En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 13
La puerta del dormitorio se cerró con un golpe seco que dejó a Isabella temblando en el centro de la habitación. El eco de los tacones de Elena alejándose por el pasillo fue disminuyendo hasta que el silencio del ala este volvió a tragárselo todo. Isabella se acercó a la mesa de roble donde los guardias habían dejado las cajas de madera de Nueva York y apoyó las manos sobre la superficie rugosa, intentando controlar la respiración. Las amenazas de la joven Rossi habían dejado en el aire un olor a peligro diferente, uno que no entendía de estrategias ni de negocios, sino de un rencor puramente humano y visceral
Despacio, con los dedos aún torpes por la falta de uso, Isabella abrió la primera caja. Al levantar la tapa, el olor familiar a disolventes, barnices y aceites vegetales la golpeó de lleno, trayendo consigo un torrente de recuerdos de su vida en Manhattan. Allí estaban sus pinceles, sus espátulas de acero flexible y los frascos de resina que había seleccionado con tanto cuidado en la pequeña tienda de Chelsea. Ver sus herramientas en medio de esa prisión de lujo le provocó una punzada de dolor en el pecho, pero también una extraña fijeza. Caroline y Elena le habían dejado claro, cada una a su manera, que la debilidad era una sentencia de muerte en esa casa. Si quería sobrevivir, tenía que empezar a jugar el único papel que conocía: el de la restauradora
Se acercó al caballete donde la pintura renacentista de los Lucchese la esperaba bajo la luz mortecina de la tarde. El lienzo mostraba a una figura alegórica, una mujer de mirada triste que parecía contemplar la destrucción de su propio mundo mientras el tiempo agrietaba el óleo a su alrededor. Isabella tomó un pequeño frasco de alcohol y un bastoncillo de algodón, sentándose en la banqueta alta. Su mano, que había estado temblando durante semanas por la depresión y el encierro, se estabilizó en el momento en que el algodón tocó la superficie del cuadro. La limpieza de la primera capa de barniz oscurecido comenzó en un silencio sepulcral, un proceso lento y meticuloso que la ayudó a aislarse del horror que la rodeaba.
Mientras en el ala este Isabella intentaba reconstruir su mente a través del arte, el coche blindado de Camilo cruzaba las grandes puertas de hierro de la mansión bajo una lluvia que no daba tregua. El viaje a Nueva Jersey había sido un éxito rotundo para la organización, el joven líder había firmado los contratos del puerto en los muelles de Newark, imponiendo las tarifas de los Rossi a los intermediarios sin necesidad de disparar una sola bala, demostrando que su capacidad de cálculo seguía intacta a pesar de las dudas de su padre
Camilo bajó del vehículo vistiendo su abrigo largo oscuro salpicado por las gotas de agua y caminó directamente hacia el vestíbulo principal, donde el mayordomo le retiró la prenda con ligereza. No pasó por el salón ni se detuvo a buscar a sus padres, sus pasos, rápidos y decididos, lo llevaron directamente hacia las escaleras que conducían al despacho de Marco. Sabía que la primera obligación de un heredero era rendir cuentas al Jefe de la casa
Al entrar, encontró a Marco Rossi sentado junto a la chimenea encendida, compartiendo un silencio espeso con Fabián, que limpiaba el cañón de un revólver antiguo sobre una gamuza. La presencia de los dos fundadores seguía llenando el espacio con una autoridad que los años no habían logrado desgastar
— Los contratos de Nueva Jersey están firmados, padre — anunció Camilo, colocándose frente a él y dejando la carpeta de cuero sobre la mesa — Los intermediarios aceptaron el aumento del diez por ciento en la tasa de almacenamiento y las rutas del puerto norte ya están operando bajo nuestra supervisión directa. No hubo ningún inconveniente con la gente local
Marco tomó la carpeta, abriéndola de manera pausada y revisando las firmas con una fijeza que hacía que el aire en la habitación se sintiera más pesado. Tras unos segundos, asintió con la cabeza, cerrando el documento con un golpe seco
— Has hecho un buen trabajo en el este, Camilo. Has demostrado que tu cabeza sigue puesta en el crecimiento del apellido, que es lo único que nos importa en esta oficina. Tu tío Fabián me dijo que Franco ya tiene los informes de los contenedores listos también
— Todo está en orden en los muelles de Chicago, Marco — intervino Fabián, guardando el arma en el cajón del escritorio y mirando a su sobrino con seriedad — Pero ahora que los negocios de la calle están asegurados, es hora de que soluciones el desorden que dejaste en el piso de arriba. Tu madre me contó que Elena estuvo muy alterada esta mañana por el movimiento de los guardias en el ala este
