Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 20: El fantasma del pasado
La búsqueda de Sofía Mendizábal comenzó esa misma noche.
Valeria no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la oficina de Alejandro, sentía su mano fría en la mejilla, escuchaba su voz suave prometiendo posesión. Así que se sentó frente a la vieja computadora de su madre, en la esquina de la sala que servía como "oficina" doméstica, y empezó a cavar.
Las redes sociales fueron el primer paso. Pero no encontró nada bajo ese nombre. No había perfiles, no había fotos, no había rastros digitales de una mujer que había estado en el centro de la sociedad hacía quince años. Era como si Sofía Mendizábal hubiera sido borrada de la faz de la tierra, eliminada no solo de las revistas, sino de la historia misma.
—¿Qué buscas tan tarde?
La voz de su madre la sobresaltó. Elena estaba en el umbral de la sala, con una bata vieja y el pelo suelto, mostrando las canas que solía teñir. Ojeras profundas marcaban su rostro, evidencia de las noches sin dormir desde que Valeria le contó la verdad.
—Un fantasma —respondió Valeria, frotándose los ojos cansados—. Una mujer que estuvo prometida a Alejandro hace varios años. Desapareció. Sin dejar rastro.
Elena se acercó, leyendo por encima del hombro de su hija.
—¿Desapareció? ¿Como...?
—Como yo podría haber desaparecido. Si no hubiera vuelto.
—¿Crees que él...?
—No lo sé. Pero necesito averiguarlo. Si Sofía está viva, si puede hablar, entonces tiene una historia. Y esa historia podría ser la clave para destruirlo.
Elena se quedó en silencio durante un largo momento. Luego, se sentó en la silla junto a su hija.
—Hay personas que saben cosas —dijo, con una voz baja y cuidadosa—. Personas que trabajaron en esas casas grandes, que sirvieron en esas fiestas, que vieron cosas que no debían ver. Tu abuela, mi madre, trabajó años en casas de familias ricas cuando era joven. Ella conocía los secretos que las señoras guardaban bajo llave. Antes de morir, me contó historias. Historias de señoras que "se iban" de repente, de hijas que "viajaban al extranjero" y nunca volvían, de escándalos enterrados con dinero.
—¿Crees que alguien pueda recordar a Sofía?
—No lo sé. Pero puedo preguntar. Tengo amigas que todavía trabajan en esos círculos. Empleadas domésticas, cocineras, niñeras. Ellos ven todo, Valeria. Y hablan entre ellos. Si algo le pasó a esa chica, alguien lo sabe. Alguien lo vio.
Valeria miró a su madre, encontrando en sus ojos una determinación que le recordó de dónde venía su propia fuerza.
—Gracias, mamá.
—No me des las gracias todavía. Solo prométeme que tendrás cuidado. Alejandro es peligroso, sí. Pero las personas que saben secretos también pueden serlo. No todos quieren que la verdad salga a la luz.
—Lo sé. Prometo ser cuidadosa.
Mientras su madre regresaba a la cama, Valeria siguió buscando. Cambió de táctica. En lugar de buscar a Sofía directamente, empezó a buscar a los Mendizábal. Encontró una referencia antigua: "Familia Mendizábal, embajador y esposa, regresan a Europa tras misión diplomática". La fecha coincidía con la desaparición de Sofía de la vida pública.
¿Se la habían llevado? ¿La habían escondido?
¿O había ocurrido algo peor?
Un nombre apareció en un registro civil antiguo, en una página digitalizada mal escaneada: "Sofía Mendizábal, ingreso hospitalario, Clínica San Juan, fechas: tres meses después del evento benéfico del museo".
El corazón de Valeria se aceleró. Un ingreso hospitalario. Tres meses después de aparecer por última vez en público con Alejandro.
¿Qué había pasado en esos tres meses?
La Clínica San Juan era un centro psiquiátrico privado, conocido por atender a pacientes de familias adineradas que querían "descansar" lejos de las miradas públicas. Un lugar donde se enviaba a personas problemáticas, a esposas inconvenientes, a hijos rebeldes.
¿Había mandado Alejandro a Sofía allí? ¿Por qué?
Valeria apuntó el nombre de la clínica en su cuaderno. Tenía una nueva pista. Un nuevo camino que explorar.
Y por primera vez en días, sintió una chispa de esperanza.