Un escritor exitoso transforma el destino de una mujer marcada por cicatrices.
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Capitulo 16
Blackback...
Pedro estaba sentado frente a la mesa.
Ella acababa de servirle el café.
Él había tomado la taza y, después de probarlo, había fruncido el rostro.
—¡Está frío!
—Lo acabo de preparar...
No había terminado de hablar cuando Pedro se levantó.
La tomó con fuerza de la parte superior de los brazos.
Sus dedos se clavaron en su piel mientras la apretaba con rabia.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que hagas las cosas bien?
Gianna había sentido dolor, pero se había quedado completamente quieta.
—Perdón...
—Siempre lo mismo contigo.
La había soltado después de unos segundos, dejándole aquellas marcas.
Fin del blackback.
...****************...
Gianna cerró los ojos.
Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.
Volvió al presente.
Miró la crema entre sus dedos.
Rocco las había visto.
Y había preguntado quién se las había hecho.
Ella había mentido.
Gianna terminó de aplicarse la crema y volvió a bajar las mangas de su blusa.
Después tomó la otra crema y la observó durante unos segundos.
La pequeña quemadura de su mano todavía le molestaba.
Pensó en Rocco tomando su mano y colocándola bajo el agua.
Pensó en la forma en que la había mirado.
En la preocupación de sus ojos.
Y después recordó el momento en que sus manos se habían tocado al entregarle las cremas.
Su corazón volvió a acelerarse.
Gianna llevó una mano al pecho.
—No...
Negó suavemente con la cabeza.
—No puedo pensar en eso.
Ella había llegado a aquella casa para trabajar.
Para sobrevivir.
Para construir una vida nueva.
No podía permitirse distraerse con sentimientos que ni siquiera sabía comprender.
Pero, por más que intentara convencerse de lo contrario, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Por primera vez, alguien había visto que algo le dolía y había querido ayudarla sin pedir nada a cambio.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Los días comenzaron a pasar.
Y, poco a poco, Gianna empezó a acostumbrarse a su nueva vida, con el paso de los días comenzó a sentirse más cómoda.
También había algo que no había cambiado.
Cada vez que Rocco aparecía cerca, Gianna se ponía nerviosa.
Y aunque intentaba concentrarse en sus tareas, algunas veces terminaba preguntándose si él estaría cerca.
Rocco, por su parte, tampoco había conseguido ignorar aquella presencia.
Seguía trabajando durante largas horas en su despacho, pero ahora había momentos en los que encontraba cualquier excusa para salir.
Un vaso de agua.
Un café.
Una caminata por el jardín.
Y, aunque nunca lo admitía, algunas veces esperaba encontrarse con Gianna.
Ella siempre lo saludaba con respeto.
—Buenos días, señor.
—Buenas tardes, señor De Santis.
—¿Necesita algo?
Y él respondía con tranquilidad.
Pero las miradas entre ambos duraban cada vez un poco más.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Llegó un día que Gianna esperaba con una ilusión que no podía ocultar.
Su primer sueldo.
Cuando Michela le entregó el dinero, Gianna lo sostuvo entre sus manos durante unos segundos.
Era suyo.
Había trabajado por él.
Nadie se lo había regalado.
Nadie podía quitárselo.
Una sonrisa enorme apareció en su rostro.
—¿Todo bien? —preguntó Michela.
Gianna asintió.
—Sí.
Miró nuevamente el dinero.
—Es solo que... es la primera vez que cobro un sueldo.
Michela sonrió.
—Te lo ganaste.
Gianna bajó la mirada, emocionada.
—Gracias por haberme dado la oportunidad.
—Has trabajado muy bien.
Aquellas palabras significaron mucho para ella.
Durante años había escuchado que no servía para nada.
Que no sabía hacer las cosas bien.
Ahora alguien reconocía su esfuerzo.
Ese día, además, lo tenía libre.
Chiara había conseguido permiso para salir con ella.
—Vamos —dijo Chiara, tomando su bolso—. Necesitas ropa.
Gianna abrió los ojos.
—No necesito tanto.
—Gianna, tienes 5 vestidos.
—Son suficientes.
—No.
Chiara la tomó del brazo.
