En su primera vida, ella fue invisible.
Hija mayor de una familia rica, creció viendo cómo el amor, la protección y las oportunidades se volcaban exclusivamente sobre su hermana menor. Sus padres la culparon por errores ajenos. Sus hermanos la ignoraron. Cuando el peligro llegó a casa, no dudaron en ofrecerla como sustituta, como cebo, como sacrificio.
Murió a manos de un asesino que nunca pagó por su crimen.
Y su familia… nunca buscó justicia.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un nuevo cuerpo, en una familia poderosa donde es amada, protegida e intocable. Cuatro hermanos dispuestos a mancharse las manos por ella. Un hombre peligroso, heredero de un imperio, que la ama sin condiciones y la convierte en su esposa sin pedir explicaciones.
Con una nueva identidad y un poder que antes le fue negado, regresa para enfrentar a quienes la destruyeron. No busca perdón. No quiere respuestas.
Renació para verlos caer.
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9. El Juego Se Amplía
Esa mañana, Sebastián, Lucas y Adrián se encontraban de pie frente a un local bastante pintoresco. La calle era concurrida, llena de gente, vendedores ambulantes y ruido constante. El lugar, sin embargo, parecía fuera de lugar. Un escaparate discreto, sin luces llamativas ni símbolos exagerados, solo un letrero sencillo que anunciaba lecturas personales.
Adrián frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—¿Puedes decirme qué hacemos aquí? —preguntó, mirando a Sebastián—. Porque si esta es una de tus ideas raras, prefiero irme ahora.
Sebastián no respondió de inmediato. Observaba la puerta con una expresión seria, concentrada, como si esperara algo que ni siquiera sabía nombrar.
Lucas soltó una risa corta.
—No me digas que crees en estas cosas —comentó—. ¿Lecturas? ¿Cartas? Vamos, Sebas.
—No es eso —respondió Sebastián al fin—. Pero desde que conocí a esa mujer… —calló un segundo—. Desde que conocí a Isabella, algo no me deja tranquilo.
Adrián lo miró de reojo.
—Has estado raro —admitió.
Lucas abrió la boca para burlarse otra vez, pero algo en el tono de su hermano mayor lo hizo callar.
Entraron.
El interior del local no era como cualquiera esperaría. No había velas por todas partes ni símbolos exagerados. El espacio era limpio, sobrio, con luz natural entrando por una ventana lateral. Libros bien ordenados, una mesa sencilla y algunas imágenes antiguas en las paredes. Nada que gritara fraude.
—Vaya —murmuró Lucas—. Esperaba algo más… ridículo.
—Eso dicen todos —respondió una voz femenina.
Los tres se giraron.
La mujer que había aparecido frente a ellos era joven, hermosa y elegante de una forma natural. Vestía de manera sencilla, pero su presencia imponía. Al verlos, sonrió con una tranquilidad inquietante.
—No es común que hombres como ustedes vengan a un lugar como este —añadió—. Mucho dinero. Mucha culpa.
Lucas soltó una risa corta.
—¿Eso lo dices por cómo vestimos o porque te gusta inventar cosas?
La mujer lo miró con calma.
—Lo digo porque no soportas que te ignoren —respondió—. Porque usas el humor para tapar la incomodidad… y porque eres el primero en mirar hacia otro lado cuando algo no te conviene.
La sonrisa de Lucas desapareció.
Sebastián sintió un escalofrío.
—Siéntense —indicó ella, señalando la mesa.
Los tres obedecieron sin saber muy bien por qué.
La mujer se sentó frente a ellos y apoyó las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos.
—No leo el futuro —dijo—. No adivino destinos. Observo patrones. Gestos. Silencios. Lo que la gente evita decir. Lo que se repite. Y lo que pesa.
Miró primero a Adrián.
—Tú —dijo—. Eres el que duerme peor. No porque hicieras algo… sino porque no hiciste nada. El silencio también es una elección.
Adrián apretó la mandíbula.
Luego miró a Lucas.
—Tú te convences de que todo fue necesario. Que no era tu responsabilidad. Pero sabes perfectamente que pudiste hablar… y no lo hiciste.
Lucas desvió la mirada.
Finalmente, sus ojos se posaron en Sebastián.
El ambiente se volvió asfixiante.
—Y tú… —dijo despacio—. Tú fuiste el que tomó la decisión. El que dijo “es lo mejor”. El que creyó que sacrificar a una persona resolvería todo.
Sebastián sintió que el pulso le golpeaba en los oídos.
—¿De qué estás hablando? —preguntó con voz dura.
La mujer no se alteró.
—De su hermana —respondió—. De la que nunca miraron de frente. De la que enviaron al peligro para proteger a otra. De la que murió creyendo que, esta vez, sí la elegirían.
El silencio cayó como una losa.
—Ella no fue débil —continuó—. Fue abandonada. Y eso deja marcas. En quien lo sufre… y en quien lo provoca.
Lucas se levantó de golpe.
—Esto es una locura.
—¿Lo es? —preguntó ella—. Entonces dime por qué ninguno de ustedes puede pronunciar su nombre sin sentir algo aquí.
Señaló su pecho.
Nadie respondió.
—No todo termina con la muerte —añadió con voz baja—. Algunas historias no se cierran. Algunas deudas no se entierran tan fácil.
Sebastián tragó saliva.
—¿Está diciendo que…?
La mujer negó con la cabeza antes de que terminara.
—No —dijo—. No estoy diciendo nada que no sepan ya.
Se levantó y dio un paso atrás.
—Pero les diré esto —concluyó—. El pasado siempre encuentra la forma de sentarse a la mesa… incluso cuando creen haberlo dejado atrás.
