A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 13
Capítulo 13
La rabia se le salió de las manos
Camila Duarte pasó de ser una actriz casi desconocida a convertirse en el nombre más buscado de la semana. Pero sin el papel protagónico de El Encanto, cayó con la misma rapidez con la que había subido.
La industria no perdona a las mujeres que se quedan sin respaldo.
En menos de un día, los medios sacaron todo lo que pudieron encontrar sobre ella: fotos antiguas con vestidos demasiado pequeños en fiestas privadas, portadas de revistas baratas, videos entrando y saliendo de clubes con empresarios mucho mayores. Algunas notas eran crueles de un modo innecesario. Otras, simplemente oportunistas.
Yo no sentí lástima pura.
Camila había intentado mandarme al Ministerio Público con una acusación falsa. Había querido convertirme en ladrona delante de cámaras y colegas. Eso no se borraba porque ahora el público estuviera mordiéndola a ella.
Pero tampoco podía fingir que toda esa violencia digital me parecía limpia.
En Naranja Media todos sabíamos cómo funcionaba eso. Un día la nota era “la nueva promesa del cine mexicano”, y al siguiente la misma mujer se convertía en chiste, meme, advertencia moral y carne para programas de espectáculos. Los hombres que habían estado en esas fiestas con ella no aparecían con el mismo nivel de detalle. Sus nombres se insinuaban, se protegían, se borraban detrás de iniciales. Camila, en cambio, tenía rostro, cuerpo, pasado y culpa pública.
Eso me molestaba.
También me molestaba que me molestara.
Porque una parte de mí quería disfrutar su caída. La parte herida, la parte humillada, la que todavía recordaba a Diego encima de ella en la cama del hotel. Pero mi oficio me había enseñado algo incómodo: cuando una mujer cae, todos corren a patearla, incluso quienes ayer la usaron.
Si Diego me había puesto una cornamenta, Camila le había puesto a él un bosque entero. La diferencia era que él seguía caminando por el mundo con camisa planchada, y ella era la que recibía los escupitajos.
Diego seguía siendo el verdadero problema.
Cuando por fin pude volver a Naranja Media, el ambiente en la oficina estaba casi normal. Carmen gritaba órdenes con su energía habitual, alguien corría detrás de un fotógrafo, dos becarias discutían titulares, y el ruido de teclados me hizo sentir, por primera vez en días, que todavía existía un mundo fuera de mi matrimonio arruinado.
Me aferré a esa normalidad diez segundos.
Después Carmen apareció frente a mí con cara de incendio.
—Valeria, Diego Alcázar está en la sala de juntas.
El estómago se me apretó.
—¿Dijo quién es?
—No. Solo que necesita hablar contigo. Tranquila, si viene por lo de Camila, la empresa está contigo. Ella te acusó primero.
Claro.
Carmen todavía no sabía que Diego era mi esposo.
Tampoco lo sabían mis compañeros. Cuando me casé, no invité a nadie de la oficina porque pensé, ingenua de mí, que era mejor separar vida privada y trabajo. Ahora agradecía esa decisión con toda mi alma. No habría soportado miradas de lástima encima del escándalo.
—Voy sola —dije.
—Si grita, entro.
—Si grita, grabo.
Carmen me miró con aprobación.
—Así me gusta.
Caminé hacia la sala de juntas con la espalda recta. Por dentro no estaba tan firme. Cada encuentro con Diego me dejaba una capa nueva de asco, pero también de duelo. Era agotador descubrir, conversación tras conversación, que el hombre al que había amado quizá nunca existió.
Pasé junto a los escritorios fingiendo que no sentía las miradas. Nadie sabía la verdad completa, pero todos olían el escándalo. En una redacción, el silencio también tiene sonido: teclas que se detienen medio segundo, sillas que crujen, mensajes que seguramente vuelan por chats privados.
No los culpaba. Yo habría hecho lo mismo si otra reportera hubiera recibido la visita furiosa de un Alcázar.
La diferencia era que esta vez la nota era mi vida.
Entré y cerré la puerta.
Diego estaba junto a la ventana, impecable, frío, con esa expresión de superioridad dolida que usan algunos hombres cuando creen que su rabia es una forma de justicia.
Me senté, dejé mi libreta sobre la mesa y no le ofrecí café.
—Habla.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Ese es tu tono?
—¿Cuál esperabas? ¿El de esposa enamorada?
—Valeria...
—No me hagas perder el tiempo.
