Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.
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Capítulo 10: La Celebración de la Dinastía y el Desafío del Nuevo Imperio
El sol de primavera doraba las copas de los robles ancestrales que custodiaban la terraza oeste de la mansión Valenti. El aire olía a tierra húmeda, a azahares recién abiertos y a la brisa salina que ascendía desde los acantilados. Un año había transcurrido desde el nacimiento de la pequeña Victoria, y la propiedad no solo se había transformado en un santuario inaccesible contra el mundo exterior, sino en el centro neurálgico desde donde se dirigía el conglomerado arquitectónico e inmobiliario más influyente de la región.
En la gran logia de mármol que daba al jardín central, los preparativos para la gala benéfica de la Fundación Rossi-Valenti estaban prácticamente concluidos. Mesas vestidas con mantelería de lino marfil, cristalería de corte artesanal y arreglos de peonías blancas decoraban el espacio. La gala no solo marcaría la presentación formal de los nuevos proyectos de viviendas sostenibles que Elena había diseñado en memoria de su padre, sino la consolidación de una dinastía familiar invulnerable.
Elena se hallaba frente al gran espejo de tres cuerpos del vestidor principal. Llevaba puesto un vestido de alta costura en tono esmeralda oscuro, confeccionado en satén de seda que caía con una caída pesada y majestuosa. El diseño, pensado para abrazar sus formas con una sofisticación absoluta, remarcaba el contorno redondeado de sus caderas, la pequeñez de su cintura de avispa y la plenitud deslumbrante de su pecho. Tras el embarazo su cuerpo no había perdido ni un ápice de su magnetismo; al contrario, la madurez le había otorgado una belleza arrolladora, una rotundidad sensual y una presencia imponente que dejaba sin aliento a cualquiera que la mirase.
Deslizó sus dedos sobre el tejido suave, admirando el collar de esmeraldas y diamantes que descansaba sobre su garganta, un regalo que Dante le había entregado esa misma mañana junto con una nota escrita a mano que rezaba simplemente: A la dueña absoluta de mi vida y mi imperio.
Unas pisadas firmes sobre la madera de roble anunciaron la llegada del magnate.
Dante entró al vestidor ajustándose las mancuernas de oro blanco en los puños de su camisa. Vestía un esmoquin negro hecho a medida por sastres milaneses, cuyos cortes limpios acentuaban la envergadura monumental de sus hombros, la firmeza de su tórax esculpido y la longitud de sus piernas potentes. A sus treinta y cuatro años, con las sienes sutilmente plateadas y esa mirada gris de plomo pulido, Dante proyectaba la imagen viva de un Adonis maduro, peligroso y devastadoramente atractivo.
Se detuvo a dos pasos de ella. La penumbra del vestidor pareció densificarse con su presencia. Sus ojos recorrieron a Elena desde el recogido sobrio de su cabello castaño hasta la pequeña abertura del vestido que dejaba entrever el movimiento de sus muslos al respirar.
—Si salimos a esa terraza —dijo Dante, con una voz baja, grave y áspera por el deseo reprimido—, me temo que voy a tener que ejecutar a la mitad de los embajadores por mirarte demasiado tiempo.
Elena giró sobre sus tacones de aguja, permitiendo que la seda crujiera suavemente alrededor de sus curvas. Alzó la vista para sostener la mirada de su esposo, disfrutando del chispazo de fuego posesivo que siempre ardía en los ojos de Dante cuando estaban a solas.
—Tendrás que mantener tu autocontrol, Señor Valenti —provocó ella, acercándose lentamente hasta que la punta de sus tacones rozó el calzado de él—. Esta noche la fundación recaudará los fondos para el centro de desarrollo infantil. Necesitamos que los inversores estén vivos para firmar los cheques.
Dante rodeó la cintura de Elena con una mano masiva, atrayéndola con un movimiento seco y firme contra la dureza de su cuerpo. La presión de su vientre contra la anatomía rígida de Dante le arrancó un suspiro entrecortado a la joven. El calor que emanaba de la piel del magnate era el mismo incendio insaciable que la había consumido desde el primer día.
—Mis cheques ya cubren la totalidad del presupuesto, Elena —murmuró Dante, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron la comisura de la boca de ella. Su aliento cálido le erizó la piel del cuello—. No necesito a nadie más en esta propiedad. Solo te necesito a ti.
Su mano libre subió por el costado del vestido esmeralda, amoldándose con una veneración lenta a la marcada curvatura de su cadera. Los dedos de Dante se afianzaron sobre la tela, ejerciendo una presión deliberada que le recordó a Elena que, a pesar del tiempo, el deseo de su esposo por cada centímetro de su anatomía no había hecho más que volverse más voraz y dominante.
