Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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El depredador
Punto de vista de Julián
La imagen no me dejaba en paz. Llevaba tres días repitiéndose en mi mente como una película de terror y deseo: Alix Thorne, la esposa de mi peor enemigo, entregándose a él con una pasión animal desbordada. No era solo lujuria lo que sentía; era una obsesión corrosiva, una necesidad violenta de poseer lo que Adrián Valenzuela creía suyo. Ella tenía el rostro de la frialdad corporativa, pero el cuerpo de una ninfómana, y yo era un experto en despertar demonios ocultos en mujeres "decentes".
Me ajusté las gafas de sol oscuras y bajé la visera de mi deportivo alquilado —no podía arriesgarme a usar mi propio auto—. Estaba estacionado frente al "Zull Center", el club deportivo más exclusivo de la ciudad, un fortín de mármol y cristal donde la élite venía a sudar sus culpas. Mis contactos me habían confirmado que Alix Thorne, bajo su nueva identidad de Señora Valenzuela, tenía una membresía vitalicia y asistía puntualmente cada mañana a las 7:00.
Eran las 7:15. Sofía se había quedado en la mansión, quejándose de una migraña y de la "arrogancia" de los Valenzuela. Si supiera que yo estaba aquí, cazando a la mujer que ella odiaba con cada fibra de su ser envidioso, probablemente sufriría un colapso. Pero Sofía ya no importaba. Ella era una herramienta útil, pero Alix... Alix era un desafío, un trofeo que eclipsaría cualquier otro.
La vi salir. Llevaba ropa deportiva ajustada de color negro que delineaba cada curva de su cuerpo, el mismo cuerpo que yo había visto arquearse bajo las manos de Adrián. Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta alta y no llevaba rastro de maquillaje, revelando una belleza cruda y despiadada que me hizo contener el aliento. Caminaba con una seguridad felina, ignorando las miradas de admiración de los hombres que pasaban a su lado.
Esperé a que se acercara a su camioneta blindada. Adrián no estaba con ella; sus guardaespaldas se mantenían a una distancia respetuosa, dándole un espacio de privacidad que yo planeaba aprovechar.
Bajé del auto y caminé hacia ella con paso firme, esbozando mi sonrisa más seductora, esa que había desarmado a tantas mujeres en el pasado.
—Señora Valenzuela —dije, deteniéndome justo cuando ella abría la puerta de su vehículo—. O debería decir Alix. Qué coincidencia encontrarla aquí.
Ella se giró lentamente. No hubo sorpresa en su rostro, ni miedo, ni el más mínimo rastro de flirteo. Sus ojos, fríos como el hielo del lago en una noche de tormenta, me recorrieron con una indiferencia que me heló la sangre.
—Señor Ferrara —respondió, su voz era un látigo de seda—. Esta es una ciudad pequeña para la gente de nuestro... círculo. Aunque dudo que su presencia aquí sea una coincidencia.
Me acerqué un paso más, invadiendo su espacio personal. Podía oler su perfume, una mezcla de cítricos y algo metálico, limpio y distante. Me recordaba dolorosamente a Elena, pero sin la desesperación por complacerme.
—Tiene razón. No es coincidencia —admití, bajando la voz a un susurro íntimo—. No he podido dejar de pensar en usted desde la gala. Hay algo en usted, Alix... algo que me resulta... familiar. Y peligrosamente adictivo.
Ella arqueó una ceja, una mueca de diversión burlona cruzó sus labios perfectos.
—¿Familiar? Qué curioso. Su propia esposa dijo lo mismo. Parece que el señor Ferrara tiene una obsesión con el pasado. O quizás, con lo que no puede tener.
—Puedo tener todo lo que quiero, Alix. Y a usted, la quiero —solté, mis bajos deseos asomándose sin control. Me moría por tocarla, por romper esa fachada de hielo y ver a la mujer fogosa que vi en la terraza.
—Su confianza es... entretenida —ella cerró la puerta de su camioneta y se apoyó contra ella, cruzándose de brazos—. Pero se equivoca. Yo no soy una propiedad que se pueda adquirir, señor Ferrara. Y mucho menos por alguien que está a punto de perderlo todo.
La mención de mis problemas financieros me devolvió a la realidad con un golpe brutal.
—¿De qué habla?
—Thorne & Co. acaba de ejecutar una orden de embargo preventivo sobre las cuentas del fideicomiso San Román —dijo, disfrutando cada palabra—. Parece que su divorcio por "abandono" tiene más agujeros legales que su constructora. Mi equipo ha demostrado que usted manipuló las pruebas. Un juez federal ha congelado todos los activos hasta que se aclare la situación.
Sentí que el mundo giraba fuera de su eje. Mis cuentas personales, el dinero para pagar a los proveedores, todo estaba bloqueado por orden de la mujer que tenía enfrente.
—¡Esas tierras son mías! —rugí, perdiendo la compostura—. ¡Ella me las cedió voluntariamente!
—Eso no es lo que dicen los registros de caligrafía que hemos impugnado —respondió ella, sin perder la calma—. Usted es un fraude, Julián. Un parásito que se alimentó de la ingenuidad de una mujer muerta. Pero conmigo... conmigo se ha topado con una depredadora que no conoce la piedad.
Se subió a su camioneta, dejándome de pie en el estacionamiento, rodeado por el olor a gasolina y mi propia derrota. Mientras veía cómo se alejaba, una mezcla de odio visceral y un deseo incontrolable me consumía. Me había humillado, me había quebrado financieramente, pero al hacerlo, solo había conseguido que mi obsesión por poseerla se volviera letal.
Si ella quería guerra, la tendría. Y cuando cayera, yo estaría allí para reclamar el trofeo, no solo de sus tierras, sino de su cuerpo y de su alma blindada.