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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:329.7k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

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Capítulo 17

Capítulo 17: La medalla de oro y un viejo conocido

La carta llegó cinco días después del incidente en la corte.

Bianca la depositó sobre el tocador de Serena con dos dedos, como si pudiera morder. El sobre era de papel grueso, color marfil, sin remitente. Pero el sello de cera negra lo decía todo: una espada y un escudo cruzados, grabados con una precisión que solo el mejor artesano del imperio podía lograr.

El escudo de la casa Durán.

Serena rompió el sello. Dentro, una sola línea escrita con caligrafía austera, sin florituras, sin fórmulas de cortesía, sin firma:

«Mañana por la tarde. Iglesia de la Paloma Blanca, zona oeste.»

Bianca se asomó por encima de su hombro.

—¿Sin nombre? ¿Sin explicación? Qué arrogancia.

—No es arrogancia. —Serena dobló la nota y la guardó en su manga—. Es eficiencia. Puro estilo Alejandro Durán.

—¿Va a ir, señora?

Serena contempló su reflejo en el espejo de bronce. La mujer que le devolvía la mirada ya no era la joven asustada que despertó en este cuerpo hace semanas. Era alguien que empezaba a reconocer, alguien que se parecía más a la persona que había sido durante diez años en un calabozo: dura, precisa, peligrosa.

—Voy a ir.

* * *

La Iglesia de la Paloma Blanca era una construcción antigua en el barrio oeste de la capital, lejos de las avenidas concurridas donde la nobleza paseaba sus sedas y sus intrigas. Paredes de piedra gris cubiertas de hiedra, un campanario modesto, una puerta de roble oscurecida por los siglos. El tipo de lugar donde la gente iba a rezar de verdad, no a ser vista rezando.

Serena descendió del carruaje con Bianca. Marcus las esperaba junto a la entrada, de pie con la rigidez militar que lo caracterizaba. Su rostro era cortés pero impenetrable.

—Señora Bridge. Su Excelencia la espera dentro. —Miró a Bianca—. Su doncella puede aguardar aquí. Hay un banco bajo el tilo.

Bianca abrió la boca para protestar, pero Serena la detuvo con un gesto.

—Espérame aquí. No tardaré.

Entró sola.

El interior de la iglesia era un estudio en silencio y luz. Bancas de madera oscura se alineaban en filas vacías. Cirios encendidos parpadeaban en nichos de piedra, proyectando sombras danzantes sobre los muros. Los vitrales del ábside filtraban la luz de la tarde en fragmentos de color: azul cobalto, rojo rubí, oro líquido que caía sobre las baldosas como pintura derramada.

Y en la última banca, de espaldas a la puerta, estaba Alejandro Durán.

No vestía el uniforme formal ni las galas de la corte. Llevaba un abrigo largo de azul oscuro, casi negro, sin bordados ni insignias. El cabello, normalmente recogido con severidad, caía suelto hasta los hombros atado con una cinta simple. Sin el aparato del ducado, sin la armadura de títulos y protocolos, era simplemente un hombre.

Un hombre terriblemente difícil de ignorar.

Serena lo estudió mientras caminaba por el pasillo central. Las cejas rectas como hojas de espada. La nariz afilada, aristocrática sin ser delicada. La mandíbula tallada a cuchillo, la línea de la quijada tan definida que parecía cortada en mármol. Y los ojos: cuando se volvió a mirarla, Serena sintió que esos ojos eran pozos abisales, oscuros hasta el fondo, capaces de ver a través de toda pretensión, toda máscara, toda mentira.

Ojos que ahora la examinaban con una intensidad que habría hecho temblar a cualquier otro.

—Siéntate —dijo. No fue una invitación. Fue una declaración de hechos, como si sentarse fuera lo único racional y no requiriera discusión.

Serena se sentó en la banca opuesta, de frente a él, manteniendo la distancia de un brazo extendido entre ambos.

—Su Excelencia no suele convocar reuniones en iglesias.

—Y tú no sueles predecir conspiraciones antes de que ocurran.