—Dante... los invitados están por llegar —musitó Elena, aunque sus manos ya se habían posado sobre las solapas de satén del esmoquin de él, sintiendo la solidez del pecho de su Adonis.
—Que esperen —sentenció él contra sus labios.
Dante la capturó en un beso hambriento, profundo y devastador que le arrebató el juicio. La lengua del magnate exploró la boca de Elena con una posesividad feroz, reclamando su espacio con la autoridad de un hombre que sabe que posee el alma y el cuerpo de la mujer que sostiene. Elena respondió con la misma intensidad, adhiriéndose a su cuerpo, sintiendo cómo el pulso acelerado de Dante retumbaba en su propio pecho.
Cuando finalmente se separaron unos milímetros, ambos respiraban con dificultad. Dante apoyó su frente contra la de ella, trazando con el pulgar la línea de su pómulo.
—Eres mi perdición, Elena Rossi —confesó él en un susurro rasposo.
—Y tú eres mi refugio, Dante Valenti —respondió ella, arreglando con delicadeza el cuello de la camisa de él antes de regalarle una sonrisa radiante—. Ahora, ve a revisar que Leo no haya intentado darle de comer pastel de chocolate a la bebé antes de que bajemos.
Dante dejó escapar una risa baja, un sonido cavernoso y viril que resonó en la estancia, antes de depositar un último beso en la frente de su esposa.
La gala en la logia fue un éxito absoluto. La crema y nata de la diplomacia, los negocios y la arquitectura internacional se congregaron para rendir homenaje al trabajo de Elena. La figura de la presidenta de Rossi-Valenti no solo despertaba respeto técnico, sino una fascinación estética; los asistentes contemplaban con admiración la gracia con la que caminaba, la seguridad de su tono de voz al exponer sus proyectos y la manera en que dominaba cada espacio con su presencia curvilínea y majestuosa.
Sin embargo, a medida que la noche avanzaba y los acordes de la orquesta de cámara llenaban el aire veraniego, una figura fuera de lugar atrajo la atención de la seguridad periférica.
En la esquina posterior del jardín, cerca de las verjas de acceso secundario, un hombre de edad madura, vestido con un traje de corte impecable pero de mirada huidiza, observaba la terraza a través de unos gemelos de larga distancia.
Roberto, el jefe de seguridad de Dante, apareció entre las sombras con la rapidez de un espectro, acompañado por dos agentes armados. Antes de que el desconocido pudiera reaccionar, una mano de hierro se posó sobre su hombro, inmovilizándolo contra la columna de piedra del cenador.
—No se mueva si aprecia su salud, Señor —ordenó Roberto en tono glacial, desarmando al hombre de un pequeño dispositivo de transmisión encriptado.
—¡Aguarde! ¡No soy un enemigo! —exclamó el desconocido con un acento extranjero refinado pero tembloroso—. Tengo una citación urgente para la Sra. Elena Rossi. Pertenezco al bufete internacional Vane & Cía de Londres.
Diez minutos después, la atmósfera festiva de la logia permanecía inalterada, pero en el estudio privado de la mansión, el ambiente se había vuelto frío como el hielo.
Dante se encontraba de pie junto a la chimenea apagada, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión de amenaza latente en sus ojos grises. Elena permanecía sentada tras el escritorio de caoba, con el vestido esmeralda cayendo a su alrededor como un manto real. Frente a ellos, el abogado extranjero, visiblemente impresionado por la imponencia del matrimonio, colocó una carpeta de cuero sellada con lacre sobre la mesa.
—Hable —ordenó Dante en un barítono tan seco que pareció cortar el aire.
—Señora Valenti... Señor Valenti —comenzó el abogado, limpiándose la frente con un pañuelo de seda—. Vengo en representación de la testamentaría de la difunta duquesa de Almonte, su abuela paterna por la línea original europea.
Elena entrecerró los ojos, sorprendida.
—Mi padre jamás me habló de ninguna abuela noble. Mi familia Rossi siempre fue de origen industrial sencillo.
—Su padre rompió lazos con la casa de Almonte hace cuarenta años tras un conflicto sucesorio —explicó el letrado, abriendo la carpeta—. Sin embargo, tras la muerte de la duquesa el mes pasado y al no existir otros herederos directos con legitimidad de sangre, la totalidad de los títulos patrimoniales, los terrenos históricos en el sur de España y el control del banco privado Almonte Trust recaen de manera inmediata sobre usted, Elena Rossi de Valenti.
Elena miró los documentos. Los sellos de los tribunales internacionales y las firmas autenticadas no dejaban lugar a dudas. La herencia no solo sumaba una fortuna colosal que rivalizaba con la del propio imperio Valenti, sino que le otorgaba un peso institucional en Europa que la situaba por encima de cualquier corporación privada.
