Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.
Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es
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CAPÍTULO 16: La rutina que se rompe de nuevo
La primera semana de vuelta al instituto fue extraña, en el mejor de los sentidos. Min‑jun volvía a sentarse en su pupitre del fondo, volvía a tropezarse con la pata de la mesa al levantarse, volvía a recibir notas de papel doblado que Seo le pasaba desde la fila de al lado, con dibujos tontos o frases cortas que le hacían sonreír durante toda la clase.
Un día, mientras guardaba los cuadernos en la mochila al terminar las clases, se dio cuenta de que llevaba días sin abrir su diario. Lo miró un segundo, metido en el fondo de la mochila, y sonrió. Antes necesitaba escribir todo para no olvidarlo, para entenderlo, para tener algo a lo que agarrarse cuando todo se le caía encima. Ahora… ahora prefería guardar esos momentos en la memoria. Prefirió contárselos a Seo mientras caminaban a casa, o reírse de ellos juntos mientras compartían una botella de leche de plátano en el tejado. No necesitaba tinta y papel para saber que eran reales. Cerró la mochila sin abrirlo y salió del aula de la mano de su novio, sin mirar atrás.
Todo parecía haber vuelto a la normalidad. Rin no había vuelto a aparecer. No había nuevas grietas en el cielo. Los brazaletes brillaban suave en sus muñecas, tranquilo, como si también estuvieran descansando.
Hasta la noche del jueves.
Estaban sentados en el sofá de la casa de Min, viendo una película que ninguno de los dos estaba prestando atención de verdad, porque estaban más ocupados en robarse trozos de palomitas el uno al otro, cuando de repente ambos brazaletes se encendieron al mismo tiempo. No con el cosquilleo cálido de los portales de Rin. Con un frío agudo, como una alarma que gritaba peligro.
Min se dejó caer la caja de palomitas en el sofá.
—¿Lo sientes? —preguntó, con la voz tensa.
Seo asintió, ya de pie, mirando por la ventana. En dirección al Santuario Viejo, en las montañas, una luz roja oscura brillaba débil en el cielo, parpadeando como un ojo que acababa de abrirse.
—Algo pasa allí —dijo Seo.
Antes de que pudieran decidir qué hacer, el aire de la habitación se enfrió de golpe. Rin apareció en el centro de la sala, más pálido y cansado que nunca. Su figura era casi transparente, como si mantener la forma en este mundo le costara demasiada energía.
—No tenéis mucho tiempo —dijo, sin rodeos. Su voz sonaba débil, como si le costara sacar las palabras—. Al viajar entre mundos, habéis debilitado un poco las barreras de vuestro propio universo. No es vuestra culpa. Pero algo lo ha notado. Un resto de la Sombra Original, que quedó atrapado aquí hace siglos, bajo el Santuario Viejo. Ha sentido la energía de los portales. Quiere salir. Quiere usar la debilidad de las barreras para volver.
Min se puso de pie de un salto.
—¿Podemos detenerlo?
Rin asintió, pero con expresión seria.
—Sí. Pero esta es vuestra batalla. Es vuestro mundo. Yo solo puedo ayudaros un poco, abriros el camino hasta su guarida. Después, tendréis que cerrarlo vosotros mismos. Para siempre.
Se acercó un poco más, y su mirada se suavizó un poco.
—Habéis hecho mucho por otros mundos. Ahora toca proteger el vuestro. No os rindáis. Sabéis que no estáis solos.
Extendió una mano, y un mapa pequeño apareció flotando en el aire, dibujado con luz tenue. Mostraba los pasillos subterráneos del Santuario Viejo, más profundos de los que ellos habían explorado nunca, hasta una cámara marcada con un círculo rojo.
—Allí es donde está —dijo Rin—. Mañana por la noche, cuando la barrera esté más débil, será el mejor momento para atacar. Id preparados. Reunid a vuestros amigos. Esta vez… no será fácil.
Su figura empezó a desvanecerse, como si ya no pudiera mantenerse más tiempo.
—Rin —dijo Min, antes de que desapareciera del todo—. Gracias.
Rin sonrió, una sonrisa pequeña y cansada.
—Suerte. Os lo merecéis.
Y se fue. La habitación volvió a su temperatura normal. La luz roja en el cielo seguía brillando a lo lejos, un recordatorio constante de que la paz que habían recuperado estaba a punto de romperse de nuevo.
Min miró a Seo. Seo le devolvió la mirada, y le apretó la mano. No hubo frases de ánimo exageradas. No hubo promesas grandiosas. Solo una mirada que decía lo que ambos sabían: lo harían juntos. Como siempre.
—Mañana llamaremos a Tae‑ho, a Ji‑eun, a todos —dijo Min, despacio, decidido—. Terminaremos esto de una vez.
Seo asintió, y le dio un beso corto en la frente.
—Juntos —repitió.
Min sonrió, y miró por última vez la luz roja en la montaña. No sacó el cuaderno. No escribió nada. Solo apretó la mano de Seo con más fuerza, guardándose ese momento en la memoria, y se preparó para lo que venía.
Esta vez, viviría la batalla. No la escribiría.