—Hoy vas a comprarte algunas cosas.
Las dos salieron juntas.
Recorrieron varias tiendas pequeñas y puestos donde vendían ropa y zapatos de segunda mano.
Gianna se sentía un poco incómoda al principio.
Cada vez que veía una prenda que le gustaba, miraba el precio y la dejaba nuevamente en su lugar.
—Es demasiado.
—Cuesta muy poco.
—Pero puedo necesitar ese dinero después.
Chiara suspiró.
—También necesitas vivir, Gianna.
Finalmente consiguió convencerla.
Gianna compró algunos vestidos sencillos, un par de blusas, ropa interior, unas prendas para trabajar y unos zapatos que, aunque usados, estaban en mucho mejor estado que los que llevaba.
Cuando terminó, miró las bolsas que llevaba en las manos.
No había comprado nada lujoso.
Nada que llamara demasiado la atención.
Pero estaba feliz.
Aquellas cosas eran suyas.
Las había comprado con su propio dinero.
En el camino de regreso, Gianna contó cuidadosamente lo que le quedaba.
Guardó una parte para sus gastos y decidió ahorrar el resto.
—¿Ya sabes para qué estás ahorrando? —preguntó Chiara.
Gianna sonrió.
—Para cuando pueda tener algo propio.
—¿Una casa?
—Quizá algún día.
Miró por la ventana mientras caminaban.
—Quiero tener un lugar donde nadie pueda echarme. Donde pueda sentir que realmente pertenezco.
Chiara la observó en silencio.
—Lo conseguirás.
Gianna sonrió.
—Eso espero.
Guardó cuidadosamente el dinero que había decidido ahorrar.
Por primera vez, tenía algo que podía llamar suyo.
Y eso le daba una sensación de libertad que jamás había conocido.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Mientras tanto, muy lejos de aquella sensación de esperanza, la vida de Pedro y Hortencia había cambiado por completo.
El plan que habían preparado durante semanas había terminado en un desastre.
Gianna había escapado.
Y con ella se habían ido los millones que esperaban recibir.
Pero no solo habían perdido el dinero.
También habían perdido a quien se encargaba prácticamente de todas las tareas de la casa.
Ahora tenían que trabajar para sobrevivir.
Y, como si la vida quisiera recordarles constantemente lo que habían perdido, ambos terminaron trabajando precisamente en el club nocturno donde habían pensado entregar a Gianna.
Pedro cargaba cajas, limpiaba y hacía cualquier trabajo que le asignaran.
Hortencia, por su parte, realizaba tareas dentro del establecimiento.
Ninguno estaba acostumbrado a aquello.
Cada día terminaban agotados.
Y cada vez que hablaban de Gianna, la rabia volvía.
—Todo esto es por culpa de esa malagradecida —murmuró Hortencia una noche.
Pedro dejó caer una caja con fuerza.
—Si la encontramos...
—¿Crees que todavía esté cerca?
—No lo sé.
Apretó los dientes.
—Pero algún día aparecerá.
Hortencia lo miró con frustración.
—Perdimos cinco millones.
—Lo sé.
—Podríamos haber pagado todas nuestras deudas.
—¡Ya sé!
Pedro golpeó una mesa.
—Y ahora estamos aquí trabajando como animales.
Hortencia guardó silencio.
Ambos habían perdido su sirvienta.
Habían perdido el dinero.
Y, peor aún, habían perdido la posibilidad de utilizar a Gianna como moneda de cambio.
Todo porque ella había conseguido escapar.
—La voy a encontrar —dijo Pedro entre dientes.
Hortencia lo miró.
—¿Dónde?, las buscamos por todos los alrededores.
Pedro negó con la cabeza.
—Entonces buscaremos hasta encontrarla.
Mientras ellos seguían consumiéndose en rabia y resentimiento, Gianna caminaba por las calles junto a Chiara con sus nuevas bolsas de ropa.
Sin saber que, por primera vez en su vida, estaba construyendo algo que nadie podría comprarle.
Su propia libertad.
Y mientras guardaba una parte de su primer sueldo para el futuro, no podía imaginar que muy pronto alguien comenzaría a formar parte de aquel futuro de una manera que ninguno de los dos había planeado.