Annia es una joven que pasó toda su vida atrapada entre el dolor, el abandono y el maltrato de la persona que debía protegerla: su propia madre.
Todo cambia poco antes de cumplir dieciocho años, cuando, al borde de la muerte, descubre una verdad capaz de transformar por completo su destino. No solo pertenece a una de las familias más poderosas e influyentes de Rusia, sino que también está destinada a formar parte de un mundo mucho más grande, oscuro y peligroso de lo que jamás imaginó.
Ahora deberá enfrentarse a secretos, traiciones y enemigos ocultos, mientras descubre quién es realmente y cuál es el precio de llevar el apellido que corre por sus venas.
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XXIV
Nolan
No podía creer que era ella… Ani, mi Ani.
Cuando mi maestra, la doctora Smith, me llamó una semana atrás para pedirme que me hiciera cargo de uno de sus casos más complejos, jamás imaginé que la Annia a la que se refería sería la misma joven que yo había conocido tiempo atrás.
Leer su historial médico fue devastador. Todos aquellos maltratos físicos y psicológicos que esa mujer había soportado eran terribles. Pero lo peor de todo era saber que habían sido infligidos por su propia madre, y que además había sido víctima de un intento de violación por parte de un malnacido.
Entonces muchas cosas comenzaron a encajar.
Cuando la conocí, unos imbéciles la estaban golpeando. Después de darles su merecido, la levanté y vi sus ojos azules… pero estaban turbios, apagados. Curé sus heridas y noté de inmediato lo delgada que estaba, lo frágil de su salud, la palidez extrema en su rostro. También me parecía extraño que, siendo tan joven, trabajara en aquel restaurante.
Cada vez que hablábamos evitaba mencionar a su familia. En ocasiones la vi moverse con dificultad, con dolor contenido, pero no dije nada. No quería ser entrometido, me repetía. No quería asustarla ni provocar que se alejara de mí.
Qué imbécil había sido.
¿Cómo no me di cuenta de todas las señales de alarma de una persona que sufría violencia?
La última vez que la vi, antes de marcharme, no quería irme. No quería alejarme de ella. Pero ya había dado mi palabra, había asumido aquel compromiso con mi profesión. Sin embargo, dentro de mí existía un conflicto.
Ani se había ido instalando poco a poco en mi corazón.
Al principio pensé que solo era compasión, que la veía frágil y que lo nuestro era una amistad sincera. Pero con el paso de los días, con cada conversación, aquello fue transformándose en algo mucho más profundo… algo que en ese momento no supe identificar.
Aquella noche, después de despedirme de ella, regresé a casa y encontré a mamá en la sala. Ese día no tenía turno en el hospital. Apenas me vio, me observó con detenimiento.
—¿Estás bien, cariño? Te noto raro.
—Estoy bien.
Ella se acercó, puso una mano en mi rostro y sonrió con ternura.
—Eso no es cierto. Vamos, dile a mamá quién es esa chica que te tiene así.
Sonreí. Para mi madre yo siempre había sido un libro abierto.
—¿Cómo sabes que se trata de una chica?
—Porque cuando vives lo que yo he vivido y trabajas en el mundo en que yo trabajo, aprendes a leer a las personas que amas. Ahora dime… ¿quién es?
Nos sentamos juntos en el sofá.
—Se llama Annia. La conocí por casualidad. Al principio solo la veía como una amiga, pero ahora ya no sé… El problema es que es demasiado joven. Aunque insista en decir que es mayor de edad, sé que no lo es. Y me siento fatal por la diferencia de edad entre nosotros. No quiero que piense que intento aprovecharme de ella. Además… está mi partida a Sin Fronteras. Tengo la cabeza hecha un lío.
Mi madre me miró con infinita dulzura y acarició mi mejilla.
—Oh, cariño… te has enamorado de esa chica.
La miré desconcertado.
—No pongas esa cara. Eso es exactamente lo que te pasa. Y sí, la diferencia de edad hoy puede parecer un abismo, pero con el tiempo dejará de importar. Respecto a Sin Fronteras… siempre puedes renunciar. No estás obligado a ir.
