El destino trajo de vuelta a quien el corazón nunca había dejado de esperar.
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Capítulo 13 Hablar solo por ella
Los días transcurrieron bajo esa regla que se había vuelto ley en la casa: no había saludos, ni comentarios, ni preguntas.
Solo si algo concernía a la pequeña, se decía lo justo y necesario, con voz baja y sin mirarse a los ojos más de lo imprescindible.
Por la mañana, Nicolás dejaba sobre la mesa lo preparado y se retiraba antes de que yo me sentara.
Si la niña preguntaba por él, yo le respondía; si él decía algo breve, empezaba y terminaba siempre en ella.
Necesita el abrigo grueso hoy —decía sin mirarme directamente, como si hablara con el aire.
—Ya lo tengo listo —contestaba yo, igual.
Y así quedaba dicho todo.
Nada más se añadía.
Él salía temprano hacia su oficina de arquitectura, llevando planos y proyectos que crecían día a día, pero se le notaba distraído, como si algo le faltara también allí.
Al volver, entraba en silencio, dejaba sus cosas y se acercaba primero a la niña; solo a través de ella parecía permitirse estar cerca del resto de la casa.
Yo me movía con la misma naturalidad de siempre, aunque ahora con más reserva: sabía dónde estaba cada cosa, cómo funcionaba cada rincón, qué le gustaba o molestaba a la pequeña, incluso los gestos que él hacía sin darse cuenta.
Pero todo eso lo guardaba para mí misma; no había forma de mostrarlo sin romper lo pactado.
Una tarde, mientras yo la peinaba con suavidad y le ponía el lazo que combinaba con tonos claros —rosado, celeste o lila, como siempre me gustó—, él se detuvo en el umbral y se quedó mirando sin hablar.
No lo hizo por mí, sino porque ella se veía tan tranquila, tan segura bajo mis manos, que se le olvidó por un instante marcharse.
Solo cuando la niña lo llamó con su vocecita dulce, él dio un paso y dijo muy breve:
—… le queda bien así.
—Le gusta que sea suave —fue mi única respuesta.
Nada más.
Pero en ese instante breve, su mirada se detuvo un poco más de lo debido: como si comparara sin querer, como si algo le sonara viejo y conocido, pero no se atreviera a buscar explicación.
Seguía sin sospechar, solo sentía esa extraña sensación de que todo encajaba demasiado bien para ser casualidad.
Pasaron semanas y la costumbre se hizo fuerte, aunque pesada.
Nicolás cumplía al pie de la letra: no me dirigía la palabra para nada más que por nuestra hija.
Sin embargo, yo notaba cambios pequeños: dejaba mejor iluminada la cocina por donde yo solía pasar, no cerraba con llave el estante donde guardaba lo necesario para la niña, dejaba abierta la ventanita que daba al rosal de rosas rosadas, como si supiera que me gustaba el aire que entraba por ahí.
Lo hacía sin decir nada, como si también el silencio pudiera llevar pequeños mensajes.
Cuando llegaban las noches y la pequeña ya dormía profundamente, quedábamos solos en la sala, cada uno en su sitio distinto, sin cruzarnos.
A veces él miraba el retrato colgado en la pared y luego, muy despacio, me miraba de reojo, rápido y casi imperceptible.
No preguntaba, no se atrevía, pero se le notaba que en su cabeza todo seguía dando vueltas: cómo sabía tanto, cómo entendía tan bien, cómo bastaba mi presencia para que todo volviera a su lugar.
Un día, mientras la niña dibujaba en el suelo con lápices de colores, él señaló las hojas y dijo muy bajo, sin mirarme a la cara.
—… le gusta mucho cuando tú le ayudas.
Se le olvidan los miedos.
—Solo le ayudo a estar tranquila —respondí con la misma sencillez.
Fue todo lo que se dijo en toda la tarde.
Pero en esas pocas palabras, hubo algo distinto: menos dureza, menos distancia, como si el tiempo y el bienestar de la pequeña fueran limando despacio las asperezas entre nosotros.
Yo sabía que el camino seguía siendo largo y muy lento, que aún había mucho silencio por delante y verdades que no podían decirse todavía.
Pero también veía que, aunque no habláramos, mi presencia ya no era un castigo ni una intrusión: se había convertido en parte necesaria del hogar, como la luz o el aire.
Y mientras fuera por ella, por nuestra hija, yo seguiría ahí, respetando el acuerdo, esperando con paciencia infinita a que el muro se fuera haciendo más fino, paso tras paso, día tras día.