Me obligaron a casarme con el duque más frío del Imperio.
Lo juré odiar… hasta que empezó a protegerme.
Un omega orgulloso, un alfa distante y un matrimonio que podría convertirse en amor.
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Capítulo 12 La orden que no pregunta
La carta llegó sellada con el emblema del Imperio.
No fue anunciada con solemnidad. Llegó en manos de un mensajero cansado, con el polvo del camino aún pegado a las botas. El lacre rojo brillaba demasiado en el gris del pasillo. Caelan supo lo que era antes de que Blaise la abriera. El norte no recibía cartas imperiales sin pagar un precio.
Blaise leyó en silencio. Sus ojos grises se endurecieron apenas, no por sorpresa, sino por reconocimiento. Como quien ve llegar una tormenta que ya había olido en el aire.
—Es oficial —dijo al fin—. El Imperio exige que el matrimonio se celebre en el plazo de dos semanas.
Dos semanas. No una invitación. No una negociación. Un plazo.
Caelan sintió la presión en el pecho, esa mezcla de rabia y lucidez que le aparecía cuando el mundo decidía por él.
—¿Exige? —repitió—. Qué palabra tan elegante para “ordena”.
—Para la capital, la estabilidad del norte necesita una imagen clara —respondió Blaise—. Un duque casado, un lazo sellado. Menos rumores. Más control.
—¿Control de quién? —preguntó Caelan—. ¿De usted o de mí?
Blaise no esquivó la mirada.
—De ambos.
El silencio se estiró entre ellos. No era el silencio del desacuerdo, sino el de dos personas que reconocen que, esta vez, el margen de maniobra es estrecho.
—No voy a fingir gratitud —dijo Caelan—. Ni voy a sonreír para que la capital se sienta tranquila.
—No se lo pediré —respondió Blaise—. Y no voy a exigirle intimidad por el simple hecho de que una carta lo ordene.
Caelan sostuvo su mirada, midiendo si esa promesa seguía en pie cuando el peso se volvía real.
—Las promesas se ponen a prueba cuando conviene romperlas —dijo.
—Lo sé —respondió Blaise—. Por eso la hice antes de que conviniera.
No hubo alivio. Hubo un acuerdo incómodo, frágil, que se sostenía más por elección que por confianza.
Los preparativos comenzaron de inmediato.
No con flores ni música, sino con listas. Invitados. Protocolo. Ceremonia sobria, “digna del norte”. La nobleza se movió como si el matrimonio fuera un trámite pendiente, una pieza que por fin encajaba en el tablero. Caelan caminó entre telas y medidores sin dejar que nadie decidiera por él.
—No quiero encajes que me hagan ver dócil —dijo a la modista—. Quiero algo simple.
—Los omegas nobles suelen preferir…
—Yo no “suelo” —interrumpió Caelan—. Yo decido.
La mujer asintió, incómoda. Aprendían a no tratarlo como una figura decorativa. No siempre lo lograban.
En los pasillos, los murmullos crecieron. “Se casa para asegurar el ducado”. “El omega del sur trae inestabilidad”. “El duque se deja influir”. Caelan escuchaba sin responder. No por debilidad, sino porque elegir cada batalla también era una forma de dignidad.
Esa tarde, en la galería que daba al patio, Blaise lo alcanzó.
—No tiene que enfrentar esto solo —dijo.
—No me ofrezca compañía como consuelo —respondió Caelan—. Ofrezca silencio cuando lo necesite.
Blaise aceptó el límite con un gesto breve.
—Entonces caminaré a su lado sin hacer ruido.
Caminaron. No de la mano. No como una pareja. Como dos personas que comparten un destino impuesto y se niegan a dejar que los definan por completo.
En la noche, Caelan no pudo dormir. El peso de la ceremonia se le metía en los huesos como el frío. Pensó en su familia, en el sur, en la forma en que el Imperio convertía vínculos en símbolos. Pensó en la promesa de Blaise, tan mínima en apariencia, tan enorme en un mundo que esperaba obediencia del omega.
—No soy una moneda —murmuró al vacío.
El golpe en la puerta fue suave.
Blaise se quedó en el umbral, sin invadir el espacio.
—No vine a discutir el protocolo —dijo—. Vine a decirle algo que no cabe en las listas.
Caelan cruzó los brazos.
—No soy bueno recibiendo discursos a medianoche.
—Tampoco soy bueno dándolos —respondió Blaise—. Pero necesito que sepa esto: no voy a usar el matrimonio para silenciarlo. Si su voz incomoda a la nobleza, que incomode. No voy a pedirle que se haga pequeño para que yo parezca grande.
Caelan sintió el pinchazo de algo que no quería nombrar.
—No me haga promesas que la corte le va a cobrar.
—Que me las cobre —dijo Blaise—. Ya estoy pagando por otras decisiones.
Se miraron. No había ternura fácil. Había respeto en construcción.
—No me toque —dijo Caelan, con honestidad—. No hoy.
—No lo haré —respondió Blaise—. No hoy. No mañana. No nunca, si no lo elige usted.
El silencio se volvió respirable.
Al día siguiente, la capital envió un segundo mensaje: la ceremonia sería pública. “Para tranquilizar al Imperio”. La palabra tranquilizar volvió a sonar como controlar.
En el patio, la nobleza se reunió. Caelan caminó hasta el centro sin bajar la cabeza.
—No voy a fingir alegría para ustedes —dijo, sin alzar la voz—. Pero tampoco voy a fingir vergüenza por casarme. No me miren como una concesión. Mírenme como alguien que no se deja domesticar por el protocolo.
Hubo un murmullo. Algunos desviaron la mirada. Otros lo observaron con una mezcla de incomodidad y respeto.
Blaise dio un paso al frente.
—La ceremonia será sobria. No un espectáculo. Y no toleraré comentarios que reduzcan a mi futuro esposo a un símbolo vacío.
El posicionamiento fue claro. No romántico. Político. Y, aun así, valioso.
Esa noche, Caelan se quedó mirando las luces del ducado. No se sentía preparado. Tampoco dispuesto a romperse para encajar.
El matrimonio se acercaba como una marea.
Y él, por primera vez, no iba a dejar que lo arrastrara sin plantarse.