Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 7
El trayecto de regreso a la mansión Moretti se convirtió en una procesión fúnebre dentro de los asientos de cuero negro de la camioneta blindada. Marcos no pronunció una sola palabra en todo el camino. Viajaba en el asiento delantero, rígido como una estatua de hierro, con las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos, intentando contener un remolino invisible de culpa, negación y pánico que se respiraba en el ambiente denso del vehículo. De vez en cuando, sus ojos oscuros se desviaban hacia el espejo retrovisor para buscar mi reflejo, pero yo permanecía recostada contra la ventanilla, con la mirada perdida en las luces borrosas de la ciudad que desfilaban bajo la llovizna.
Cada bache en el pavimento era una puñalada directa en mi vientre herido, un recordatorio físico y brutal de que el latido diminuto que había albergado sin saberlo se había extinguido para siempre. Pero por fuera, mi rostro era una máscara perfecta de mármol. Había llorado todas las lágrimas que mi cuerpo podía producir en la fría y estéril habitación del hospital. Ahora, el dolor se había cristalizado, convirtiéndose en un veneno denso y frío que recorría cada una de mis venas.
Cuando la camioneta se detuvo frente a las enormes puertas de hierro forjado de la mansión, Marcos descendió a prisa y abrió mi puerta con una torpeza inusual en él, extendiendo una mano grande y cálida para ayudarme a bajar.
—Elara... déjame ayudarte a subir a la habitación... —murmuró su voz, ronca y quebrada por un peso que apenas lograba sostener.
Aparté mi brazo con un movimiento seco, esquivando su contacto como si su piel estuviera maldita. Me puse de pie por mi propia cuenta, apretando los dientes para disimular la punzada aguda que me desgarraba el abdomen, y lo miré con una fijeza tan helada que hizo que él retrocediera un paso, con los labios entreabiertos y la culpa reflejada en el fondo de sus pupilas.
—No necesito tu ayuda, Marcos —le susurré con una calma aterradora, una voz suave que cortaba como el filo de una navaja—. Guarda tus atenciones para quien las quiera. Yo puedo caminar sola.
Y lo hice. Cruzué el umbral de la entrada principal con la espalda recta, conteniendo el dolor físico con una fuerza de voluntad nacida del odio puro. La mansión olía a los mismos lirios y a la misma cera de siempre, pero para mí ya no era un hogar; era la tumba de mi hijo y el escenario donde se ejecutaría mi venganza.
Sin embargo, la aparente paz de la casa se desvaneció apenas puse un pie en el recibidor principal. Unos gritos histéricos, acompañados por el sonido inconfundible de porcelana rompiéndose contra el suelo, provenían del salón este.
—¡¿Cómo que no se puede cancelar?! ¡¿Están locos o qué les pasa?! —chillaba la voz estridente y fuera de sí de Mía—. ¡Ese hombre está loco! ¡Es un enfermo, un carnicero! ¡No me voy a casar con él! ¡Prefiero morirme antes de pisar su maldita casa!
Fruncí el ceño, sintiendo una curiosidad fría. Avancé por el pasillo a paso lento, empujando ligeramente la puerta doble del salón.
Mía estaba desatada. Llevaba el cabello revuelto, el maquillaje corrido por las lágrimas de rabieta y las manos temblorosas mientras sostenía un teléfono móvil contra su pecho. Frente a ella, de pie y con los brazos cruzados, uno de los abogados y asesores de confianza de la familia intentaba calmarla sin éxito.
En cuanto Marcos entró al salón detrás de mí, Mía corrió hacia él como si fuera su tabla de salvación, aferrándose a las solapas de su traje y sacudiéndolo con desesperación mientras sollozaba de forma aparatosa.
—¡Marcos! ¡Tienes que hacer algo! ¡Por favor, sálvame de esto! —gorjeaba Mía, ahogándose en su propio llanto histérico—. ¡El enlace... el contrato con el Don Alejandro! ¡Los tíos acaban de confirmar que no hay marcha atrás! Dicen que la alianza principal debe cumplirse tal como se firmó originalmente, y que como yo soy la otra hija de la familia, la novia asignada en el acuerdo secreto de los capos soy yo... ¡Me tengo que casar con él! ¡Con ese monstruo sanguinario del que todos huyen! ¡Diles que no lo haré!
Me detuve en el umbral de la puerta, sintiendo que una sonrisa siniestra y silenciosa amenazaba con dibujarse en la comisura de mis labios. El destino, con una ironía poética y cruel, estaba empezando a mover las piezas exactamente como yo lo necesitaba.