Dante caminó hacia el escritorio. Tomó uno de los documentos, leyó la cláusula de adjudicación y miró al abogado con una serenidad calculadora.
—Hay un problema con esto —dijo Dante en tono pausado pero firme—. Un patrimonio de esta magnitud no queda desatendido durante un mes sin que los buitres intenten reclamarlo. ¿Quién está impugnando la cláusula?
El abogado tragó saliva, sorprendido por la perspicacia del magnate.
—Tiene usted razón, Señor Valenti. El consorcio financiero de la familia Sola-Vane, vinculada lejanamente con los acreedores de su antiguo prometido Julián Sola en el extranjero, ha presentado una demanda de paralización en los tribunales de Madrid. Pretenden demostrar que la línea de sucesión de la Señorita Elena no es válida debido a la reestructuración corporativa que sufrió la firma Rossi.
Elena dejó escapar una sonrisa helada, una mueca de poder que hizo que el abogado diera un paso atrás.
—¿Los fantasmas de Julián intentan usar a mi familia biológica para cobrarse lo que perdieron en la cárcel? —preguntó Elena con una serenidad aterradora—. Creen que porque estoy al otro lado del océano no voy a defender lo que por derecho de sangre me pertenece.
Se levantó de su sillón con una elegancia imperial. El vestido verde resaltaba la firmeza de su postura y la majestuosidad de sus curvas. Caminó rodeando el escritorio hasta quedar al lado de Dante. El magnate pasó un brazo posesivo alrededor de su cintura, pegándola a su costado en un gesto de alianza indestructible.
—Informe a los tribunales de Madrid que la Señora Valenti viajará en su avión privado la próxima semana —declaró Dante, mirando al letrado con una fijeza implacable—. Y dígale al consorcio Sola que si intentan mover una sola peseta o manchar el nombre de mi esposa, no solo perderán la demanda; el Grupo Valenti comprará su bufete y los dejará en la ruina absoluta antes de que termine el mes.
Seis días más tarde, el jet privado de la familia Valenti aterrizaba en la pista ejecutiva del aeropuerto de Barajas, en Madrid.
La mañana madrileña era clara y fresca. Un convoy de tres berlinas de lujo con cristales blindados esperaba a pie de pista. El descenso de la pareja no pasó desapercibido para los fotógrafos de la prensa internacional que se agolpaban tras los perímetros de seguridad: Dante descendió primero, vistiendo un traje abrigo en tono marengo que acentuaba su figura de Adonis y su apostura masculina, extendiendo la mano para ayudar a descender a Elena.
Elena lucía deslumbrante. Llevaba un traje sastre de tres piezas en tono blanco marfil que abrazaba las formas generosas de su anatomía con una sofisticación absoluta. Las solapas del saco remarcaban su escote sobrio, mientras que el pantalón de corte ancho acompañaba el movimiento rotundo de sus caderas a cada paso. Su presencia transmitía la majestad de una reina que acudía a reclamar un feudo, respaldada por el hombre más poderoso del continente.
El destino del convoy no fue un hotel de lujo, sino la mítica Finca Las Encinas, la residencia ancestral de la Casa de Almonte en las afueras de la capital.
Al cruzar los portones de hierro fundido, la propiedad reveló la magnitud de su historia: hectáreas de olivares maduros, jardines de corte clasicista y un palacio de piedra del siglo XVIII que dominaba el valle.
Al descender del vehículo, el personal histórico de la finca, encabezado por el viejo mayordomo mayor, esperaba en fila sobre la escalinata de entrada. Al ver a Elena, el anciano se llevó una mano al pecho, visiblemente conmovido por el parecido de la joven con los retratos de la familia Rossi-Almonte.
—Bienvenida a su casa, Doña Elena —saludó el hombre con una inclinación de cabeza reverente—. Es un honor volver a ver la sangre de la casa en estos pasillos.
—Gracias, Don Mateo —respondió Elena con calidez y firmeza—. A partir de hoy, la finca vuelve a estar abierta y bajo el mando de la familia.
Sin embargo, la paz del recibimiento duró poco.
En la gran sala de recepción del palacio, esperaban tres hombres vestidos con trajes de corte formal. Al frente del grupo se encontraba Lord Thomas Vane, un hombre maduro de rostro anguloso, mirada calculadora y una expresión de arrogancia mal disimulada. Era el representante del consorcio que pretendía congelar la herencia.
—Señora Rossi... o debo decir Señora Valenti —dijo Vane con una falsa cortesía que no llegó a sus ojos—. Veo que ha realizado un largo viaje para reclamar un patrimonio que legalmente está sujeto a una auditoría por fraude previo.
