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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22 — Fuego cruzado en el Club del Río

Los días pasan. Mi tobillo mejora lo suficiente como para caminar sin ayuda, aunque Sebastián todavía me mira los pies cada vez que me levanto, como un vigilante que no confía en su prisionera.

Esta semana tiene turno doble en la estación. Sale antes del amanecer y vuelve pasada la medianoche. Isabella viene al departamento a hacerme compañía para que no me aburra sola entre cuatro paredes.

Estamos viendo una telenovela pésima, comentándola a gritos, cuando suena mi teléfono.

El nombre de Diego aparece en la pantalla.

Se me hiela algo por dentro. Lo miro sonar tres veces antes de contestar.

—Mañana es el cumpleaños del abuelo —dice, sin saludo, sin preámbulo—. No faltes. Viste algo presentable y no me hagas quedar mal delante de la familia.

Su voz es cortante, impaciente. Como si hablar conmigo fuera un trámite molesto que quiere terminar cuanto antes.

—Entendido —respondo con frialdad—. Adiós.

—Espera. —Su tono cambia, se afila—. Me enteré de que dejaste la Casona Solares. ¿Dónde estás viviendo?

—Eso no es asunto del señor Estrada.

—Valentina, no juegues conmigo. ¿Con quién estás?

—Así me muera en la calle, no tiene nada que ver contigo.

Le cuelgo antes de que pueda responder.

Isabella, que escuchó todo desde el sofá con la boca abierta, deja el control remoto sobre la mesa.

—¿Ese imbécil todavía te da órdenes? —Resopla—. Bueno. Hablando de planes mejores... —Se levanta, rebusca en su bolso y agita dos sobres dorados frente a mi cara—. Tengo invitaciones para la subasta benéfica del Club del Río. ¿Vamos?

El Club del Río.

En mi vida pasada, ni los Solares ni los Estrada tenían acceso a ese lugar. Es propiedad de una de las familias más poderosas de Puerto del Sol, un nombre que se pronuncia en voz baja, como el de algo demasiado grande para mirarlo de frente.

—¿De dónde las sacaste?

Isabella carraspea y desvía la vista un segundo de más.

—Una compañera del colegio que se casó bien. Me hizo el favor. —Se encoge de hombros—. ¿Vienes o no? Habrá gente importante, joyas carísimas y comida gratis. Será divertido, y de paso te olvidas de ese cumpleaños ridículo.

Lo pienso. Ir a la fiesta de Diego significa arrodillarme ante mi pasado. Ir al Club del Río significa pisar un mundo que antes ni siquiera podía mirar por la ventana.

—Está bien. Te acompaño.

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En la entrada del Club del Río, tomo a Isabella del brazo. La fachada es de mármol pálido, iluminada como un templo. Autos de lujo desfilan frente a la puerta y dejan salir a mujeres cubiertas de diamantes.

Estamos a punto de cruzar el umbral cuando una voz familiar me detiene en seco.

—Valentina, ¿qué haces aquí?

Se me tensa la espalda. Me doy la vuelta.

Diego está detrás de nosotras. A su lado, Camila, vestida de blanco inmaculado, colgada de su brazo como un adorno.

Diego me mira con incredulidad. Como si no concibiera que yo, la mujer que él usaba como fachada, pudiera pisar este lugar por mi propia cuenta.

Isabella se interpone antes de que yo abra la boca.

—¿Y a ti qué te importa? —Su voz es filosa como un vidrio roto—. ¿Crees que por andar con tu amiguita pegada al brazo tienes más derecho a estar aquí que nosotras? Mira, Diego, mi amiga ya te cortó. Deja de acosarla o te denunciamos por acoso, a ver qué dicen los periódicos de la familia Estrada.

Su voz es lo suficientemente alta para que los invitados alrededor se volteen a mirar. Diego se pone rígido. Camila se aferra a su brazo con los ojos húmedos, montando su numerito de siempre.

—No lo hagas más difícil —dice Diego entre dientes.

—¿Difícil? —Isabella suelta una carcajada seca—. ¿Quieres hablar de difícil? Tú le fuiste infiel. Tú traes a la otra a pasear delante de ella. Y encima te haces el ofendido. Si no armo un escándalo aquí mismo es porque no quiero que llores frente a toda esta gente elegante.

Le dedica una sonrisa brillante, venenosa. Le entrega al portero nuestra invitación y me jala del brazo hacia adentro, dejándolos plantados.

—Imbécil —murmura cuando ya no nos oyen. Luego me mira y sonríe—. ¿Viste su cara? Impagable.

Dentro del Club del Río, me quedo sin aliento.

Alfombras de lana gruesa cubren los pasillos, tan mullidas que los tacones se hunden. Pinturas que valen fortunas cuelgan de las paredes en marcos dorados. Candelabros de cristal derraman luz sobre columnas de piedra. El aire huele a madera noble, a flores frescas y a dinero antiguo, ese dinero que no se cuenta, se hereda.

Es un nivel de lujo que sobrepasa cualquier cosa que haya visto, en esta vida o en la otra.

—Isabella, ¿ya habías venido? —pregunto—. Sabes exactamente por dónde ir.

