En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 8- El secreto del invernadero (parte 2)
Continué avanzando con pasos pequeños, procurando no hacer demasiado ruido, aunque ni yo misma sabía de quién intentaba esconderme. A cada metro que dejaba atrás, el murmullo de las voces provenientes de los jardines principales iba desapareciendo hasta convertirse en un eco lejano. La residencia Valmont seguía allí, enorme y majestuosa, pero por primera vez tuve la sensación de estar completamente sola dentro de sus terrenos.
La mariposa azul seguía volando unos metros delante de mí, nunca demasiado lejos, nunca demasiado cerca.
Cada vez que creía estar a punto de alcanzarla, volvía a elevarse con un suave batir de alas, como si quisiera asegurarse de que continuara siguiéndola.
—Espera...
Extendí una mano con la esperanza de que se posara sobre mis dedos, naturalmente, no lo hizo, escapó otra vez.
Resoplé.
—Eres igual de terca que Cassian.
La mariposa desapareció tras un grupo de rosales silvestres.
Aparté algunas ramas con cuidado y, cuando crucé al otro lado, me detuve tan de golpe que casi perdí el equilibrio.
Delante de mí se alzaba un enorme invernadero o, al menos, eso había sido muchos años atrás.
Gran parte del techo de cristal estaba roto. Varias enredaderas trepaban por las paredes de piedra y las raíces de un viejo árbol habían levantado parte del suelo. La puerta principal permanecía entreabierta, sostenida únicamente por una bisagra oxidada que chirrió suavemente al moverse con el viento.
No recordaba haber visto aquel lugar nunca y eso era extraño.
Había recorrido los jardines de la residencia cientos de veces.
—¿Cómo puede estar aquí...?
Me acerqué despacio.
Sobre el arco de la entrada aún podía distinguirse una inscripción cubierta por el musgo.
"Donde florece la esperanza, el tiempo jamás vence."
Leí aquellas palabras dos veces, no terminaba de comprender su significado.
Empujé la puerta.
El chirrido resonó por todo el lugar.
Durante un instante pensé que alguien aparecería para regañarme por entrar allí, nadie lo hizo.
Respiré hondo y di el primer paso. El aire era completamente diferente. Olía a tierra húmeda, flores antiguas y lluvia. Aunque afuera hacía calor, dentro del invernadero la temperatura era fresca, casi fría.
La luz del sol atravesaba los cristales rotos formando pequeños haces dorados que iluminaban partículas de polvo suspendidas en el aire. Algunas plantas seguían vivas a pesar del abandono. Otras se habían secado hacía muchísimo tiempo.
Era un lugar hermoso y triste. Como si hubiera estado esperando a alguien durante años.
—¿Hola...?
Mi voz resonó entre las paredes de cristal, no hubo respuesta.
Comencé a caminar por un estrecho sendero de piedra cubierto por hojas secas. A ambos lados crecían flores de colores que jamás había visto.
Algunas parecían pequeñas estrellas, otras brillaban con un suave tono azulado, me agaché para observar una de ellas.
—Qué bonita...
Cuando estuve a punto de tocarla, recordé una de las primeras cosas que Thomas me había enseñado.
"Nunca acaricies una flor desconocida. Algunas son más listas que las personas."
Retiré inmediatamente la mano.
—Tienes razón, Thomas.
Seguí avanzando, entonces la vi. Al fondo del invernadero, cubierta parcialmente por las enredaderas, había una estatua de mármol blanco.
Era una mujer.
Llevaba un largo vestido que parecía moverse con el viento a pesar de estar hecho de piedra, su cabello caía hasta la cintura y entre ambas manos sostenía una flor de cinco pétalos.
Sentí un escalofrío.
No porque la estatua diera miedo. Sino porque... Me resultaba extrañamente familiar.
Me acerqué un poco más.
Su rostro estaba parcialmente cubierto por el musgo, pero aun así pude distinguir sus facciones, respiré hondo, 3ra imposible.
No.
No podía ser.
Aquella mujer... Se parecía muchísimo a la joven que había visto la noche anterior en la misteriosa página del libro.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Cómo...?
Di otro paso y otro.
Hasta quedar frente a la estatua. No sabía por qué tenía tantas ganas de mirarla de cerca. Era como si algo dentro de mí me dijera que aquel lugar era importante. Muy importante.
Alcé lentamente la mano, esta vez sí toqué el mármol, estaba helado, muchísimo más frío de lo que debería.
En el mismo instante en que mis dedos rozaron la piedra, una fuerte ráfaga de viento atravesó el invernadero, las ventanas vibraron, las hojas comenzaron a girar a mi alrededor. Y durante apenas un segundo... Creí escuchar una voz.
Tan suave que casi parecía un suspiro.
—...Seraphine...
Retiré la mano de inmediato.
Giré sobre mí misma.
—¿Quién está ahí?
Solo el silencio respondió. Mi respiración comenzó a acelerarse.
—¿Margaret?
Nada.
—¿Cassian?
Tampoco.
Di un paso hacia atrás, entonces ocurrió algo aún más extraño. La flor de piedra que sostenía la estatua dejó caer un pequeño objeto sobre el suelo.
Tac.
El sonido fue tan claro que resonó en todo el invernadero, me agaché con cautela, era una llave, muy pequeña, de plata envejecida.
Tenía grabada una luna creciente en la parte superior, la observé con curiosidad.
—¿Qué haces aquí?
La levanté entre mis dedos, era sorprendentemente cálida. Como si alguien la hubiera sostenido hacía apenas unos segundos.
Antes de que pudiera pensar en otra cosa, escuché pasos apresurados acercándose desde el exterior.
—¡Seraphine!
Era Cassian.
Su voz sonaba preocupada.
Guardé la llave por instinto dentro del pequeño bolsillo oculto de mi vestido. Un segundo después, mi hermano apareció jadeando en la entrada del invernadero.
Al verme, soltó el aire de golpe.
—¡Aquí estás!
Fruncí el ceño.
—¿Por qué corres?
Cassian caminó hasta mí y me sujetó suavemente por los hombros.
—Porque llevo buscándote por todo el jardín.
—Solo seguí una mariposa.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Thomas me dijo que saliste detrás de una mariposa azul.
Suspiró antes de mirar a su alrededor. La expresión divertida que siempre llevaba desapareció por completo.
—No deberías estar aquí.
Parpadeé.
—¿Por qué?
No respondió enseguida.
Observó el viejo invernadero con una seriedad que jamás le había visto, después volvió a mirarme.
—Porque este lugar está cerrado desde antes de que yo naciera.
—Pero no da miedo.
—No dije que diera miedo.
—Entonces...
Cassian dudó unos segundos, era evidente que quería decir algo, pero terminó negando con la cabeza.
—Vámonos.
—Espera.
Señalé la estatua.
—¿Quién es ella?
Mi hermano levantó lentamente la vista, su rostro cambió apenas un instante, como le había ocurrido a Margaret, como le había ocurrido a mi padre.
La conocía.
Estaba completamente segura, pero, igual que ellos... No pensaba contármelo.
—No lo sé —respondió finalmente.
Mentía, lo supe en cuanto apartó la mirada. Y, por primera vez, comprendí que no solo los adultos guardaban secretos.
Mi propio hermano también acababa de esconderme uno.
Mientras abandonábamos el invernadero, no pude evitar girarme una última vez, la estatua seguía allí, inmóvil, bañada por la luz que atravesaba el cristal roto, pero tuve la extraña sensación de que sus ojos... Ya no miraban hacia el jardín.
Sino directamente hacia mí.