¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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Deudas
Nyssa llegó a casa pasadas las diez de la noche.
Le dolían los pies, tenía la espalda rígida y sentía que podía quedarse dormida de pie. Sin embargo, antes de permitirse siquiera sentarse, ayudó a Ale a quitarse los zapatos.
—¿Mañana también vas a trabajar? —preguntó el pequeño.
Nyssa le sonrió mientras le desabrochaba la campera.
—Sí, cariño.
—¿Y después vamos a ver a mamá?
—Si salgo a tiempo, sí.
Ale bajó la mirada.
Nyssa conocía aquella expresión. Su hermano no siempre decía lo que sentía, pero había aprendido a reconocer su tristeza en los pequeños gestos, en la forma en que apretaba su osito contra el pecho o en cómo se quedaba mirando la puerta cada vez que ella se marchaba.
—Ey, vení acá.
Lo atrajo hacia sus brazos y le besó la cabeza.
—Mamá está recibiendo sus medicamentos y los médicos la están cuidando. Nosotros vamos a seguir visitándola, ¿sí?
—¿Va a volver a casa?
La pregunta le atravesó el pecho.
Nyssa mantuvo la sonrisa, aunque tuvo que tragar saliva antes de responder.
—Ojalá, mi amor.
No podía prometerle algo que ni siquiera los médicos podían asegurar.
Así que lo abrazó un poco más fuerte.
Después de ayudarlo a ponerse el pijama, Nyssa calentó la comida que había guardado en la heladera.
Ale se sentó a la mesa y empezó a comer con el hambre de un niño que había pasado todo el día en la escuela.
Ella se quedó frente a él, sosteniendo una taza de café.
No tenía hambre.
O, mejor dicho, tenía tanta hambre que prefería engañar al estómago con algo caliente antes de acostarse. Había comprado pan por la tarde, pero lo había dejado para el desayuno de su hermano.
—¿No vas a comer, Nys?
—Comí en el trabajo.
Ale la observó con desconfianza.
—¿Qué comiste?
Nyssa casi se rio.
—¿Desde cuándo me interrogás?
—Desde que siempre decís que comiste y nunca te veo comer.
La sonrisa se le borró por un instante.
Maldito niño observador.
—Comí un sándwich, señor detective. Ahora terminá tu plato.
Ale pareció satisfecho con la respuesta y volvió a comer.
Nyssa bebió su café, ya tibio, mientras revisaba mentalmente las cuentas que tendría que pagar durante la semana.
El préstamo.
El alquiler.
La farmacia.
El transporte.
Cerró los ojos un segundo.
Había pedido aquel dinero meses atrás, cuando su madre necesitó un medicamento que el hospital no tenía disponible de inmediato. No había tenido otra opción. O, al menos, esa había sido la excusa que se repitió cuando firmó los papeles sin detenerse a pensar demasiado en los intereses.
En ese momento, salvar a su madre había sido lo único que importaba.
Ahora, la deuda crecía y ella apenas conseguía pagar los intereses.
—Nyssa, tengo sueño.
La voz de Ale la devolvió al presente.
—Vamos, pequeño.
Lo llevó al dormitorio, lo ayudó a meterse en la cama y le acomodó las mantas hasta los hombros.
—¿Me contás un cuento?
Nyssa miró la hora.
Tenía que levantarse antes de las cinco.
Aun así, se sentó junto a él.
—Uno cortito.
Inventó una historia sobre un conejito que quería alcanzar la luna y que, después de muchos intentos, descubría que podía verla reflejada en un charco.
Ale se rio cuando ella imitó la voz del conejo.
Y por unos minutos, el pequeño departamento dejó de parecer tan triste.
Cuando terminó, él ya estaba medio dormido.
—Te quiero, Nys.
Ella le acarició el cabello.
—Yo te quiero más.
—Imposible.
Nyssa soltó una risita.
—Dormite, tramposo.
Esperó hasta que su respiración se volvió tranquila. Después le acomodó el osito junto a la almohada y apagó la luz.
Por fin podía sentarse.
Por fin podía cerrar los ojos.
Entonces alguien golpeó la puerta.
Tres golpes fuertes, secos, que hicieron que Nyssa se sobresaltara.
