Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?
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el precio del tiempo
Aquella noche Arlen no logró dormir.
Al menos no como una persona normal.
Permaneció acostado con los ojos cerrados.
Pero su mente trabajaba sin descanso.
Una y otra vez.
Repitió el combate del callejón.
Cada movimiento.
Cada paso.
Cada respiración.
La mujer de las cuchillas aparecía frente a él una y otra vez.
Analizó su velocidad.
Sus patrones.
Sus decisiones.
Buscando errores.
Buscando maneras de volverse más fuerte.
Más rápido.
Más preciso.
Y mientras lo hacía comprendió algo.
Ahora lo estaban observando.
Los seguidores de Azrakel sabían que existía.
Ya no era un desconocido.
Ya no era una sombra.
Se había convertido en un objetivo.
Por eso mantuvo todos sus sentidos alerta.
Incluso durante la noche.
Era curioso.
Dormía poco.
Pero cada día se sentía mejor.
Como si su cuerpo necesitara cada vez menos descanso.
A la mañana siguiente encontró a Genaro preparando algunas cosas.
Libros.
Mapas.
Documentos.
El anciano levantó la vista.
—Es hora de irnos.
Arlen asintió.
—Yo también lo creo.
—Milter ya no es segura.
—Lo sé.
Genaro guardó un cuaderno.
—En otra ciudad puedo conseguir trabajo.
—¿Trabajo de qué?
—Profesor.
Todavía recuerdo algunas cosas.
Y ahora tengo a alguien que puede cuidar de mí.
Arlen sonrió.
Luego bajó la mirada.
Pensativo.
—Padre.
—¿Sí?
—Antes de irnos...
¿Puedo despedirme de Ailén?
Genaro lo observó.
Y una sonrisa enorme apareció en su rostro.
—Claro.
Arlen frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Ve.
—Padre...
—Ve.
Arlen salió tan rápido que casi derribó una puerta.
Y Genaro terminó riéndose solo.
—Definitivamente es un muchacho enamorado.
Minutos después Arlen atravesaba las puertas automáticas del supermercado.
Miró a todos lados.
Pero no la encontró.
Recorrió varios pasillos.
Nada.
Se acercó a la sección donde solía trabajar.
Tampoco.
Y entonces escuchó una voz.
—¿Arlen?
Se giró.
Y quedó inmóvil.
Era Ailén.
Llevaba el cabello recogido.
Una sonrisa tranquila.
Y una venda cubría parte de su antebrazo.
Por alguna razón se veía diferente.
Más hermosa.
Más brillante.
Más viva.
—Hola.
—Hola.
—Te quedaste quieto.
—Estaba pensando.
—¿En qué?
—Todavía no lo sé.
Ailén comenzó a reír.
Y por un momento todo pareció normal.
Hablaron.
Bromearon.
Se pusieron al día.
Arlen contó algunas historias exageradas.
Ailén se rio de todas.
Como siempre.
Pero entonces...
Algo cambió.
Una presencia.
Pequeña al principio.
Luego más fuerte.
Más peligrosa.
Más familiar.
La misma sensación del callejón.
Ailén lo observó.
—¿Qué pasa?
Arlen giró lentamente la cabeza.
—Tengo que irme.
—Espera.
Ella tomó su mano.
Y durante un segundo el tiempo pareció detenerse.
Aquella sensación era extraña.
Mucho más extraña que el dolor.
Mucho más extraña que la sangre.
—Necesito hablar contigo.
A solas.
Arlen asintió.
Y ambos caminaron hacia el depósito.
El lugar estaba vacío.
Silencioso.
Lleno de cajas.
Ailén respiró profundo.
—Tengo algo que decirte.
Arlen observó la venda en su brazo.
—¿Es por eso?
Ella suspiró.
—Cómo me gustaría que no lo hubieras notado.
Arlen la observó.
—Cuando vi esa herida sentí hostilidad.
—No es mía.
—Lo sé.
Su mirada recorrió el depósito.
—Pero hay alguien más aquí.
Silencio.
Y entonces una figura emergió detrás de unas cajas.
Un hombre alto.
Imponente.
Cabello castaño claro.
Espalda ancha.
Una presencia abrumadora.
—Bien.
Veo que eres tan perceptivo como dijeron.
Arlen no respondió.
—Hagamos esto fácil.
Entréganos a Genaro.