Tomé sus manos entre las mías.
—Sabes que fue decisión mía. Entré porque quería devolver algo de todo lo que has hecho por mí. Si no fuera por ti, ni siquiera estaría vivo. Y también quiero ayudar a personas que sufren por culpa de quienes abusan del poder.
Ella acarició mi rostro con emoción.
—Cariño, si no fuera por ti, la que no estaría viva sería yo. Eres el hijo de mi corazón. No me debes nada.
Luego sonrió.
—Ahora dime… ¿qué harás con esa chica?
Suspiré.
—He tomado una decisión. No le diré lo que siento. No sería justo, porque me marcharé. Además, es tan inocente que dudo que siquiera imagine que mis sentimientos van más allá de la amistad. Cuando regrese… ella será una mujer. Entonces sabré si lo que siento es verdadero o si solo me dejé deslumbrar por su inocencia.
Y así lo hice, al día siguiente que nos vimos.
No le revelé mis sentimientos a Ani. Aquel último día solo le pedí que esperara mi regreso.
Me arrepentí mil veces.
Durante los dos años que estuve en Sin Fronteras, y por todo lo que viví allí, su recuerdo fue lo único que me sostuvo. Pensar en ella me ayudó a resistir.
Cuando regresé a América, ella ya no estaba. Nadie sabía nada. Fui al restaurante donde trabajaba, pero no tenían información. La identificación que había usado era falsa. Busqué la dirección de su supuesta casa, pero nunca había vivido allí. Nadie la conocía.
La desesperación se apoderó de mí.
La busqué durante meses. Era como si hubiese sido un fantasma. Pero yo sabía que no lo era. La había visto. Había sentido la calidez de sus palabras.
Al final tuve que marcharme. A mi madre le ofrecieron la dirección de un hospital privado en Moscú, y a mí un puesto en el centro de terapias. Yo ya me había graduado en cirugía de shock trauma y además tenía especialidad en psiquiatría y psicoterapia.
Así que partimos a Moscú.
Pero una parte de mi corazón se quedó con ella. Pensaba volver a buscarla cuando todo estuviera en orden.
Y ahora… estaba frente a mí.
Poco quedaba de la niña que conocí en América. Estaba más hermosa que nunca. Había cambiado… madurado.
La abracé con fuerza, y todo lo que había leído en su expediente golpeó mi mente. Mi pequeña había sufrido demasiado por culpa de aquel monstruo que se hacía llamar su madre.
La estreché aún más entre mis brazos, besé su coronilla y murmuré:
—Lo siento tanto, mi Ani… por no haberme dado cuenta antes. Lo siento tanto por no haber llegado a tiempo para salvarte.
Ella levantó el rostro. Sus mejillas estaban sonrojadas.
—¿Tú… tú lo sabes? ¿Sabes lo que me pasó, Nolan?
Su voz tembló. Bajó la mirada, avergonzada.
Tomé su barbilla con suavidad y la obligué a mirarme.
—Sí lo sé, pequeña. Y no tienes nada de qué avergonzarte. ¿Por qué no me lo dijiste cuando nos conocimos? Yo te habría ayudado.
Desvió la mirada y susurró:
—Tenía miedo… miedo de que cuando lo supieras dejaras de ser mi amigo. Estaba rota, marcada… y también temía que alguno de ellos te hiciera daño. Pensé que ocultarlo era lo mejor.
—Oh, mi Ani… jamás te habría apartado de mi lado. Eres muy importante para mí.
Acaricié su mejilla con ternura.
—Cuando regresé a América te busqué por todas partes. Nadie supo decirme dónde estabas. Después tuve que venir a Moscú… pero pensaba volver a buscarte. Sin embargo, el destino decidió reunirnos primero.
Apoyé mi frente en la suya.
—Y ahora juntos vamos a sanar todas tus heridas emocionales. Ya lo verás.
Y eso pensaba hacer.
La ayudaría a sanar.
Y ahora que la había encontrado… no volvería a alejarme nunca más.