi una hora pensando en cómo volver a hablar con ella.
Había intentado concentrarse en los documentos.
No pudo.
Había revisado informes.
No recordaba ni una sola palabra.
[Quizás exageré.]
Pensó.
[Aunque ella también fue irrespetuosa.]
Frunció el ceño.
[No.]
[Ella empezó.]
Cinco segundos después...
[…Bueno.]
[En realidad fui yo.]
Soltó un suspiro.
Necesitaba hablar con ella.
No necesariamente disculparse...
Su orgullo seguía siendo demasiado grande para eso.
Pero sí encontrar una manera de que dejaran de estar enfadados.
Cuando un sirviente le informó que lady Davina seguía en el comedor, Jean creyó que aquella era la oportunidad perfecta.
Entró al gran comedor.
Davina seguía sentada en la mesa.
Frente a ella había un plato de fruta recién cortada.
Jean, incapaz de encontrar una forma normal de iniciar una conversación, dijo lo primero que se le ocurrió.
—Así que me estaba esperando.
Davina levantó lentamente la cabeza.
Lo miró unos segundos.
Y sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era esa sonrisa que aparecía justo antes de responder algo peligroso.
—No.
Respondió con absoluta tranquilidad.
—No me simpatiza, duque.
Jean sintió un pequeño golpe en el orgullo.
Davina ni siquiera esperó una respuesta.
Giró hacia una de las doncellas.
—¿Podría llevar el postre a mi habitación, por favor?
—Con mucho gusto, lady...
—No.
Interrumpió Jean.
La doncella quedó inmóvil.
El duque caminó hasta la mesa.
—Si aún no termina de comer... Se quedará aquí. Y terminará toda su comida. Debe cuidarse.
Davina levantó lentamente la vista.
Lo fulminó con la mirada.
Una mirada tan intensa que la pobre doncella sintió deseos de desaparecer.
Davina habló con una calma inquietante.. mirando a la doncella.
—¿Sería tan amable de responder una pregunta?
La doncella tragó saliva.
—S-Sí, lady Davina.
—¿Cuánto tiempo llevo comiendo?
La joven miró al duque.
Después a Davina.
Y respondió con sinceridad.
—Aproximadamente una hora y media, lady.
Davina asintió.
—¿Y qué he comido?
La doncella comenzó a enumerar.
—Una sopa de verduras. Pescado. Puré. Pan recién horneado. Fruta. Queso. Dos vasos de jugo. Una infusión. Y ahora iba a servirle el postre.
Jean permaneció completamente inmóvil.
Otra vez.
Se había equivocado.
Otra vez había hablado antes de comprobar la situación.
Y otra vez...
No dijo absolutamente nada.
Ni una disculpa.
Ni una explicación.
Solo permaneció en silencio.
Davina esperó unos segundos.
Uno.
Dos.
Tres.
Nada.
Negó lentamente con la cabeza.
Lo miró como si acabara de confirmar una teoría.
Y murmuró, lo suficientemente bajo como para que solo ella creyera escucharlo.
—Es un idiota.
Jean la escuchó perfectamente.
Su ceja tembló apenas un instante.
—¿Qué dijo?
Davina levantó la vista con total inocencia.
—Nada.
Jean dio un paso hacia ella.
—Acaba de decir algo.
—No.
—La escuché.
—Entonces no necesita que se lo repita.
Silencio.
La doncella cerró los ojos.
[Que alguien me saque de aquí...]
Jean respiró profundamente.
Sentía cómo la paciencia comenzaba a agotarse.
Davina, por su parte, seguía sosteniéndole la mirada sin el menor miedo.
Finalmente, el duque se puso de pie de golpe.
La silla hizo un fuerte ruido al deslizarse hacia atrás.
Las doncellas dieron un pequeño salto del susto.
Jean observó a Davina durante unos largos segundos.
Ella no bajó la mirada.
Ni un instante.
Después, sin decir una sola palabra, el duque dio media vuelta y abandonó el comedor.
La puerta se cerró con firmeza tras él.
Davina soltó el aire que había estado conteniendo.
—Qué hombre más insoportable...
Murmuró.
Al mismo tiempo, mientras caminaba por el pasillo, Jean apretó la mandíbula.
[Esa mujer es imposible.]
[Discute por todo.]
[Es increíblemente terca.]
En el comedor...
Davina pensó exactamente lo mismo.
[Ese hombre es imposible.]
[Mandón.]
[Orgulloso.]
[Y nunca admite cuando se equivoca.]
Los dos llegaron exactamente a la misma conclusión.
Solo se soportaban por una única razón.
El pequeño que aún crecía en el vientre de Davina.
Porque, si no existiera ese bebé...
Probablemente ninguno de los dos habría aguantado conversar con el otro más de dos minutos.
Lo que ambos ignoraban era que toda la servidumbre de la mansión ya estaba observándolos con una mezcla de preocupación... y diversión.
Porque nunca antes habían visto a alguien capaz de discutir con el duque Krugher de igual a igual.
Y, para sorpresa de todos, tampoco habían visto nunca al duque buscar tantas excusas para volver a encontrarse con la misma persona una y otra vez.
que en las noches se buscan a ver si algo hace que dejen ese orgullo para que su hijo nazca en un lugar estable con padres dejen su orgullo por el
Si me reí, pero se pasó de descarada, y Jean no va dejar de pasar la. oportunidad de satisfacerse de su esposa tóxica masoquista , pobre criatura cuando sea grande y pregunté cómo eran sus padres 🤣🤣
me fascina leer