Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 18: El Regreso del Príncipe de los Diamantes y Sombras en la Recepción
A la mañana siguiente, con la luz del alba filtrándose apenas por las cortinas de terciopelo, nos citamos con mi padre Santiago en una elegante y concurrida tetería del centro. El aroma a jazmín y pan recién horneado inundaba el establecimiento, brindándonos un falso aire de tranquilidad mientras esperábamos en una mesa apartada al fondo del local. Cuando mi padre hizo su entrada, impecablemente vestido con un traje de corte impecable y una sonrisa cordial, supe que habíamos tomado la decisión correcta. Nos saludó con un gesto galante antes de tomar asiento frente a nosotras, cruzando los brazos sobre la mesa con una expresión de genuina curiosidad.
—Buenos días, señoritas. Me alegra mucho esta reunión inesperada —comenzó Santiago, acomodándose la solapa de la chaqueta con total soltura—. Me han comentado que tienen entre manos una propuesta muy interesante. El tiempo de ambos es valioso, así que las escucho con absoluta atención.
Intercambié una rápida mirada de complicidad con Elena antes de tomar la palabra, midiendo cuidadosamente cada una de mis sílabas para no revelar más de lo estrictamente necesario en un lugar público.
—Papá... digo, Santiago, agradecemos enormemente que hayas accedido a vernos sin previo aviso —dije en un tono bajo, inclinándome ligeramente hacia el centro de la mesa—. Con Elena hemos estado evaluando la posibilidad de emprender por nuestra cuenta, establecer un negocio propio que nos otorgue independencia y voz en la alta sociedad. Sin embargo, sabemos que dar el primer paso en el distrito comercial sin la guía adecuada es un riesgo innecesario. Queremos saber si estarías dispuesto a asociarte con nosotras, a brindarnos tu asesoría y a ayudarnos a encontrar el local perfecto para este proyecto.
Mi padre me escuchó con atención milimétrica, sin interrumpirnos ni un solo segundo. Sus ojos oscuros analizaban cada gesto de nuestros rostros, evaluando la seriedad de nuestra propuesta. Tras unos instantes de silencio que se antojaron eternos, una sonrisa amplia y genuina iluminó su semblante, rompiendo la tensión acumulada en el aire.
—¿Asociarme con las jóvenes más brillantes de la aristocracia para un nuevo proyecto comercial? —respondió Santiago con un tono de sincera diversión y entusiasmo, ensanchando la sonrisa—. ¡Pero si me parece una idea fantástica y sumamente prometedora! No solo acepto con los ojos cerrados, sino que les propongo algo mejor: ¿por qué no nos ponemos en marcha ahora mismo y vamos a recorrer personalmente algunos locales disponibles de la zona para que elijan el que más les guste?
—¿Hablas en serio? ¿Podríamos ir hoy mismo a ver los espacios? —exclamó Elena, conteniendo apenas un grito de emoción mientras golpeaba suavemente las palmas de sus manos sobre la mesa.
—Completamente en serio, querida Elena —afirmó Santiago con absoluta seguridad, poniéndose de pie de inmediato y ofreciéndonos su brazo con caballerosidad—. Un buen negocio comienza con una visita de campo sin demora. Vamos, los carruajes nos esperan afuera.
El trayecto por las calles adoquinadas de la ciudad estuvo lleno de risas, expectativas y comentarios sobre el potencial de cada rincón comercial que mi padre nos iba señalando. No obstante, conforme nos adentrábamos en las avenidas principales rumbo al distrito financiero, el bullicio habitual de los transeúntes comenzó a transformarse en un murmullo tenso, un rumor constante y abrumador que parecía flotar en cada esquina y escapar de las ventanas de los comercios vecinos.
Agucé el oído, intentando descifrar las palabras fragmentadas que intercambiaban los mercaderes y las damas de alta sociedad que caminaban apresuradas por la acera.
—¿Te enteraste? Es imposible no hablar de eso... —comentaba una mujer de elegante sombrero a su acompañante, agitando un abanico con nerviosismo—. El príncipe Tairon regresa hoy mismo al reino tras su prolongada estancia en el lejano reino de los Diamantes.
—¡Sí, lo sé! Dicen que su carácter está más frío e imponente que nunca —respondió la otra con un hilo de voz cargado de temor reverente—. Y lo peor de todo es que el rey ha ordenado una recepción de bienvenida por todo lo alto en el palacio real.
—Dios mío... —susurró otra voz cercana—. Y lo que resulta más terrible para todos nosotros es que la asistencia de todos los nobles es estrictamente obligatoria. Nadie puede faltar sin ganarse el peor destierro del favor real.
Las palabras de la gente cayeron sobre nosotras como un balde de agua fría. El recuerdo del tenso y peligroso encuentro que tuve con Tairon en el balcón durante mi banquete de debut regresó a mi mente con una claridad aterradora, haciéndome dar un paso en falso sobre los adoquines. Santiago, que me acompañaba custodiando cada uno de mis movimientos y ayudándome en la búsqueda del local perfecto, notó de inmediato la repentina palidez de mi rostro y el temblor involuntario que recorría mis manos.
Se detuvo en seco, posando una mano protectora y firme sobre mi hombro para brindarme calma.