Diego respiró por la nariz, conteniéndose.
—Borra el video. Y discúlpate públicamente con Camila.
Lo miré unos segundos, esperando que se diera cuenta de lo absurdo que sonaba.
No ocurrió.
—¿Tú te escuchas?
—La destruiste.
—No. Ella intentó incriminarme. Grupo Alcázar la sacó de la película. Los medios sacaron su pasado. Y tú, que dices amarla, no la protegiste de nada.
—No hables de lo que no entiendes.
—Entiendo bastante. Entiendo que te casaste conmigo mientras mantenías a Camila esperando. Entiendo que la usaste como arma y ahora quieres que yo limpie el desastre.
Su cara se puso roja.
—Tú no sabes lo que tu familia nos hizo.
—Entonces dilo.
—Tu padre...
La bofetada salió antes de que pudiera terminar.
Incluso yo me sorprendí de lo rápido que crucé la mesa.
Diego se quedó inmóvil, con la cara girada.
Me enderecé y respiré hondo.
—No vuelvas a acusar a mi padre sin pruebas. Si tienes ese famoso video, tráelo. Si no, cállate.
Sus ojos se llenaron de sangre.
—Eres igual que ellos. Creen que por tener apellido pueden aplastar a cualquiera.
—No. Creo que por tener cerebro puedo distinguir una acusación de una excusa.
Diego apretó los puños.
Yo no me detuve.
—Primero: confío en mi padre. Si tienes pruebas, las quiero ver. Segundo: si amas a Camila, eres un cobarde. Ella era tu amiga de infancia, tu amante, la mujer por la que destruiste mi matrimonio. Si la querías, debiste darle un lugar real, no esconderla mientras me usabas a mí para tu venganza.
—Cállate.
—No. Ahora me vas a escuchar. Dices que la amas, pero durante años la viste entrar y salir de fiestas, clubes y cenas con hombres que podían ser sus padres. ¿Ese era tu amor? ¿Mirar hacia otro lado mientras ella vendía pedazos de sí misma para acercarse a una oportunidad?
—¡Tú no sabes lo que es no tener nada!
—¿No tener nada? Fuiste a la universidad. Tu madre recibió dinero de Roberto durante años. No me vendas una pobreza de telenovela para justificar que Camila terminara en camas ajenas mientras tú esperabas el momento correcto para usarla.
Diego agarró una silla.
La lanzó hacia mí.
Me moví por instinto. La silla golpeó la pared con un estruendo seco y cayó de lado.
Durante un segundo, ni siquiera respiré.
Luego lo miré.
—Estás loco.
Diego jadeaba, rojo, con la rabia saliéndole por la piel. En ese momento entendí que había tocado una herida real. Camila era su punto débil. O quizá no Camila, sino lo que había permitido que le pasara.
La periodista en mí despertó incluso en medio del miedo.
Ahí había algo.
Algo más sucio que una infidelidad.
No era solo orgullo herido. Diego había reaccionado con una violencia específica, como si mis palabras no hubieran señalado a Camila, sino una parte de su historia que él necesitaba mantener enterrada. Pensé en Clara, en la acusación contra mi padre, en Teresa usando el pasado como látigo. Todas las piezas existían, pero ninguna encajaba todavía.
Y mientras no encajaran, Diego seguiría usando el vacío para golpearme.
También pensé en Camila de otra manera, aunque me molestara hacerlo. Si Diego había permitido que ella caminara durante años por pasillos llenos de hombres peligrosos, ¿había sido por impotencia, por ambición o por cálculo? La respuesta importaba. No para salvarla de sus propias decisiones, sino para entender hasta dónde llegaba la cobardía de Diego.
Había hombres que no empujaban directamente a una mujer al precipicio. Solo le abrían la puerta, miraban hacia otro lado y después lloraban sobre el cuerpo.
Diego empezaba a parecerme de esos.
—Diego —dije, bajando la voz—. Cálmate. Gritar y romper muebles no va a devolverle el papel a Camila.
—Antes de que pierda el control de verdad —dijo entre dientes—, borra el video y discúlpate.
—No.
—Camila perdió su oportunidad por tu culpa.
Me apoyé contra la pared, todavía con el pulso acelerado.
—Camila perdió su oportunidad porque intentó destruirme en público. Y aunque yo pidiera perdón mañana, aunque borrara cada video, su pasado ya salió. Perdió El Encanto, perdió la imagen limpia, y después de esto no va a volver a tener oportunidades importantes en cine ni televisión.