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BAJO LA PIEL DEL DESEO

BAJO LA PIEL DEL DESEO

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.

Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.

En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 15

El beso aún resonaba en sus labios, cálido y profundo, cuando Lidia retrocedió de golpe, como si despertara de pronto de un sueño hermoso pero peligroso. Se puso de pie con rapidez, abrazándose a sí misma con fuerza, y se alejó unos pasos hacia la ventana, mirando hacia afuera sin ver nada, con el pecho agitado y los ojos llenos de confusión.

—No… —susurró, sacudiendo levemente la cabeza—. No debería haber pasado. Damián, yo… no estoy lista.

Él se quedó sentado, sin perseguirla, sin levantarse siquiera, respetando ese espacio que ella necesitaba marcar. Solo la miró con ternura y comprensión, sin rastro de reproche ni de exigencia.

—No tienes que disculparte —le dijo con voz suave y firme a la vez—. No te presiono. No te pido que te quedes en mis brazos si sientes que te vas a perder. Solo te pido que no huyas de lo que sientes solo porque te asusta.

Lidia se giró hacia él, con las manos temblando y el corazón dividido entre la atracción que la arrastraba hacia él y el miedo que le gritaba que se alejara.

—¿Cómo no voy a tener miedo? —le dijo, con la voz quebrada—. Acabo de salir de una mentira enorme. Dije que confiaría despacio, que iríamos paso a paso… y ahora esto. Me siento como si estuviera perdiendo el control. ¿Y si me equivoco otra vez? ¿Y si todo esto es solo una ilusión y mañana se desvanece?

Damián se levantó despacio, pero se detuvo a una distancia prudente, sin acercarse más, dejándola a ella decidir cuándo y cómo acercarse.

—Entiendo el miedo, Lidia. Lo respeto —dijo él con seriedad—. Pero te pido que no confundas el dolor que te causó otro con lo que hay entre nosotros. Adrián te mintió. Yo te digo la verdad. Él te hizo sentir que eras tú la que fallaba. Yo sé que eres perfecta tal como eres. No somos iguales. Y si necesitas meses, si necesitas tiempo, si necesitas que volvamos a ser solo jefe y asistente hasta que te sientas segura… lo haremos. Pero hay algo que debes saber: no dejaré de quererte. No dejaré de esperarte. El tiempo que haga falta.

Lidia se llevó las manos al rostro, sintiéndose dividida entre la gratitud y el terror, entre el deseo de correr hacia él y el impulso de huir lo más lejos posible.

—Eres tan bueno… —murmuró entre sus dedos—. Y eso me asusta aún más. Porque si me haces daño tú… no sé si podría soportarlo.

—No te haré daño —prometió él con una solemnidad que no necesitaba juramentos—. Y si algún día lo hiciera sin querer, te escucharía y me corregiría. No soy perfecto, Lidia, pero soy honesto. Y lo que siento por ti es real. Más real que cualquier cosa que haya vivido.

Ella lo miró a los ojos durante un largo instante, buscando en ellos la mentira que esperaba encontrar en otros, pero solo halló sinceridad y una paciencia infinita.

—No sé qué hacer —admitió con franqueza—. Mi cabeza me dice que vaya despacio, que tenga cuidado. Pero mi corazón… mi cuerpo… piden algo muy distinto. Y no sé cómo equilibrarlo.

—No tienes que resolverlo todo esta noche —le dijo él con dulzura—. Descansa. Piensa. Y cuando estés lista, aquí estaré. No me voy a ir a ninguna parte. No te rindas, pero tampoco te obligues a ti misma a ir más rápido de lo que puedes.

Lidia asintió lentamente, sintiéndose un poco más ligera pero todavía con el alma en conflicto. Damián llamó a la empleada para que la guiara a una habitación lista para ella, y cuando ella se detuvo en el umbral, se giró una última vez hacia él.

—Gracias —dijo en un susurro—. Por no enfadarte. Por entenderme.

—Siempre —respondió él con una media sonrisa—. Duerme tranquila. Nadie te molestará.

Cerró la puerta y se quedó sola en la habitación amplia y silenciosa, pero el sueño no llegó. Se paseó de un lado a otro, se sentó junto a la ventana, se acostó y se volvió a levantar. Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro, sentía el sabor de ese beso, la calidez de sus manos, la promesa en su voz. Y al mismo tiempo, una vocecita le recordaba las palabras de Adrián, las mentiras, el corazón roto.

—¿Por qué tiene que ser tan difícil? —se preguntó en voz alta, abrazándose a sí misma—. ¿Por qué no puedo simplemente dejarme llevar y confiar? ¿Por qué tengo miedo de ser feliz?

Se sentó al borde de la cama con la cabeza entre las manos, luchando entre la razón que le pedía prudencia y el deseo que le recorría cada fibra del cuerpo.

—Él no es como Adrián —se dijo a sí misma, intentando convencerse—. No miente. No me presiona. Me respeta. Me protege. Y aun así… el miedo está ahí. No se va.

Pasaron las horas una a una, y la luz del amanecer empezó a asomar entre las cortinas. Lidia no había cerrado los ojos en toda la noche. Pero mientras miraba salir el sol, comprendió algo importante: no podía huir de lo que sentía solo porque le daba miedo. Y tampoco podía obligarse a confiar de golpe. Tenía que caminar entre ambos, despacio, sintiendo cada paso. Y si Damián estaba dispuesto a esperar… tal vez ella también pudiera aprender a dar ese salto, aunque temblara al hacerlo.

Se quedó en la puerta, con la mano aún en el pomo, y lo miró con los ojos llenos de incertidumbre y algo más que no se atrevía a nombrar.

—¿De verdad esperarías? —preguntó con voz apenas audible—. ¿Aunque tardara mucho? ¿Aunque nunca me atreviera a cruzar del todo?

Damián se mantuvo firme, sin dudar ni un instante, y le dedicó una mirada que lo abarcaba todo.

—Te esperaría toda la vida si fuera necesario —respondió él con profunda sinceridad—. Porque lo que siento no se mide por el tiempo que tardes en llegar, sino por lo que eres tú. No hay prisa, Lidia. Yo no voy a irme a ninguna parte.

Ella asintió, y una pequeña sonrisa, temblorosa pero real, se le dibujó en los labios.

—Eso es lo que más me asusta —susurró—. Que seas tan… tan perfecto para mí. Y que tenga miedo de merecerlo.

—Te mereces todo lo bueno que te pueda dar —le dijo él con ternura—. Y yo me encargo de demostrártelo, despacio. Descansa. Hablamos cuando amanezca.

—Buenas noches, Damián —dijo, y cerró la puerta suavemente, sintiendo que, aunque el miedo seguía ahí, ya no pesaba tanto como antes.

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