En un mundo donde lobos y vampiros se odian desde generaciones, Aiden descubre que no es solo un joven universitario ordinario, sino el heredero de una de las más poderosas líneas Alfa. Criado en el mundo humano, sin saber quién es, su vida cambia cuando empieza a tener visiones, sueños extraños y un poder que no puede controlar. Junto a Lyra, una guardiana de la que se enamora, Aiden se enfrenta a un enemigo ancestral: la sombra, nacida del miedo de la creación. En su búsqueda de identidad, Aiden deberá descubrir quién es realmente, equilibrar las fuerzas que lo han perseguido y, solo a través del amor y la elección, cambiar el destino de su mundo, donde la verdad es la única fuerza capaz de unir aquello que el odio dividió.
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Capítulo 11: La bestia de la montaña
El rugido volvió a estremecer el bosque.
Las hojas de los árboles cayeron como si un huracán hubiera atravesado la montaña. Incluso el suelo vibraba bajo los pies de Aiden.
Respiró hondo.
Su instinto le gritaba una sola cosa.
Corre.
Pero otra voz, más profunda, nacida en algún rincón de su alma, le decía exactamente lo contrario.
Enfréntalo.
Los enormes ojos rojos avanzaron entre la niebla.
Poco a poco, la criatura mostró su verdadera forma.
Era un lobo gigantesco, casi el doble del tamaño de Boreas, cubierto por un pelaje negro como la noche. De su cuerpo sobresalían espinas de hueso y una larga cicatriz atravesaba su hocico. De su boca caía una saliva oscura que quemaba la hierba al tocarla.
Aiden tragó saliva.
—Eso... no puede ser un lobo.
La criatura rugió con tanta fuerza que varios árboles se partieron.
En el exterior de la montaña, los Ancianos observaron cómo una luz oscura envolvía el Pico de los Ecos.
Uno de ellos se levantó alarmado.
—¡Eso no forma parte de la prueba!
Boreas apretó los puños.
—Alguien ha corrompido el santuario.
Darius dio un paso al frente.
—Debemos entrar.
—No podemos.
—¡Morirá ahí dentro!
Boreas cerró los ojos con frustración.
—Si rompemos las reglas del santuario, la prueba quedará anulada... y los espíritus nunca reconocerán a Aiden como heredero legítimo.
El silencio cayó sobre todos.
Nunca se habían enfrentado a una situación así.
Dentro del bosque, la bestia atacó.
Su enorme garra descendió como un martillo.
Aiden rodó por el suelo apenas a tiempo.
El impacto abrió un enorme cráter donde él había estado un instante antes.
—¡Es demasiado rápido!
La criatura volvió a lanzarse.
Aiden recordó las enseñanzas de Darius.
"No pelees contra la fuerza. Encuentra el momento."
Esperó.
Justo cuando la bestia abrió las fauces para morderlo, se deslizó hacia un lado y clavó la daga en una de sus patas.
La hoja apenas penetró la piel.
La bestia rugió de rabia.
Con un coletazo, lanzó a Aiden contra un árbol.
El joven sintió un fuerte dolor en el costado.
Le costaba respirar.
Intentó levantarse.
Sus piernas apenas respondían.
La bestia caminó lentamente hacia él.
Cada paso parecía anunciar su final.
En ese instante, una voz resonó dentro de su mente.
—¿Vas a rendirte?
Aiden miró a su alrededor.
No había nadie.
—¿Quién eres?
—Soy quien ha estado contigo desde el día en que naciste.
La voz era grave, poderosa y extrañamente familiar.
—Soy tu lobo.
El tiempo pareció detenerse.
—¿Mi... lobo?
—Durante años dormí para protegerte. Pero ya no puedes seguir luchando solo.
Aiden cerró los ojos.
—No sé cómo hacer esto.
La voz soltó una leve risa.
—Entonces deja de intentar controlarlo todo. Confía en mí... como yo he confiado en ti toda la vida.
La bestia levantó una enorme garra.
Era el golpe final.
Aiden respiró profundamente.
Y dejó de resistirse.
Un resplandor plateado explotó alrededor de su cuerpo.
El viento comenzó a girar con violencia.
Los árboles se inclinaron.
La montaña entera tembló.
En el exterior, todos levantaron la vista.
Boreas sonrió por primera vez.
—Ha ocurrido...
Dentro del bosque, el cuerpo de Aiden comenzó a cambiar.
Sus músculos crecieron.
Sus huesos crujieron.
Su piel fue cubierta por un espeso pelaje gris plateado.
Cuando la luz desapareció, donde antes había un joven confundido, ahora se alzaba un majestuoso lobo de ojos dorados.
No era tan grande como la bestia.
Pero irradiaba una presencia imposible de ignorar.
La criatura oscura dudó por primera vez.
El nuevo lobo levantó la cabeza hacia el cielo.
Y lanzó un aullido tan poderoso que recorrió todo el Reino Oculto.
En las aldeas, los niños dejaron de jugar.
Los guerreros dejaron de entrenar.
Los ancianos cerraron los ojos.
Todos reconocieron aquel aullido.
Era el de la sangre de los antiguos Alfas.
Muy lejos de allí, en el castillo de los vampiros, el Rey sonrió lentamente.
—Así que has despertado al fin...
Bienvenido al verdadero campo de batalla, Aiden Draven.