—Hija mía, he escuchado los mismos rumores que recorren las calles —me dijo mi padre con voz pausada y profunda, mirándome a los ojos con infinita ternura y preocupación—. Sé que la mención de ese príncipe te perturba, y con justa razón tras lo ocurrido. Pero si la asistencia a esa recepción en el palacio es obligatoria para la nobleza, no podemos permitirnos faltar ni levantar sospechas ausentándonos. Eso solo atraería miradas indeseadas hacia nuestra familia. Debemos estar preparados y asistir con la frente en alto.
—Tienes razón, papá... no podemos arriesgarnos a que sospechen de nosotras —respondí en un susurro apenas audible, intentando dominar el nudo que se había formado en mi garganta—. Pero pensar en volver a verlo me revuelve el estómago.
—Lo sé, mi pequeña guerrera, lo sé —prosiguió mi padre con una media sonrisa comprensiva, antes de cambiar de tema con ligereza para disipar la tensión del momento—. Pero mírale el lado práctico a esta salida inesperada de compras. Ya que tendremos que asistir obligatoriamente a esa fastuosa recepción real para honrar al príncipe Tairon, y considerando que necesitas una presencia impecable, creo que lo mejor que puedes hacer en este preciso instante es aprovechar que estamos en el distrito comercial para comprar un vestido totalmente nuevo y deslumbrante para la ocasión. No escatimemos en gastos; mereces lucir radiante y blindada ante cualquier mirada hostil en ese salón.
Santiago, manteniendo su rol de padre y guía en los negocios, intervino con una sonrisa cómplice y un brillo divertido en la mirada.
—El caballero... digo, en este caso yo mismo como tu padre te digo que tengo la razón —añadió Santiago con total desenvoltura entre risas—. Conozco la sastrería más exclusiva de todo el bulevar principal, donde confeccionan las piezas más finas y elegantes de la nobleza. Si me permiten guiarlas, les aseguro que encontraremos el atuendo perfecto para que dejes a toda la corte con la boca abierta.
Sin darnos mucho tiempo para replicar, nos guio a través de las elegantes puertas de caoba de la exclusiva sastrería. Tras hojear numerosos muestrarios de sedas, encajes y brocados importados, mis ojos se detuvieron casi por instinto en una pieza única colgada en el escaparate interior. Era un vestido confeccionado con un azul muy profundo, un tono intenso y misterioso que recordaba a la medianoche más despejada, adornado con sutiles bordados de hilo plateado que destellaban con la luz de las lámparas de cristal como si fueran estrellas lejanas. Al probármelo frente al espejo, la caída de la tela era sencillamente perfecta, otorgándome una elegancia sobria, imponente y madura que disimulaba a la perfección el miedo que sentía por dentro.
—Es absolutamente perfecto, hija —murmuró mi padre Santiago con los ojos brillosos de orgullo al verme salir del probador—. Con este vestido demostrarás una dignidad y una fuerza inquebrantables ante cualquier adversidad que se presente en palacio.
Los días transcurrieron en un suspiro cargado de ansiedad contenida, hasta que finalmente llegó la tan temida noche de la recepción real. Las imponentes puertas del gran salón principal del palacio se abrieron de par en par, revelando un escenario de opulencia desmedida: arañas de cristal titilantes, columnas de mármol blanco pulido y cientos de invitados ataviados con sus mejores galas que deambulaban de un lado a otro sosteniendo copas de cristal con vino espumoso. Yo me encontraba de pie cerca de una de las pilastras laterales junto a mi padre Santiago, intentando mantener la compostura mientras conversábamos en voz baja, enfundada en mi impecable vestido azul profundo que parecía absorber la luz a mi alrededor.
El murmullo general de la corte se extinguió de golpe, convirtiéndose en un silencio sepulcral y absoluto que recorrió todo el salón como una ráfaga de viento helado. Las puertas principales volvieron a abrirse con solemnidad, y el anuncio del mayordomo retumbó en las paredes de piedra:
—¡Su Alteza Real, el príncipe Tairon del reino de los Diamantes!
El ambiente se volvió denso y pesado en cuestión de segundos. Todas las miradas de los presentes convergieron de inmediato hacia la entrada, donde la imponente y sobria figura del príncipe hizo su aparición con paso firme y ceremonial. Venía vestido de riguroso negro, portando una elegancia magnética pero intimidante, y luciendo en su rostro la característica máscara que ocultaba parcialmente sus facciones.
Cumpliendo con el protocolo estricto de la corte, la multitud entera se inclinó al unísono, realizando una profunda reverencia en señal de sumisión y respeto absoluto ante su llegada. Yo bajé la mirada con lentitud, imitando el gesto de mi padre Santiago, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza desbocada contra las costillas.
Sin embargo, a diferencia de los demás miembros de la realeza que solían sonreír con falsa amabilidad o buscar la aprobación de los nobles, el príncipe Tairon avanzaba lentamente por el pasillo central con una actitud completamente distinta. Mantenía una postura rígida, y mientras caminaba, sus ojos penetrantes y fríos como el hielo escrutaban con profunda depresión a cada uno de los asistentes que abarrotaban el salón. Su mirada se paseaba de rostro en rostro con una intensidad calculadora, deteniéndose fugazmente en cada persona con una expresión sombría y distante, exactamente como si supiera de antemano los oscuros secretos, los temores más profundos y las mentiras que cada invitado intentaba ocultar desesperadamente bajo sus lujosos ropajes.