Y nadie más saldrá lastimado.
Ailén abrió los ojos.
—¿Qué?
El hombre ni siquiera la miró.
—Ya enviamos personas a buscarlo.
El corazón de Ailén se detuvo.
—Eso no era parte del acuerdo.
Por primera vez Arlen la observó.
Realmente la observó.
Y comprendió.
Ella había ayudado.
Pero no sabía todo.
—Lo siento...
susurró ella.
La mirada de Arlen cambió.
Un destello azul apareció en sus ojos.
Y por primera vez Ailén sintió miedo.
No porque fuera cruel.
Sino porque parecía algo mucho más antiguo que un ser humano.
—Entonces...
—Arlen...
—A esto lo llaman engaño.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—No voy a lastimarte.
Estamos a mano.
Pero sal de mi camino.
Ailén retrocedió.
Instintivamente.
El hombre sonrió.
—Mi nombre es Héctor.
Y tú eres un problema interesante.
Los ojos de Héctor brillaban con un tono violeta.
Una energía oscura comenzó a rodearlo.
Arlen pensó en Genaro.
En ese mismo instante.
No había tiempo.
Desapareció.
Y apareció frente a Héctor.
BOOM.
El golpe impactó directamente en su abdomen.
Pero Héctor no cayó.
Ni siquiera se movió demasiado.
Sonrió.
—¿Eso es todo?
Arlen abrió los ojos.
Sorprendido.
—Entiendo.
Aumentó su nivel.
La energía azul cubrió su brazo.
—Entonces ahora sentirás un poco de dolor.
El siguiente golpe hizo temblar el depósito.
Después otro.
Y otro.
Y otro.
Costillas.
Piernas.
Hombros.
Abdomen.
La velocidad era imposible de seguir.
Finalmente Héctor cayó de rodillas.
Consciente.
Pero incapaz de responder.
Escupió sangre.
Y sonrió.
—Tenemos...
un nuevo problema.
Entonces...
Un grito.
A lo lejos.
Un grito que Arlen reconoció.
GENARO.
Y desapareció.
Cuando llegó...
El edificio ya no existía.
Solo ruinas.
Polvo.
Piedras.
Escombros.
—¡PADRE!
Corrió desesperado.
Cavando con las manos.
Arrancando bloques de concreto.
Rompiendo acero.
Buscando.
Sintiendo.
Esperando.
Hasta que finalmente encontró una débil presencia.
—Padre...
Genaro estaba atrapado bajo los restos del edificio.
La sangre cubría su cuerpo.
Arlen cayó de rodillas.
—Lo siento.
Lo siento.
Llegué tarde.
Genaro sonrió.
Débilmente.
—No.
Tosió sangre.
—Llegaste justo a tiempo.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Arlen.
Por primera vez.
—No pude ayudarte.
—Claro que sí.
La voz de Genaro era apenas un susurro.
—Me ayudaste muchísimo.
Miró el cielo.
—Me devolviste algo que creía perdido.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Le diste sentido a mis últimos meses.
Arlen apretó su mano.
—Padre...
Genaro sonrió.
La misma sonrisa que tenía cuando ganaba una partida de ajedrez.
La misma sonrisa que tenía cuando enseñaba.
La misma sonrisa que tenía cuando lo llamaba hijo.
—Te amo, hijo.
El mundo se quedó en silencio.
Y algo dentro de Arlen se rompió.
—Yo también te amo, padre.
Las lágrimas caían sin control.
—Ahora podrás descansar.
Con tu esposa.
Con tu hija.
Genaro cerró los ojos.
Y por primera vez en muchos años...
Pareció estar en paz.
Su mano cayó lentamente.
Y no volvió a moverse.
Arlen permaneció allí.
En silencio.
Sosteniendo aquella mano.
Durante mucho tiempo.
Hasta que el sol comenzó a ocultarse.
Y por primera vez desde que llegó al mundo de los hombres...
Arlen sintió algo más fuerte que la curiosidad.
Más fuerte que la determinación.
Más fuerte que su misión.
Dolor.
Un dolor tan profundo que ni siquiera sus entrenamientos mentales podían prepararlo para soportarlo.
Y mientras el viento recorría las ruinas de lo que alguna vez fue su hogar...
Arlen comprendió algo.
Azrakel acababa de cometer un error.
Uno que el dios del Trono de los Hombres terminaría lamentando.