Ella carraspea otra vez.

—Vine una vez con mi compañera. Me acuerdo del camino.

Camina delante de mí sin dudar, girando en los pasillos correctos, saludando con la cabeza a un mozo que parece reconocerla. No pregunto más. Pero lo guardo, como guardo todo últimamente.

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En el vestidor, una asistente de guantes blancos nos trae los vestidos para la velada. El mío es un diseño de alta costura, hombros descubiertos, corte ajustado en la cintura, una tela oscura que cae como agua. Me lo pongo. Me queda como si lo hubieran cosido sobre mi cuerpo.

Me miro en el espejo y por un instante no reconozco a la mujer que me devuelve la mirada. No es la esposa descartada de Diego. No es la huérfana de la Casona Solares. Es alguien nuevo. Alguien que sobrevivió a la muerte.

Isabella me mira y abre la boca.

—Valen... —Se lleva una mano al pecho—. Si mi tío Seba te viera ahora mismo, se le caería el alma al suelo. Te lo juro.

Siento las orejas calientes.

—Tu tío es una persona seria. No exageres.

Isabella sonríe, pero no dice nada más. Conozco esa sonrisa. Significa que sabe algo que yo no.

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Isabella se disculpa para atender una llamada y me deja sola unos minutos junto al ventanal.

Salgo al pasillo en busca del baño. Al volver, en un recodo del corredor, lejos del bullicio del salón, me encuentro con Diego.

Sin Camila. Sin testigos.

Tiene una copa en la mano. Me mira de arriba abajo, deteniéndose en el vestido, y algo cruza su cara. Deseo. Posesión. Me mira como si yo fuera una pieza de su colección que alguien tuvo la osadía de robarle.

—¿Cuánto tiempo más vas a seguir con esta farsa? —Su voz baja una octava—. Te busqué por todo el salón. Deja de jugar. Ven conmigo. Aquí puedo protegerte, sabes que estas personas te comerían viva.

Lo miro y me doy cuenta de que genuinamente lo cree. Cree que yo lo necesito. Que sin él soy una niña perdida incapaz de sobrevivir en un mundo de tiburones.

Y luego dice lo imperdonable.

—¿Sabes? Tus padres adoptivos habrían querido que fueras razonable. Ellos te criaron para ser sensata. No los decepciones ahora que ya no están para verte.

El aire se me congela en los pulmones.

Usar la muerte de mis padres como arma. Mis padres, las dos únicas personas que me quisieron de verdad en la Casona Solares, cuya pérdida fue la herida más profunda de toda mi vida. Y él la usa como una palanca para doblegarme.

Aprieto los puños hasta que las uñas se me clavan en la palma. Abro la boca para responder.

Pero una voz elegante y fría corta el silencio antes que yo.

—¿Incomodando a una dama en público, señor Estrada? Qué modales.

Un hombre aparece detrás de Diego. Traje de diseñador impecable, lentes de montura dorada, rasgos finos y una sonrisa que no llega a los ojos. Una presencia que irradia poder sin el menor esfuerzo, como si el aire se ordenara a su alrededor.

Lo reconozco por su reputación. Matías Herrera. El CEO de su propio grupo empresarial. Un hombre enigmático del que se dicen muchas cosas y se sabe muy poco.

Diego se tensa al verlo. Su arrogancia se desinfla como un globo pinchado.

Matías sonríe con cortesía. Cada palabra suena como un bisturí envuelto en seda.

—Tengo entendido que la señorita Solares es su exnovia. Estar a punto de casarse con otra y seguir acosando a su ex... no es muy elegante, ¿verdad? Podrían malinterpretarlo. La prensa es cruel con estas cosas.

Diego aprieta la mandíbula, pero no puede permitirse confrontar a Matías Herrera. No aquí. No en un lugar que pertenece a gente que podría hundir el apellido Estrada con una llamada.

Matías se vuelve hacia mí. Me ofrece una tarjeta de presentación con un gesto casual, entre dos dedos.

—Señorita Solares, un placer. Si este caballero vuelve a molestarla, no dude en llamarme. A cualquier hora.

Tomo la tarjeta. El cartón es grueso, caro, con letras en relieve. Diego me lanza una última mirada oscura y se retira sin decir palabra.

Isabella regresa corriendo, los tacones repiqueteando en el mármol.

—Valen, ¿estás bien? ¿Qué pasó? Te dejé sola dos minutos.

Le cuento. Le muestro la tarjeta.

—Matías Herrera —lee en voz alta.

Y algo cruza su rostro. Un destello. Un endurecimiento casi imperceptible en la mandíbula, como el de alguien que ve un fantasma y decide fingir que no lo ha visto.

—Isa —digo despacio—. ¿Lo conoces?

Ella niega con la cabeza demasiado rápido.

—No. ¿Por qué habría de conocerlo? Nunca lo vi en mi vida.

Miente. Lo veo en la forma en que evita mis ojos, en cómo aprieta la tarjeta al devolvérmela. Pero no insisto. Todos tenemos fantasmas que preferimos no nombrar.

Las luces del salón principal parpadean. Una campanilla suena a lo lejos.

La subasta está a punto de comenzar.

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