Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
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El Ritmo del Corazón y el Aroma del Peligro
Eleanor Bianchi
El aire en los establos de la mansión Bianchi era pesado, cargado con el olor a heno seco, cuero viejo y ese rastro almizclado y eléctrico que solo las criaturas del inframundo desprenden. Frente a mí, resoplando con una impaciencia que rozaba el desprecio, se alzaba un Kraptos.
Era, en esencia, la versión de este mundo de un caballo pura sangre, pero cualquier parecido con la Tierra terminaba en su silueta. Su pelaje era de un azul tan oscuro que parecía negro, brillante como el aceite, y de las comisuras de su boca no colgaban briznas de pasto, sino cuatro tentáculos delgados y prensiles que se agitaban buscando algo que atrapar. Sus ojos eran orbes amarillos sin pupilas que parecían leer mis miedos más profundos.
— Vamos, bonito... solo quiero subir —susurré, extendiendo una mano temblorosa.
El Kraptos soltó un relincho que sonó más como un rugido sordo y, con un movimiento brusco de su cabeza, me empujó. No fue un golpe violento, pero sí lo suficientemente firme como para enviarme de espaldas directamente al suelo lleno de paja.
Un estallido de carcajadas retumbó en las paredes de madera del establo.
— ¡Por los dioses, Eleanor! —Perseo estaba doblado a la mitad, apoyado contra uno de los postes, limpiándose una lágrima de risa—. Si los Alfeos te vieran ahora, se morirían de risa antes de que sacaras la espada. ¡El gran terror de los Bianchi derrotado por un potrillo testarudo!
— ¡No es gracioso, Perseo! —exclamé, sacudiéndome la paja del pantalón de cuero mientras me ponía en pie—. Este bicho es imposible. Me odia.
A mi lado, Paipper se acercó a toda prisa, con las orejas bajas y una expresión de angustia absoluta. Sus manos pequeñas y vendadas revolotearon sobre mi ropa, tratando de limpiarme el polvo con una urgencia casi maternal.
— ¿Está bien, ama? ¿Se lastimó? ¿Quiere que le traiga un tónico? Ese animal es demasiado rudo, deberíamos llamar a los mozos de cuadra para que lo domen adecuadamente —decía Paipper, su voz temblando cada vez que mis pies tocaban el piso tras una caída.
— Estoy bien, Paipper, de verdad. Solo es mi orgullo el que está magullado —le aseguré, dándole una palmadita en el hombro para calmarlo.
Me giré de nuevo hacia el Kraptos. Me sentía frustrada. En mi mundo —en el mundo de Amelia Hart—, montar a caballo era algo que veía en las películas de época mientras comía helado en el sofá. Aquí, era una necesidad de supervivencia. Si no podía dominar a una montura, ¿cómo pretendía liderar una rebelión contra mi propia familia?
— Es imposible, muchachos. No puedo —dije, dejando caer los hombros—. Soy demasiado... humana para esto. O quizás simplemente no soy la Eleanor que él recuerda.
Perseo dejó de reírse y caminó hacia mí. Su presencia, ahora que había aceptado a su bestia, se sentía mucho más sólida, más centrada. Me puso una mano pesada en el hombro y miró al animal.
— El problema no es que seas humana o demonio, Eleanor —dijo Perseo con una seriedad que me hizo prestar atención—. Es que intentas dominarlo como si fuera un objeto. Sientes que debes poseerlo, que por ser tu "propiedad" debe obedecerte ciegamente.
— Es lo que se supone que hacen los Bianchi, ¿no? —respondí con amargura.
— Mira —continuó él, ignorando mi comentario—. Si a mí me gusta algún objeto, lo tomo porque me gusta y ya. Pero cuando hay otra vida del otro lado del vínculo, no puedo simplemente tomarla... al menos no si quiero que sea real. Ella debe querer entregarse. Así funciona el inframundo, aunque tu madre y tu hermana lo hayan olvidado.
Perseo señaló al Kraptos, que ahora agitaba sus tentáculos con menos agresividad, observándonos.
— Siente al animal, Amelia —pronunció mi verdadero nombre en un susurro, asegurándose de que los mozos no escucharan—. Siente su respiración, el ritmo de sus latidos. No pienses en qué quieres que haga él; piensa en qué son ustedes dos juntos. Únete a él en sincronía. Si tu corazón late al mismo tiempo que el suyo, el miedo desaparece.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Cerré los ojos y respiré hondo, dejando de lado la urgencia de "aprender" y permitiéndome simplemente "estar". Me acerqué al Kraptos de nuevo, pero esta vez no estiré la mano. Me quedé a unos centímetros de su cuello, sintiendo el calor que emanaba de su piel.