Dante dio un paso al frente, interponiendo su masa muscular y su altura imponente entre Vane y Elena. La presencia de Dante inundó la sala con una amenaza tan física y aplastante que los dos acompañantes de Vane dieron un paso atrás por puro instinto.
—Usted no está en posición de hablar de fraude, Señor Vane —la voz de Dante resonó en el techo abovedado con la fuerza de un trueno contenido—. Conocemos perfectamente las conexiones de su firma con los fondos buitre que intentaron rescatar a Julián Sola antes de su condena. Si cree que un tribunal local va a paralizar los derechos de mi esposa, es porque no ha entendido con quién se está enfrentando.
Vane intentó sostener la mirada de acero de Dante, pero la frialdad del magnate y el aura de poder absoluto que lo rodeaba lo obligaron a tragar saliva.
Elena se colocó al lado de su esposo, acariciando suavemente el antebrazo musculoso de Dante para indicarle que tomaría la palabra. Miró a Vane con una sonrisa helada que reflejaba toda la sabiduría y la fuerza ganadas en su vida pasada.
—Señor Vane, los libros de contabilidad del Almonte Trust ya han sido auditados por mi equipo esta madrugada —reveló Elena con tono sereno—. Sé que su consorcio tiene una deuda vencida de cincuenta millones de euros con ese mismo banco. Si no retira la impugnación ante el tribunal antes de las cuatro de la tarde, ejecutaré el cobro inmediato de la deuda y embargaré las acciones de su firma en Londres.
El rostro de Lord Vane palideció instantáneamente. Se dio cuenta de que no estaba tratando con una heredera novata a la que se pudiera intimidar con tecnicismos legales, sino con una estratega brillante que contaba con el respaldo financiero y la protección bruta del hombre más temido de la élite corporativa.
—Esto... esto es una extorsión corporativa —balbuceó Vane.
—Esto es justicia, Señor Vane —corregió Elena con una postura imponente que resaltaba la rotundidad majestuosa de su figura—. Tienen tres horas para abandonar mi propiedad.
Sin darles opción a réplica, Elena se giró sobre sus tacones y caminó hacia los ventanales que daban a los jardines. Dante dedicó una última mirada de desprecio a los intrigantes antes de que Roberto y la seguridad privada los escoltaran fuera de la finca.
Al caer la noche, la Finca Las Encinas quedó sumida en un silencio pacífico. El fuego de la chimenea del gran salón privado chisporroteaba, proyectando sombras cálidas y doradas sobre los muros de piedra y los retratos al óleo.
Elena se encontraba de pie junto al ventanal, observando la luna llena que iluminaba los olivares. Llevaba una túnica de seda marfil que caía suavemente sobre sus formas voluptuosas, marcando la línea generosa de sus caderas y la piel dorada de sus hombros descubiertos.
Dos brazos potentes y cálidos la rodearon por detrás. Dante pegó su torso al descubierto contra la espalda de ella. El calor que emanaba del cuerpo musculoso de su Adonis la envolvió por completo, devolviéndole la serenidad tras un día de tensiones.
—Los abogados de Vane firmaron el desistimiento absoluto hace media hora —murmuró Dante en su oído, su voz grave vibrando contra la piel sensible de su cuello—. La herencia es oficialmente tuya. Nadie puede volver a cuestionar tu lugar en este continente.
Elena se reclinó contra el pecho de él, disfrutando de la firmeza de sus pectorales y del ritmo constante de su corazón.
—No me importa el título ni la finca, Dante —confesó ella en un susurro dulce, girándose entre sus brazos para mirarlo a los ojos—. Lo único que me importa es que contigo a mi lado no hay sombra del pasado que pueda tocarme.
Dante la contempló con una devoción sin límites. Rozó con la yema de sus dedos la mejilla de su esposa, bajando por la línea de su cuello hasta llegar a la curva prominente de su cadera, donde sus dedos se afianzaron con una presión posesiva y ardiente.
—Reclamaste tu pasado, Elena —dijo Dante, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron los de ella en un beso hambriento, lento y lleno de una pasión inextinguible—. Ahora me toca a mí reclamar a mi reina.
Dante la levantó en vilo, sintiendo la carne firme y voluptuosa de sus muslos rodeándole la cintura mientras la llevaba hacia el lecho de madera tallada. En la penumbra de la finca ancestral, entre caricias profundas, susurros febriles y la entrega absoluta de sus cuerpos, consumaron su victoria, sabiendo que su historia no solo había derrotado a la traición, sino que había erigido un imperio eterno donde el amor y la pasión reinaban sin fin.