En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
NovelToon tiene autorización de Ailed Dayana Araujo Medrano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Miradas
Los siguientes días dejaron algo muy claro para Alex.
Las reglas de Ian no eran una sugerencia.
Eran una condena.
Cada vez que intentaba ir a algún lugar dentro de la mansión, alguien parecía saberlo. Si quería salir al jardín, un guardia aparecía cerca. Si caminaba por los pasillos, alguien preguntaba dónde iba. Si permanecía demasiado tiempo en un mismo lugar, tarde o temprano Ian terminaba apareciendo.
Era desesperante.
Aquella mañana estaba sentado en la biblioteca intentando leer uno de los libros de historia que había encontrado en los estantes. Intentando era la palabra importante.
Porque apenas había leído tres páginas.
Su atención seguía regresando al mismo punto.
El nombre.
Alexei Laurent.
Desde aquella noche no había dejado de pensar en ello.
Quería respuestas.
Necesitaba respuestas.
Pero seguía sin saber en quién confiar.
Por eso decidió seguir guardando silencio.
Al menos por ahora.
Mientras daba vuelta a una página, escuchó pasos acercándose.
Levantó la vista.
Ian.
Por supuesto.
—¿No tienes trabajo? —preguntó Alex.
—Sí.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Porque esta es mi biblioteca.
—Empiezo a sospechar que toda esta casa te pertenece.
—Porque me pertenece.
Alex soltó un suspiro.
—Eso explica muchas cosas.
Ian tomó un libro de una estantería cercana.
Y permaneció allí.
Leyendo.
O fingiendo leer.
Alex no estaba completamente seguro.
Pasaron varios minutos.
Demasiados.
Porque cada vez que levantaba la vista, encontraba a Ian observándolo.
No de forma evidente.
Solo pequeños segundos.
Miradas rápidas.
Breves.
Pero suficientes para notarlas.
La primera vez decidió ignorarlo.
La segunda también.
La tercera empezó a resultarle sospechosa.
La cuarta fue directamente extraña.
—¿Qué?
Ian levantó la vista de su libro.
—¿Qué qué?
—¿Por qué me miras?
—No te estoy mirando.
Alex arqueó una ceja.
—Claro.
—Estoy leyendo.
—Y casualmente cada dos minutos dejas de leer para observarme.
—Eso no ocurrió.
—Sí ocurrió.
Ian volvió al libro.
Alex continuó observándolo.
Ian siguió fingiendo que nada pasaba.
Aquello era ridículo.
---
Más tarde, durante el almuerzo, ocurrió otra vez.
Elena estaba contando alguna historia sobre un evento al que había asistido la semana anterior.
Alex escuchaba a medias.
Ian parecía concentrado en su comida.
Hasta que Alex hizo un comentario.
Entonces Ian levantó la vista.
Y volvió a mirarlo.
Otra vez.
Alex comenzó a sospechar que no estaba imaginándolo.
—¿Pasa algo? —preguntó.
—No.
—Me observas demasiado.
—No lo hago.
—Sí lo haces.
Elena levantó la mirada inmediatamente.
Como un depredador que acaba de detectar movimiento.
—¿Qué está pasando?
—Nada —respondió Ian.
—Ian me mira raro.
Elena sonrió.
Mucho.
Demasiado.
—¿En serio?
—No empieces —advirtió Ian.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
—Y tú sabes exactamente qué estoy pensando.
Ian volvió a concentrarse en su comida.
Elena parecía estar disfrutando aquello más de la cuenta.
Alex no entendía absolutamente nada.
---
Los días continuaron avanzando.
Y las miradas también.
Ian empezó a notar cosas pequeñas.
Detalles absurdos.
Cosas que normalmente ignoraría.
Notó que Alex siempre arrugaba la nariz cuando algo le parecía sospechoso.
Notó que sonreía más con el lado izquierdo de la boca.
Notó que hablaba con las manos cuando se emocionaba.
Notó que tenía la costumbre de hacer preguntas incluso cuando ya conocía la respuesta.
Notó que era incapaz de permanecer callado demasiado tiempo.
Y también notó algo más.
Cuando Alex reía de verdad, parecía olvidar por unos segundos todo lo que cargaba encima.
Aquello era extraño.
Porque Ian nunca había prestado tanta atención a alguien.
Nunca.
Y cuanto más intentaba dejar de hacerlo, más detalles descubría.
Lo cual era un problema.
Un problema bastante grande.
---
Esa tarde Alex decidió refugiarse en el jardín.
Necesitaba aire.
Y sobre todo necesitaba un lugar donde Ian no apareciera cada cinco minutos.
Lamentablemente sus planes fracasaron.
Porque apenas llevaba unos minutos sentado cuando escuchó pasos acercándose.
No necesitó girarse.
Ya sabía quién era.
—Empiezo a pensar que me sigues.
Ian tomó asiento en un banco cercano.
—No te sigo.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que me sigue.
—Qué lógica tan impresionante.
—Gracias.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Un silencio bastante cómodo.
Algo que empezaba a ocurrir con más frecuencia.
Alex observó el jardín.
Luego miró a Ian.
Y lo encontró observándolo nuevamente.
Esta vez lo atrapó.
Directamente.
Sin posibilidad de escapar.
Ian apartó la vista un segundo demasiado tarde.
Alex sonrió lentamente.
—Ajá.
—¿Qué?
—Te atrapé.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Ian suspiró.
Alex seguía sonriendo.
Y aquella sonrisa hizo algo extraño dentro de Ian.
Algo que prefirió ignorar.
—¿Por qué me miras tanto? —preguntó Alex.
—No te estoy mirando.
La sonrisa de Alex se hizo aún más grande.
—Mentiroso.