Camilo mantuvo el semblante imperturbable, aunque sus ojos oscuros reflejaron un destello de contrariedad al escuchar el nombre de su prima
— Elena no tiene por qué preocuparse por el ala este, tío Fabián. Las órdenes que di sobre la seguridad de Isabella no interfieren con las tareas que ella o Franco tienen asignadas. Es un asunto que está bajo mi responsabilidad directa
Marco se levantó de su sillón, caminando hacia su hijo con esa postura imponente que seguía exigiendo una sumisión absoluta
— Ya te lo dije antes de que te fueras, Camilo. El respeto a esta casa se mantiene porque tu palabra y la mía van en la misma dirección. Si las quejas de tu prima o el estado de esa civil empiezan a causar fricciones entre ustedes tres, la paz de este imperio se va a ver comprometida. Ve a ver a tus primos y arregla ese malentendido. No quiero volver a escuchar rumores en los pasillos de que la Santísima Trinidad de Chicago está dividida por una mujer que vino de fuera
— Así lo haré, padre — respondió Camilo, haciendo una leve inclinación de cabeza antes de retirarse del despacho con el rostro rígido
Al salir al pasillo, Camilo sintió una irritación sorda que no solía permitirse. Él no estaba acostumbrado a que sus decisiones personales fueran cuestionadas, y mucho menos por su propia familia. Se dirigió hacia el salón de estar del ala oeste, donde sabía que Franco y Elena solían pasar las últimas horas de la tarde antes de la cena
Al abrir la puerta, los encontró a los dos sentados cerca del gran ventanal. Franco revisaba unos mapas en su tableta, mientras Elena tomaba una copa de vino blanco con una elegancia que no lograba ocultar la rigidez de sus hombros. Al ver entrar a Camilo, la joven Rossi dejó la copa sobre la mesa auxiliar con un golpe sutil pero firme, manteniendo fijos sus ojos en el rostro de su primo
— Bienvenido de regreso, estratega — dijo Elena, su voz cargada de esa ironía fina que Camilo conocía de sobra — Pensamos que te quedarías una noche más en el este asegurándote de que los muelles de Nueva Jersey no tuvieran frío
Camilo caminó hacia ellos, deteniéndose en el centro de la habitación con los brazos cruzados y clavando la mirada en su prima
— Fui al despacho de mi padre y me encontré con que tu nombre fue el primero que saltó en la conversación por culpa de tus quejas sobre el ala este, Elena. Creí que eras una mujer lo suficientemente madura como para entender que mis decisiones sobre la seguridad de esta propiedad no son un tema de discusión para ti
Elena se puso de pie de inmediato, su vestido oscuro acentuando la palidez de sus facciones encendidas por el orgullo herido
— No son tus decisiones sobre la seguridad lo que me molesta, Camilo. Es tu falta de respeto hacia la jerarquía que nosotros tres construimos. Fui yo misma quien tuvo que ir a entregarle las cajas de Nueva York a tu prisionera esta mañana porque Franco estaba ocupado y tú estabas volando de regreso. Me has convertido en una mensajera para una civil que se la pasa llorando en una habitación de piedra
Franco levantó las manos desde el sofá, intentando mediar antes de que la discusión pasara a mayores
— Tranquilos los dos, por favor. Elena está un poco sensible porque la tía Caroline la tuvo toda la mañana revisando los detalles de la beneficencia, y tú, Camilo, vienes con la tensión del viaje. No hay necesidad de pelear por esto
— No estoy sensible, Franco — lo cortó Elena, dando un paso hacia Camilo con una fijeza que desafiaba su autoridad — Estoy siendo realista. Camilo nos enseñó que el apellido Rossi-Richi no acepta debilidades. Y ahora él es el primero en desviar la atención de los negocios por una mujer que no tiene ningún valor para nosotros. Te estás volviendo predecible, primo. Y en nuestro mundo, ser predecible es el primer paso para terminar en un ataúd
Camilo dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que sus miradas quedaron fijas a pocos centímetros. El aire en la sala se volvió gélido, una demostración de que la madurez de los herederos compartía la misma veta de peligro que la de sus padres
— Escúchame bien, Elena. Te he cuidado y te he protegido desde el día en que naciste porque eres mi sangre y porque tu lugar en esta familia es sagrado. Pero no te confundas. La corona de esta organización la llevo yo porque mi padre así lo decidió y porque mi mano es la que firma las ejecuciones. Lo que yo haga con Isabella Vance en el ala este es mi problema. Si ella come, si trabaja o si se destruye en esa cama, es algo que tú no tienes derecho a cuestionar. No vuelvas a entrar a su habitación sin mi permiso y no vuelvas a llevarle tus quejas a mi padre si no quieres que yo mismo empiece a revisar la forma en que manejas los libros de la galería de Chelsea