Miró el reloj.
Las diez y cuarenta y siete.
Se acercó con cautela y miró por la mirilla.
El hombre que estaba del otro lado le resultó familiar de inmediato.
Sintió que se le enfriaban las manos.
Era uno de los cobradores de la financiera a la que había recurrido meses atrás.
Nyssa abrió apenas la puerta, dejando puesta la cadena de seguridad.
—Buenas noches —dijo, intentando mantener la voz firme.
El hombre no respondió al saludo.
—¿Vas a seguir escondiéndote de nosotros?
—No me estoy escondiendo. Ya les expliqué que estoy intentando reunir el dinero.
—Eso me dijiste la semana pasada.
Nyssa apretó los dedos alrededor del borde de la puerta.
—Lo sé. Necesito un poco más de tiempo.
El hombre soltó una risa desagradable.
—¿Más tiempo? ¿Y qué se supone que tengo que hacer mientras tanto? ¿Esperar a que te dé la gana pagar?
—No. Yo voy a pagarle. Se lo prometo.
La voz le tembló en la última palabra.
Odiaba que ocurriera. Odiaba que el miedo se le notara, que la hiciera parecer más pequeña frente a alguien que ya había decidido tratarla como si no valiera nada.
—Escúcheme, por favor. Mi mamá está enferma y tengo un hermano pequeño. Estoy trabajando todo lo que puedo, pero necesito que me aguante un poco más.
El hombre inclinó la cabeza, observándola con una expresión que hizo que Nyssa quisiera cerrar la puerta de inmediato.
—Siempre hay una historia triste, ¿no?
—No es una historia. Es la verdad.
Él apoyó una mano contra la puerta y la empujó, obligándola a retroceder.
La cadena se tensó.
—Te conviene encontrar el dinero pronto, Nyssa.
Ella sintió un escalofrío al escucharlo pronunciar su nombre.
—Por favor, no venga a mi casa a estas horas. Mi hermano está durmiendo.
—Entonces pagá y no voy a tener que venir.
Nyssa tragó saliva.
—Lo haré. Solo necesito unos días más.
El hombre la miró de arriba abajo antes de sonreír con descaro.
—Si no tenés dinero, siempre podemos encontrar otra forma de arreglar las cosas.
Nyssa dejó de respirar por un instante.
—¿Qué quiere decir?
Él no contestó. En cambio, alargó la mano y le sujetó la mejilla con brusquedad, apretándosela entre los dedos como si tuviera derecho a tocarla.
Nyssa se quedó inmóvil.
El miedo le paralizó el cuerpo durante un segundo que pareció interminable.
—Pensalo bien —murmuró él.
Después soltó su rostro, se apartó de la puerta y se marchó por el pasillo como si no acabara de amenazarla en su propia casa.
Nyssa cerró de golpe.
Puso el cerrojo. Después comprobó la cerradura dos veces.
Solo entonces se permitió respirar.
Se llevó una mano a la mejilla, justo donde él la había apretado, y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
No lloraba únicamente por la deuda.
Lloraba porque aquel hombre sabía dónde vivía. Porque había visto lo fácil que era asustarla. Porque, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de poder protegerse sola.
Y porque Ale dormía a pocos metros, sin saber que alguien acababa de amenazar a su hermana.
Nyssa se cubrió la boca con ambas manos para ahogar un sollozo.
No quería despertarlo.
No quería que tuviera miedo.
Se deslizó hasta el suelo, apoyando la espalda contra la puerta, y se abrazó las rodillas.
Tenía veinticuatro años.
Tres trabajos.
Una madre a la que estaba perdiendo.
Un niño que dependía de ella.
Y una deuda que no dejaba de crecer.
Por primera vez en mucho tiempo, no encontró una solución inmediata.
Solo pudo quedarse allí, en el suelo frío de su pequeño departamento, deseando que llegara la mañana y sintiéndose aterrorizada ante la posibilidad de que aquel hombre regresara.
Pero incluso mientras las lágrimas le mojaban las mejillas, había una sola idea que no conseguía apartar de su cabeza.
Podían amenazarla a ella. Podían hacerla llorar. Pero no iba a permitir que nadie se acercara a Ale.
No mientras le quedara fuerza para protegerlo.