El golpe fue directo, sin preámbulo. Alejandro no apartó la mirada.

—Sabías lo de las cartas falsificadas antes de que fueran presentadas —dijo. No preguntó. Afirmó.

Serena sostuvo su mirada sin pestañear.

—Sí.

—¿Cómo?

—Tengo ojos y oídos dentro de la mansión Flores. Las cartas fueron preparadas allí. —Era la mitad de la verdad, suficiente para ser creíble, insuficiente para revelar nada real.

Alejandro la estudió durante varios segundos de silencio. La luz del vitral caía entre ambos como una cortina de colores.

—Eres inteligente —dijo finalmente—. Pero tu inteligencia excede con mucho lo que una hija de conde debería poseer. —Se inclinó ligeramente hacia delante—. En dos meses has tomado control de una mansión hostil, desmantelado una red de espionaje, identificado una conspiración de alto nivel y proporcionado a tu hermano una defensa tan precisa que humilló al Príncipe Heredero en plena corte. —Ladeó la cabeza—. ¿Quién te enseñó todo eso?

—La necesidad es buena maestra.

—La necesidad enseña a sobrevivir. Lo que tú haces no es sobrevivir. Es maniobrar. Estratégicamente. Como alguien que ha visto este tablero antes.

La última frase flotó en el aire como una hoja de cuchillo. Serena sintió un escalofrío recorrer su columna. Este hombre veía demasiado.

—Todos tenemos secretos, Su Excelencia —dijo con voz firme—. Los míos no le harán daño a usted ni al imperio. Todo lo que hago es para proteger a mi familia. Solo eso.

Alejandro la contempló un momento más. Luego metió la mano en el interior de su abrigo y extrajo algo que brilló a la luz de los cirios.

Una medalla de oro.

Del tamaño de la palma de una mano, pesada, con un brillo cálido que no era ostentación sino calidad pura. En el anverso, la espada y el escudo cruzados de la casa Durán, grabados con una precisión exquisita. En el reverso, una inscripción en letras antiguas: «Bajo este escudo, ningún daño.»

—¿Sabe lo que es esto? —preguntó Alejandro.

Serena lo sabía. Todo el imperio lo sabía. La medalla personal de protección del Duque de Hielo. Solo existían tres en el mundo, forjadas el día que recibió su título. Quien la portara estaba bajo su amparo directo: su nombre, su ejército, su poder. Ni siquiera el Príncipe Heredero se atrevería a tocar a quien llevara esa medalla.

—No puedo aceptar esto —dijo, aunque cada fibra de su cuerpo quería cerrar los dedos alrededor del metal.

—No te estoy pidiendo que lo aceptes. Te lo estoy dando. —Colocó la medalla sobre la banca entre ambos—. Considéralo un... seguro. La partida que estás jugando tiene enemigos que aún no has visto. Si algo sale mal, esa medalla te mantendrá viva el tiempo suficiente para que yo intervenga.

Serena miró la medalla. Luego lo miró a él. Buscó alguna trampa, algún cálculo oculto detrás de esos ojos impenetrables. Solo encontró algo que, si hubiera sido cualquier otro hombre, habría llamado preocupación.

Tomó la medalla. Era más pesada de lo que esperaba, cálida como si hubiera estado contra su pecho.

—Gracias —dijo. Y lo dijo en serio.

Alejandro se puso de pie. La reunión, aparentemente, había terminado. Se ajustó el abrigo y se volvió hacia la puerta.

—Su Excelencia.

Él se detuvo.

—Tengo una petición. —La voz de Serena había cambiado. Ya no era la diplomática cuidadosa ni la estratega fría. Había algo crudo en ella, algo urgente que salía de un lugar profundo—. Necesito que encuentre a alguien.

Alejandro se volvió. La miró.

—Un hombre llamado Johann. Dice ser médico, pero en realidad es un alquimista. Practica artes oscuras.

—¿Qué artes oscuras?