Las palabras de Camilo cayeron como un balde de agua fría sobre el orgullo de Elena. Sus labios se apretaron en una línea fina y sus ojos grises se llenaron de unas lágrimas de rabia que se tragó de inmediato para no mostrar debilidad ante su primo. Sintió que la distancia entre ellos tres, esa unidad perfecta que los había convertido en la pesadilla de la Comisión, se había ensanchado de manera definitiva por culpa de la prisionera
— Entendido, líder — susurró Elena con una voz helada que cortaba el silencio de la sala — No volveré a interferir en tus asuntos privados. Pero recuerda mis palabras: la obsesión es un veneno que nubla la vista de los estrategas más brillantes. Espero que tus ojos sigan viendo el peligro cuando los enemigos del norte decidan aprovechar que estás mirando hacia el ala este
Se dio la vuelta y salió del salón con paso firme, dejando a los dos hombres solos en la estancia. Franco miró a su primo con una expresión seria, perdiendo por completo la ligereza habitual de sus gestos
— Te pasaste un poco con ella, Camilo — dijo Franco, guardando la tableta en su bolsillo — Elena está acostumbrada a ser la única mujer que te importa en este mundo. Ver que traes a una civil y que le hablas con esa dureza por defenderla la está volviendo loca de celos. Ten cuidado, porque una Richi herida en su orgullo puede ser más peligrosa que diez hombres armados en el puerto
— Sé perfectamente cómo manejar a mi prima, Franco — respondió Camilo, dándole la espalda y caminando hacia la salida — Prepárate para la cena. Mi padre quiere que estemos todos en la mesa a las ocho en punto
Camilo salió del salón oeste y caminó a paso lento hacia el ala este de la mansión. Sus botas resonaban con un eco sordo en el pasillo hasta que se detuvo frente a la puerta del dormitorio de Isabella. El guardia se retiró con obediencia y él pasó el cerrojo, entrando a la habitación que permanecía iluminada únicamente por la luz de una pequeña lámpara de mesa
Isabella estaba sentada frente al caballete, con un pincel fino en la mano y el rostro concentrado en una pequeña sección de la pintura renacentista. Al escuchar la puerta, no se levantó ni gritó, se limitó a desviar la mirada hacia él, mostrando esa nueva sombra de determinación que había empezado a cultivar tras la charla con Caroline. El olor a disolvente llenaba el cuarto, dándole al espacio una atmósfera de trabajo que Camilo notó de inmediato
El joven estratega se acercó despacio, deteniéndose detrás de ella para observar el avance en el lienzo. Su mente lógica registró la limpieza perfecta del óleo, pero su obsesión se enfocó en la forma en que el cabello de la joven caía sobre sus hombros y en la calma aparente que mostraba a pesar de tenerlo tan cerca
— Veo que has empezado a trabajar, Isabella — dijo Camilo, su voz baja rompiendo el silencio del cuarto — Mi prima Elena me dijo que ella misma te entregó las cajas esta mañana. Espero que no te haya causado molestias durante mi ausencia
Isabella limpió la punta del pincel con un paño de algodón antes de responder, manteniendo la voz firme para no dejar ver el miedo que aún le oprimía el pecho
— Tu prima fue muy clara sobre lo que piensa de mi presencia aquí, Camilo. Me dejó claro que en esta casa soy solo un capricho tuyo y que mi vida no vale nada para el resto de tu familia. Pero no te preocupes por tus secretos, he decidido que voy a terminar la restauración de este cuadro porque es lo único que me mantiene cuerda en medio de este infierno que has construido a mi alrededor
Camilo la observó con fijeza, sintiendo una extraña satisfacción al ver que la depresión de los días anteriores estaba desapareciendo, aunque fuera para ser reemplazada por una resistencia fría y calculada. Se inclinó un poco hacia ella, su aliento rozando la mejilla pálida de la joven
— Me alegra que lo entiendas, Isabella. El trabajo te mantendrá viva. Mañana te daré el permiso para bajar a la biblioteca de mi padre durante las tardes, tal como te prometí. Pero recuerda que cada paso que das en esta casa sigue estando bajo mi estricta vigilancia. No hay espacio para los errores en mi tablero
Se dio la vuelta y salió del dormitorio, cerrando el cerrojo por fuera con ese clic metálico que marcaba el final de cada una de sus interacciones. Isabella se quedó sola en la penumbra, mirando la figura triste de la pintura renacentista, sabiendo que la tormenta que se cernía sobre la mansión Rossi ya no solo venía de las calles de Chicago, sino de los celos y la obsesión que crecían en silencio bajo ese mismo techo de piedra.