Hace apenas unos días, Mía había llorado y manipulado todo para robarme la boda con Marcos, empujándome al abismo y creyendo que había asegurado su lugar en la cima de los lujos y el poder de los Moretti. Ahora, el monstruo al que tanto temía —el hombre más temido y despiadado del bajo mundo, el mismísimo Don Alejandro— reclamaba su parte del trato, y el miedo real comenzaba a devorarla por dentro.
Marcos, con el rostro aún pálido y demacrado por la noticia de la pérdida de nuestro hijo, intentó apartar los brazos de Mía con fastidio, sintiendo que la situación se le escapaba por completo de las manos.
—Basta, Mía, cálmate y deja de gritar —exigió Marcos con voz áspera, frotándose las sienes con frustración—. Los acuerdos entre los capos no son un juego de niños. Si los ancianos firmaron que una de las hijas de la casa sellaría la alianza con el Don Alejandro, tiene que cumplirse, o habrá una guerra abierta que destruirá lo poco que nos queda.
—¡Pues que se case Elara! —chilló Mía señalándome con un dedo tembloroso, con los ojos desorbitados por el pánico—. ¡Ella es la mayor! ¡Que se case ella con el maldito Don! ¡A mí déjame en paz!
El silencio se apoderó de la habitación de golpe. El abogado bajó la vista incómodo, y Marcos giró lentamente la cabeza hacia mí, con una expresión de desconcierto y culpa cruzando su rostro magullado por los acontecimientos del día. Sabía perfectamente que el compromiso original estaba destinado para mí antes de que Mía y él comenzaran su juego sucio de usurpación.
Di un paso al frente, entrando por completo al salón. Mis pasos resonaron con una seguridad milimétrica sobre el parqué. Ya no quedaba rastro de la mujer sumisa y quebrada que había abandonado esa casa días atrás; la máscara de la cordura y la frialdad se había asentado perfectamente sobre mi piel.
—¿Casarme yo con el Don Alejandro, Mía? —pregunté con una voz suave, gélida y cargada de una ironía tan filosa que hizo que Mía diera un paso atrás, asustada por el tono de mis palabras—. Qué gracioso eres al sugerirlo ahora... cuando te pasaste semanas enteras peleando por acaparar toda la atención de la casa y celebrando que los destinos cambiaran a tu favor.
—¡Tú cállate! ¡Tú no entiendes nada! —gimió Mía, apretándose las manos con desesperación—. ¡Ese hombre decapita a sus enemigos! ¡Dicen que baña sus manos en sangre y que no tiene piedad con nadie! ¡No quiero ser su esposa! ¡Quiero casarme contigo, Marcos! ¡Dile que me proteja!
Marcos miró a Mía con una mezcla de fastidio y una profunda fatiga mental. La imagen de la dulce e indefensa joven que solía justificar ante mí se estaba desmoronando frente a sus ojos, revelando a una mujer egoísta, cobarde y superficial que solo buscaba privilegios cuando las aguas estaban calmas, pero que huía despavorida ante la primera señal de verdadero peligro.
—El contrato estipula claramente que la alianza se sella con la hija de la casa que esté disponible y soltera para el momento de la ceremonia principal —intervino el abogado de la familia con voz temblorosa, ajustándose los papeles en las manos—. Y dado que la señorita Mía figura en los anexos recientes como la prometida oficial asignada por los patriarcas para ese bloque del tratado... no hay forma legal ni mafiosa de revertirlo sin desatar una masacre.
Mía soltó un grito ahogado y se dejó caer de rodillas sobre la alfombra persa, rompiendo en un llanto histérico y patético, golpeando el suelo con las palmas de las manos mientras maldecía su suerte.
Yo me mantuve de pie frente a ellos, observando el espectáculo con una superioridad absoluta. El dolor sordo en mi vientre seguía allí, recordándome lo que había perdido, pero ese mismo dolor alimentaba la llama helada de mi venganza. La partida estaba servida en bandeja de plata. Mía estaba atrapada en la jaula de oro que ella misma había ayudado a construir, condenada a casarse con el líder más temido y despiadado de la mafia. Y Marcos, arruinado por la culpa, con su imperio tambaleándose y su familia fracturada, no tenía el poder para salvarla.
Aquel anochecer, mientras me encerraba en mi habitación y me negaba a dejar entrar a Marcos —quien se quedó parado durante horas frente a mi puerta en silencio, golpeado por su propia miseria—, comprendí que la pesadilla apenas comenzaba para ellos. Yo ya no tenía nada que perder, lo que me convertía en el ser más peligroso de esta historia.