Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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La venganza de la Matriarca
Aquella noche, la Matriarca bajó sola al estanque del patio sur.
No llevó antorcha. No llevó compañía. Llevó solo una pala, y la clavó en la orilla con la fuerza de una mujer que ha enterrado demasiadas cosas en silencio. Cavó donde el viejo escribano, entre sollozos, le había marcado con el dedo. Y a un codo de profundidad, envuelto en un paño que treinta años de tierra no habían borrado, encontró un hueso pequeño. Un hueso de niño.
La Matriarca lo sostuvo en la palma de la mano, y por primera vez en treinta años, el mundo se le rompió de verdad.
Porque ese hueso era su hijo. El hijo de sus entrañas. El que ella había parido entre gritos y fiebre, el que había amado antes de verlo, el que le habían arrebatado aún tibio para ahogarlo como a un cachorro no deseado. Y ella, durante treinta años, había besado, alimentado, defendido y llorado las fiebres del hijo de la mujer que lo ahogó.
No lloró. El llanto se le secó en algún punto entre la pala y el hueso. Lo que quedó, en el lugar donde antes había una madre, fue otra cosa. Algo frío. Algo paciente. Algo que la casa Aldous, en sus quinientos años de historia, nunca había visto y nunca olvidaría.
Veneno puro.
—Treinta años —le dijo al agua quieta, con la voz de una tumba—. Treinta años amé al hijo de tu asesina. Así que ahora, Constanza, ahora, partera, ahora, escribano… ahora me toca a mí.
Y la Matriarca, que había sido una esposa fiel, una madre amorosa y una dama de honor, murió esa noche en la orilla del estanque.
Lo que volvió a la casa fue una verdugo.
***
Ama Sela duró una noche. El escribano, media.
La Matriarca no gritó. No golpeó. No perdió jamás la compostura. Se sentó frente a ellos en la sala cerrada, con una copa de vino y la paciencia de quien tiene toda la vida para cobrar, y les fue arrancando la verdad gota a gota, con preguntas tan quietas y tan exactas que dolían más que los hierros: quién sostuvo al niño mientras lo ahogaban, quién le tapó la boca, cuánto oro pesó el silencio, en qué arcón pudría la carta del viejo conde. Cuando terminaron de confesar hasta el último detalle, los dos estaban rotos por dentro y la Matriarca intacta por fuera.
—Gracias por su servicio —dijo, y se puso de pie.
Esa noche, los hicieron caminar hasta el estanque. Y la Matriarca los miró a los ojos, uno por uno, y les explicó, con la calma de quien enseña una lección, que el agua del patio sur tenía memoria, y que iba a probar, antes de morir, exactamente lo que había probado el hijo de la señora.
Los ahogaron allí mismo. Despacio.
*El que ahoga, se ahoga.*
***
Doña Constanza entendió, demasiado tarde, que no era una invitada: era una presa.
Huyó al amanecer con un cofre de joyas y un carruaje pagado a escondidas. Pero los guardias de la Matriarca la esperaban en la puerta, porque la Matriarca ya había previsto su huida, y la habían dejado preparar el cofre y el carruaje a propósito: para que supiera, en el último instante, que ni siquiera su fuga había sido suya.
La trajeron a la orilla del estanque con las joyas esparcidas en el lodo.
—Hermana —dijo la Matriarca, mirándola desde arriba con la calma de un juez—, tú me quitaste un hijo y me encajaste el tuyo. Treinta años le besé el lunar sin saber que era tu marca. Eso no me lo devuelves. Pero puedo darte el final que tú le diste al mío.
Constanza gritó, rogó, ofreció oro, ofreció secretos, ofreció todo. La Matriarca la escuchó con la atención de quien oye llover.
—¿Sabes lo último que vio mi hijo? —preguntó, arrodillándose a su lado, casi con ternura—. Vio el agua. Y una mano. La tuya, Constanza. Así que vas a ver lo mismo.
La sostuvieron bajo el agua. Y la Matriarca, con la mano firme, la dejó subir una vez, para que respirara, para que creyera, para que esperara… y la volvió a hundir. Y otra vez. Y otra. Subir, hundir. Subir, hundir. Hasta que el estanque, que había guardado un secreto treinta años, guardó dos.
***
Al conde no lo mató. Lo desmontó.
Lo hizo arrodillar en la orilla del estanque, al alba, y le puso en las manos el hueso pequeño envuelto en el paño.
—Sostén a tu hermano —dijo la Matriarca.
El conde, con el rostro gris, sostuvo el hueso. Y la Matriarca le habló, despacio, con la voz de una mujer que ya no tiene nada que perder y todo que cobrar:
—Tú no eres mi hijo. Eres el hijo de la mujer que ahogó al mío. Te llamé hijo cuarenta años, y cada uno de esos besos fue un beso robado a este hueso. Así que escúchame bien, hijo de Constanza: no te voy a matar. Te voy a dejar vivir. Con el título. Con la mansión vacía. Con el nombre roto. Y cada vez que te mires al espejo y veas el lunar, recordarás que eres un usurpador sentado en la cuna de un ahogado.
Redactó ante el escribano real: ni una moneda para él, ni una para Dorian. Que el bastardo y el nieto del bastardo vivan con el título y sin un cobre.
—Y ahora vete —dijo la Matriarca, dándole la espalda—. Vete a pudrirte con tu nombre. Que yo viviré lo bastante para verte hacerlo.
***
El rey Aldric, enterado por el chisme que Cassandra había regado por la capital, llamó al conde. Y no lo despojó. Hizo algo peor.
—Un conde ahorcado se olvida —dijo—. Un bastardo usurpador se recuerda para siempre. Vete. Quédate con tu título. Y vive sabiendo que todos saben. Eso es peor que la horca.
El conde salió del palacio con el título puesto y el nombre roto, pobre, manchado y vivo. En la mansión vacía de oro, Livia y Dorian lo esperaban, y entendieron, mirando las arcas vacías, que la ruina no había terminado: apenas empezaba.
***
Esa tarde, un ramo de flores negras de Moldavia llegó al balcón de Cassandra, con una nota de puño y letra de Balkan:
*"Bella y vengativa. Hasta yo te tengo un poco de miedo. Casémonos antes de que decidas ahogarme a mí también."*
Cassandra leyó la nota dos veces. Y por primera vez en dos vidas, rió de verdad.