Los tres salieron del local sin decir una palabra.
—Qué mujer más rara —murmuró Lucas apenas cruzaron la puerta, sacudiéndose los brazos como si quisiera quitarse el escalofrío—. Te juro que me dio mala vibra.
Adrián no respondió de inmediato. Caminó unos pasos en silencio antes de mirar a Sebastián con seriedad.
—¿Tú le crees? —preguntó—. ¿Crees que Valeria… podría estar viva? ¿Cómo demonios sabía tanto de nosotros?
Sebastián apretó los dientes. Sentía una mezcla incómoda de rabia, molestia y una negación que se aferraba con fuerza a su mente.
—No digas estupideces —respondió—. Valeria murió. Punto.
Abrió la puerta del auto con brusquedad y se sentó en el asiento del conductor.
—Esa mujer solo dijo lo que cualquiera pudo haber deducido —continuó—. Siempre exageran todo. Nosotros no hicimos nada malo. Le dimos todo. Siempre tuvo techo, comida, educación. Nunca le faltó nada.
Lucas y Adrián intercambiaron una mirada breve, pero no dijeron nada.
—La tratamos como una reina —añadió Sebastián, casi convenciéndose a sí mismo—. Si algo salió mal, no fue culpa nuestra.
El auto arrancó y se alejaron del lugar sin volver la vista atrás. La calle quedó atrás, pero el peso de aquellas palabras no los abandonó.
Desde el interior del local, la mujer los observó marcharse a través del cristal. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro mientras negaba con la cabeza.
—Pobres ilusos —murmuró—. No tienen idea de lo cerca que está su karma.
Caminó hasta uno de los sillones y se dejó caer con tranquilidad. Sacó su teléfono y marcó un número. El tono sonó dos veces antes de que una voz masculina respondiera con un suspiro cansado.
—¿Ahora qué hiciste? —preguntó él.
Ella rió suavemente.
—Nada fuera de lo planeado —respondió—. Los hermanos Montoya vinieron hoy. Tal como te dije que pasaría.
Del otro lado hubo un breve silencio.
—¿Les dijiste? —preguntó su primo.
—No —respondió ella, sin dudar—. Todavía no.
Apoyó la cabeza contra el respaldo, mirando el techo.
—No es el momento.
Colgó la llamada y cerró los ojos, satisfecha.
Después de todo, algunas verdades no se revelaban de golpe.
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Mientras tanto, en el edificio Salazar, Camila Montoya caminaba por el pasillo acomodándose la blusa con disimulo. Revisó su reflejo en una de las paredes de vidrio y sonrió, satisfecha. Aquella mañana tenía una reunión con Lucien Salazar para discutir asuntos de su área. O al menos eso decía la agenda.
Para Camila, era una oportunidad.
Entró a la sala de juntas con paso seguro. Ya había otros compañeros sentados, jóvenes como ella, algunos con expresión nerviosa, otros revisando tablets y carpetas. Lucien se encontraba en la cabecera, concentrado en unos documentos. Camila se sentó intentando quedar dentro de su campo visual, cruzando las piernas con cuidado, exagerando apenas lo justo.
La reunión comenzó con normalidad.
Se trataba de optimizar una línea de desarrollo tecnológico dirigida a usuarios jóvenes. Análisis de mercado, tiempos de implementación, costos. Cuando llegó su turno, Camila se aclaró la garganta y habló con entusiasmo.
—Creo que deberíamos lanzar el producto en menos de tres meses —dijo—. Si aceleramos el proceso, podríamos adelantarnos a la competencia y dominar el mercado antes de fin de año.
Algunos se miraron entre sí.
—¿Tres meses? —preguntó uno de los analistas—. Eso implicaría duplicar el presupuesto y reducir pruebas de seguridad.
—Exacto —respondió Camila, sonriendo—. A veces hay que arriesgar para ganar.
Lucien alzó la vista lentamente.
—¿Y qué haces con los fallos del sistema si salen al mercado sin pruebas suficientes? —preguntó con calma—. ¿Asumes tú la responsabilidad?
Camila dudó apenas un segundo.
—Bueno… —dijo—. Siempre se pueden corregir después.
El silencio fue incómodo.
—No en esta empresa —respondió Lucien—. Aquí no lanzamos productos incompletos para “ver qué pasa”.
Camila sintió el calor subirle al rostro, pero forzó una sonrisa.
—Claro… solo era una idea ambiciosa.
—Ambición sin análisis es improvisación —añadió él, sin dureza, pero sin suavizarlo—. Continúa el siguiente.
Camila se recostó en la silla, intentando recuperar compostura. A lo largo de la reunión intervino un par de veces más, siempre con propuestas demasiado grandes para su nivel, siempre sin considerar consecuencias técnicas. Cada vez, Lucien las corregía con precisión quirúrgica.
Aun así, ella no se rendía.
Al final, cuando todos comenzaron a levantarse, Camila se acercó un poco más de lo necesario.
—Presidente —dijo—. Si quiere, puedo quedarme después para explicarle mejor mi idea.
Lucien la miró con educación distante.
—No será necesario —respondió—. Enfócate en aprender primero. Eso también es parte del proceso.
Camila asintió, sonriendo, aunque por dentro hervía.
Mientras salía de la sala, apretó los labios con frustración.
No había salido como esperaba.
Pero no pensaba rendirse.
Lucien Salazar no era un hombre fácil.
Y precisamente por eso…
Camila Montoya lo quería.
oye Lucien préstame a tu prima que si es adivina en todo lo que dice.. jajajaja necesito averiguar varias cosas 🤣🤣🤣🤣😅😅😅