Serena cerró los ojos. Y cuando los abrió, Alejandro vio algo que lo hizo fruncir el ceño por primera vez en toda la conversación.

Terror. Odio. Un terror y un odio tan profundos, tan antiguos, tan viscerales que no pertenecían a una muchacha de dieciocho años. Eran las emociones de alguien que ha vivido una pesadilla durante tanto tiempo que se ha convertido en parte de su anatomía.

—Intercambio de rostros —dijo Serena, y cada palabra le costó como si la arrancara de su propia carne—. Puede usar magia negra para tomar el rostro de una persona y colocarlo en otra. Robar la cara de alguien. Convertirla en otra persona.

El silencio que siguió fue tan absoluto que podía oírse el crepitar de las velas.

—Necesito papel y carboncillo —dijo Serena.

Alejandro no preguntó para qué. Sacó una libreta de cuero de su abrigo y un lápiz de grafito, y se los entregó.

Serena comenzó a dibujar.

Sus manos temblaban. Era la primera vez que Alejandro la veía temblar, y eso, más que cualquier palabra, le dijo la magnitud de lo que estaba presenciando. Pero a pesar del temblor, los trazos eran precisos, seguros, como si la imagen que dibujaba estuviera grabada a fuego en su memoria.

El retrato tomó forma bajo sus dedos. Un rostro de hombre: mejillas hundidas como las de un cadáver, ojos profundamente insertados en las cuencas, una nariz ganchuda que le daba aspecto de ave rapaz. Labios finos, pálidos, casi sin color, curvados en una sonrisa perpetua que no tenía nada de alegre. Y en la sien izquierda, una cicatriz irregular, como si alguien le hubiera arrojado ácido.

Serena se detuvo. Miró el retrato y algo cruzó su rostro: el reconocimiento visceral de una víctima ante su verdugo.

—Este es Johann —dijo—. He visto este rostro diez mil veces en mis pesadillas.

Alejandro tomó el retrato. Lo estudió con la meticulosidad de un general examinando el rostro de un enemigo.

—Lo encontraré —dijo. Simple. Seguro. Sin dramatismo, sin promesas grandilocuentes. Una declaración de hechos tan inevitable como el amanecer.

Se guardó el retrato en el interior del abrigo y caminó hacia la puerta. Ya tenía la mano en la manija cuando se detuvo, sin volverse.

—Serena Bridge. —Su voz resonó suave en la nave vacía—. El secreto que cargas es más pesado de lo que imaginé.

Y salió.

La puerta se cerró con un sonido que reverberó entre las paredes de piedra. Serena se quedó sola en la banca, sosteniendo la medalla de oro entre ambas manos. Estaba tibia. Sólida. Real.

—Johann —susurró al silencio de la iglesia, y su voz era una promesa y una sentencia al mismo tiempo—. En esta vida, no escaparás.

Las velas parpadearon como si el nombre hubiera perturbado el aire.

* * *

Fuera de la iglesia, Marcus esperaba junto al carruaje. Alejandro subió sin decir palabra, pero antes de cerrar la puerta, Marcus habló:

—Señor... ¿cree en lo que dijo? ¿La magia de intercambio de rostros?

Alejandro no respondió de inmediato. Miró por la ventanilla del carruaje hacia el campanario de la iglesia, donde una paloma blanca acababa de posarse.

—No me importa si la magia es real o no —dijo finalmente—. Lo que me importa es que esa mujer tenía diez años de miedo en los ojos cuando habló.

Marcus frunció el ceño.

—Pero, señor... tiene dieciocho años. ¿Cómo puede una mujer de dieciocho años tener diez años de miedo en la mirada?

Alejandro no respondió. Se reclinó en el asiento y cerró los ojos, y Marcus entendió que la conversación había terminado.

El carruaje se puso en marcha. Las campanas de la Iglesia de la Paloma Blanca comenzaron a sonar en el crepúsculo que se espesaba, lentas y graves, como si contaran los latidos de un corazón que cargaba demasiados recuerdos para un solo cuerpo.

