En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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CAPÍTULO 21 Dos días bajo el agua
La noche no terminó con el amanecer.
Al contrario, la lluvia siguió cayendo sin pausa, como si el cielo se hubiera roto para siempre.
Yo seguía parado en la misma vereda, frente a su puerta, sin moverme ni un centímetro.
Las horas pasaban una tras otra, y con cada minuto que transcurría, el frío se me metía más hondo en los huesos, pero el dolor de mi alma no me dejaba sentirlo del todo.
A media mañana del segundo día, escuché voces bajas detrás de las ventanas.
Sus padres se habían dado cuenta de que seguía allí, empapado y quieto, y se lo hicieron saber a ella.
—Está ahí afuera desde ayer —le decían en voz que yo apenas alcanzaba a oír—.
No se ha ido en todo este tiempo, y la lluvia no ha parado.
Pero yo no podía responder, ni siquiera moverme.
Mis piernas ya no me obedecían bien, mis manos estaban entumecidas y temblaba sin control.
El agua me corría por la cara, por el cuello, por debajo de la ropa, y ya no sentía si estaba mojado o si mi propio cuerpo se estaba volviendo tan frío como el suelo.
Pasaron otras horas más.
Seguía lloviendo con la misma intensidad, sin dar tregua.
Llevaba ya dos días enteros bajo ese aguacero, sin comer, sin dormir, sin resguardar en ningún lado.
Mi respiración se hacía cada vez más lenta y pesada, y una sensación de calor extraño empezó a subirme por la frente, mezclada con el frío que me helaba la piel.
Fue entonces cuando por fin se abrió la puerta.
Ella salió con pasos inseguros, cubriéndose con un abrigo y mirándome con ojos muy abiertos, entre la sorpresa y el susto.
—¡Nicolás! —gritó con voz quebrada—.
¿Qué haces aquí todavía?
¡Te dije que te fueras!
Yo intenté responder, quería decirle que me iría, que solo quería estar un poco más cerca, pero las palabras no me salían.
Sentía que el sonido de su voz llegaba muy lejos, como si estuviera hablando a través de una pared gruesa.
Mis oídos zumbaban, no podía escucharla con claridad, y la visión se me nublaba poco a poco.
Quise mantenerme de pie, pero mis rodillas cedieron de golpe, y antes de que pudiera sostenerme, me desplomé en el suelo mojado, sin conocimiento.
—¡¡Nicolás!! —volvió a gritar ella, esta vez con un grito de puro miedo y desesperación, y se echó a correr hacia mí—.
¡Papá, mamá, vengan rápido!
¡Se desmayó!
En ese momento mis labios ya estaban morados, la piel de mi rostro tenía un tono pálido y azulado, y el calor que sentía por dentro se había convertido en una fiebre altísima que me quemaba por dentro aunque seguía empapado.
Mi cuerpo temblaba con espasmos leves, y yo no oía nada más que un zumbido sordo, ni sus voces, ni la lluvia, ni nada.
Sus padres salieron corriendo de inmediato, asustados al ver la escena.
Su padre se agachó rápido, me tomó el pulso y me tocó la frente, y en cuanto lo hizo, se quedó muy serio y preocupado.
—¡Tiene una fiebre altísima, está helado por fuera y ardiendo por dentro!
No puede seguir así, se nos puede morir aquí mismo.
Su madre también se acercó, temblando de angustia, y dijo.
—Dos días bajo la lluvia sin parar…
¿Cómo ha podido aguantar tanto?
Esto es peligroso, hay que hacer algo ya.
Ella se arrodilló a mi lado, me tomó la mano fría entre las suyas y lloraba llamándome una y otra vez, aunque yo ya no podía reaccionar ni escuchar sus palabras.
Todo se me había vuelto oscuro y pesado, como si me estuviera hundiendo en un sueño profundo y doloroso, sin fuerzas para volver a la realidad.
Allí, en medio de la lluvia que no cesaba, con mis labios morados, la fiebre descontrolada y sin sentido, quedaron claras las consecuencias de mi error: había perdido la razón, el juicio y casi la vida, solo por el peso de la culpa y el amor que ya no tenía derecho a demostrar.
Y ahora, frente a la puerta de su casa, eran ellos quienes tenían que decidir qué hacer conmigo, después de todo el daño que yo les había causado.