Podía oírlo. Un bum-bum rítmico y potente que hacía vibrar el aire. Empecé a acompasar mi propia respiración con la suya. Inhalar cuando sus costillas se expandían, exhalar cuando soltaba ese vapor azulado por la nariz. Lentamente, la hostilidad en el ambiente se disolvió. El Kraptos bajó la cabeza y, por primera vez, uno de sus tentáculos rozó mi mejilla con una delicadeza asombrosa. Era frío y suave, como la seda húmeda.
Sin decir palabra, puse un pie en el estribo y me impulsé. Esta vez, no hubo empujones ni relinchos de protesta. Me senté en la montura y el animal se mantuvo firme como una roca.
— Eso es... —susurró Perseo con una sonrisa de orgullo.
— ¡Lo logré! —grité, pero el Kraptos no esperó a mis celebraciones.
Con un movimiento explosivo, salió disparado del establo hacia los campos abiertos de la mansión. El tirón inicial casi me descabalga, pero recordé las palabras de Perseo: sincronía. Me incliné sobre su cuello, aferrándome a las crines gruesas y dejando que el viento me azotara el rostro. Corría tan veloz que el paisaje se convertía en un borrón de colores oscuros y luces fatuas. Era aterrador, sí, pero también era la experiencia más liberadora de mi vida. Por un momento, no era una impostora, no era una duquesa odiada, ni una escritora frustrada. Era parte de algo salvaje y poderoso.
Dimos dos vueltas completas al perímetro antes de regresar al establo. El Kraptos se detuvo con una elegancia impecable, resoplando con satisfacción. Desmonté de un salto, con la adrenalina todavía quemándome las venas y las mejillas encendidas.
— ¡Fue increíble! —exclamé, corriendo hacia Perseo.
En un arrebato de pura emoción, me lancé a sus brazos. Perseo, sorprendido pero divertido, me tomó por la cintura y me hizo girar por los aires mientras yo reía como no lo había hecho en años. Por un segundo, el peso del mundo desapareció.
— ¡Sabía que podías, pequeña Amelia! —exclamó él mientras me bajaba.
Pero la alegría se cortó como con un hacha.
— Una escena conmovedora —dijo una voz arrastrada, cargada de ese sarcasmo que conocía demasiado bien—. Casi olvido que estamos en el inframundo y no en una novela barata de romance campestre.
Me tensé y me giré. Allí, apoyado contra la entrada del establo, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la irritación y algo que no supe identificar, estaba Gio. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad peligrosa bajo la luz del atardecer.
Perseo dio un paso atrás, recuperando su postura profesional, y Paipper se encogió de hombros, volviendo a su papel de sombra silenciosa.
— Debemos hablar, "Ama" —dijo Gio, enfatizando la última palabra con una arrogancia que me hizo apretar los puños de inmediato.
— ¿No puede esperar? —respondí, tratando de recuperar el aliento—. Acabo de tener mi primera victoria en este lugar.
— No, no puede esperar —sentenció el rey, caminando hacia mí. Su presencia borró instantáneamente la calidez que Perseo había creado. Se detuvo a pocos centímetros de mí, obligándome a mirar hacia arriba—. Lo que tengo que decirte hace que tu pequeño paseo a caballo parezca un juego de niños. El tiempo de las risas se acabó, Eleanor.
Miré a Perseo y a Paipper; ambos asintieron, entendiendo que cuando el Rey del Inframundo hablaba con ese tono, el destino de todos estaba en juego.
— Está bien, Gio —dije, tratando de mantener la dignidad a pesar de la paja que todavía tenía en el pelo—. Habla. ¿Qué noticias traes de tu "santuario"?
Él me miró fijamente, y por un segundo vi un rastro de duda en su mirada milenaria.
— Odette estuvo en mi casa —soltó sin preámbulos—. Y no vino a tomar el té. El golpe de estado no es un plan lejano. Está sucediendo. La reina tiene los días contados, y si no nos movemos ahora, tú serás la próxima en la lista de ejecuciones de tu propia hermana.
El frío regresó a mi cuerpo, más intenso que cualquier viento del desierto. El juego había terminado. La realidad me reclamaba de nuevo.