En el banco bajo el tilo, Bianca esperaba. Cuando Serena salió de la iglesia, su señora llevaba algo dorado apretado contra el pecho y una expresión que Bianca no supo descifrar: mitad alivio, mitad furia, y debajo de todo, algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.

—¿Todo bien, señora?

Serena miró hacia el oeste, donde el sol se hundía en un mar de nubes color sangre.

—Mejor que bien, Bianca. —Abrió la palma y le mostró la medalla—. Ahora tenemos un escudo.

Pero sus ojos no miraban la medalla. Miraban más allá del horizonte, hacia algún lugar que solo ella podía ver, donde un hombre de rostro cadavérico y sonrisa vacía practicaba su arte maldito sin saber que la cacería había comenzado.

Las campanas seguían sonando cuando el carruaje de Serena desapareció entre las calles del crepúsculo.

1
Luz Maritza Rodriguez Pinilla
hermosa historia felicitaciones
Rosalia Sorman
buena
Yuri Zamira Gonzalez Castaño
buena novela me gustó mucho
Margarita Manrique
como se dice ,ti Lin ti Lin y nada de paletas,tan presumidos y orgullosos y no tienen en qué caer muertos . Son unos mantenidos
Estrella Guadalupe Martinez Vera
que bello tuvo sus tres retoños en esta vida encontró la felicidad que le fue negada en la otra 🥰🥰🥰🥰
Estrella Guadalupe Martinez Vera
👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼 que bonito tuvo sus tres retoños encontró la felicidad que en la anterior vida le fue negada bello final 🥰🥰🥰🥰🥰🥰 solo una observación de buena fe tus historias son muy buenas pero conforme avanza cambias algunas cosas y eso confunde un poco de ahí en fuera excelente 👍🏼
Estrella Guadalupe Martinez Vera
reencarnó 😮😮😮😮😮 eso no lo esperaba
Estrella Guadalupe Martinez Vera
bueno si Charlotte no fue mala aunque me sorprendió que por debajo del agua turbia ayudaba a Serena
Estrella Guadalupe Martinez Vera
👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼 hermosa boda dos almas que sufrieron ahora juntas con mucho amor
y me preguntó que paso con el principe de Jade Leandro hermano del rey desaparecio
Estrella Guadalupe Martinez Vera
cómo dijo su hermano por fin Serena podrá ser feliz 🥰🥰🥰🥰
Estrella Guadalupe Martinez Vera
por fin puede respirar paz en su alma y corazón los que le hicieron daño ya están acabados ahora seguir adelante un mejor presente y un buen futuro por venir 🥰🥰🥰🥰
Estrella Guadalupe Martinez Vera
Johan pudo haber sido un buen alquimista pero se fue por el lado equivocado 🫤
Estrella Guadalupe Martinez Vera
hay por fin ya cayó esa maldita arpia que debió ser encerrada por asesinar a su progenitora y luego a los tíos de Serena 🤬🤬🤬ya se terminó Isabella es tu fin
Estrella Guadalupe Martinez Vera
y la arpía de Isabella aún no ha hecho movimiento oh ya se rindió 🤔 el marquesado ya ha de estar en ruina total ya no tienen como sostenerse verdad?
Estrella Guadalupe Martinez Vera
ahora entiendo por qué la rebelión oculta y el odio del principe al duque
Estrella Guadalupe Martinez Vera
🥰🥰🥰🥰🥰
Estrella Guadalupe Martinez Vera
me d gusto que ya tiene su libertad y en qué momento murió la mama según estaba bien no 🤔
Estrella Guadalupe Martinez Vera
bueno es libre y va estar lejos de la bruja de Isabella así le sera más difícil realizar ese hechizo
Estrella Guadalupe Martinez Vera
pues no ya la tenía vigilada 🤔🤔🤔 después de que la azotaron nuevamente
Estrella Guadalupe Martinez Vera
Espero que Serena este preparada y no que según el duque de hielo buscaría a ese we 🤔 todo lo tiene que resolver Serena 🤔
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