Perdí cinco años de mi vida en una prisión de máxima seguridad, acusada de un crimen que jamás cometí. Me arrebataron mi libertad, mi nombre y mi futuro... pero no pudieron romperme. Hoy he vuelto. Aquellos que conspiraron para hundirme, que sonrieron mientras me juzgaban, pagarán cada día de mi encierro. No vengo a pedir justicia; vengo a cobrar la deuda. Me llamo Esther Vane, y su pesadilla acaba de comenzar.
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Capítulo XI La desesperación de los cómplices
Punto de vista de Victoria
—¡Déjame, Gabriel! ¡No me toques! —chisté en un susurro furioso, zafándome de su agarre en cuanto cruzamos el pasillo que llevaba hacia la terraza interior.
Bebí de un trago el resto de la champaña que llevaba en la copa y la dejé caer sobre una mesa auxiliar con un golpe seco que estuvo a punto de romper el cristal. Sentía que el pecho me iba a reventar; la cabeza me retumbaba con una fuerza insoportable en el mismo punto donde conservaba la cicatriz.
—¿Te volviste loca? —exigió Gabriel, tomándome con brusquedad del antebrazo y arrastrándome detrás de las grandes columnas de la balaustrada—. Todo el mundo nos está mirando. ¡Compórtate!
—¿Que me comporte? —repetí con una risa amarga y descontrolada—. ¡Esa muerta de hambre está allá adentro caminando con las esmeraldas de la familia Vane! ¡Se casó con Felipe, Gabriel! ¿Tienes idea de lo que eso significa?
—¡Sé perfectamente lo que significa! —siseó él, apretando los dientes y mirando a ambos lados para asegurarse de que no hubiera invitados cerca—. Significa que Vane descubrió algo y que la usó para meterse en nuestro camino. Pero no podemos perder la cabeza ahora.
—¡Tú me dijiste que ella se pudriría en la cárcel! —le reclamé, clavándole las uñas en el saco mientras las lágrimas de rabia y miedo se me agolpaban en los ojos—. Me juraste que tu padre y el juez habían cerrado ese caso para siempre. ¿Cómo demonios salió absuelta? ¡Dímelo!
—¡No lo sé, carajo! —gritó Gabriel en un susurro violento, apartando mis manos de un empujón—. Algo tuvo que haber hecho Vane. Ese maldito abogado tiene contactos en la Corte Suprema. Debió haber revisado el expediente y encontrado las fallas del juicio.
De pronto, un movimiento en el balcón este llamó mi atención.
Me quedé helada. A través del marco de cristal que daba al jardín, la penumbra de la noche dejaba ver con claridad dos siluetas recortadas contra la luz de los faroles.
Eran ellos.
Felipe sostenía a Esther por la cintura mientras ella tenía la mano apoyada en su pecho. Se estaban besando con una pasión y una devoción que me revolvieron el estómago de pura envidia y terror. No era un acuerdo de negocios; no se veían como dos personas ejecutando un plan frío. Se veían como una pareja consolidada, blindada por el poder de los Vane.
—Mira eso... —murmuré, sintiendo que la sangre se me congelaba en las venas—. Míralos, Gabriel.
Gabriel giró la cabeza hacia donde yo señalaba. Al ver la escena del beso, el rostro de mi prometido se transformó por completo. Sus mandíbulas se apretaron hasta marcar los músculos del cuello y sus puños se cerraron con una rabia contenida que no pudo disimular.
En sus ojos no solo había miedo; había una posesividad enferma que me dio ganas de vomitar. A pesar de los años, a pesar de habernos comprometido y de haber armado todo este montaje para salvar su reputación, la visión de Esther en brazos de otro hombre lo estaba destruyendo por dentro.
—Maldita sea... —masculló Gabriel, con la mirada clavada en la pareja sin poder apartarla.
—Le tienes ganas —solté con veneno, dándome cuenta de la horrible realidad—. Todavía deseas a esa infeliz, ¿verdad? Después de todo lo que nos jugamos esa noche, ¡Sigues mirándola como un perro hambriento!
—¡Cállate, Victoria! —se giró hacia mí con los ojos encendidos en ira—. Esto no se trata de deseo, se trata de supervivencia. Si Esther habla y Felipe Vane presenta las pruebas ajustadas en el tribunal, tú y yo vamos a terminar en la cárcel. Mi padre nos va a desheredar y la empresa de mi familia se irá a la quiebra.
—¡Tú fuiste el que intentó abusar de ella esa noche! —le recordé en un chillido ahogado, encarándolo—. ¡Tú provocaste que ella me empujara! Yo fui la que casi se muere por el golpe en la cabeza y fui yo la que tuvo que mentirle a la policía para salvarte el cuello a ti. Si caigo yo, Gabriel, te juro por Dios que no me iré sola.
Gabriel se acercó a mí tanto que pude sentir su respiración agitada. Su mirada era pura amenaza.
—Si no te tranquilizas y juegas esto con inteligencia, nos van a destruir a los dos —dijo con voz grave y peligrosa—. Vane cree que tiene todas las de ganar porque sacó a Esther de prisión, pero no sabe con quién se está metiendo. Mañana mismo voy a hablar con mi padre. Vamos a mover las influencias que nos quedan antes de que ellos den el siguiente paso.
Miré de reojo una última vez hacia el balcón. Felipe y Esther se separaban lentamente, mirándose a los ojos con una complicidad que me erizó la piel.
El peligro ya no era una amenaza lejana; estaba instalado en nuestra casa, vestido de esmeraldas y firmado en un acta de matrimonio. Y si no actuábamos rápido, esa farsa hermosa nos iba a enterrar a todos.
Si escarban el pasado encontrarán más pruebas de la que no imagina Felipe con la muerte de Melisa.
Veremos con que artimañas salen los Linares 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
ojalá Felipe vea venir este golpe y Erika abre los ojos tu marca de ropa está por desaparecer de tus manos