Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La vuelta que trajo la tormenta
El viento aullaba con furia cuando la figura apareció en el horizonte. Solo un jinete, doblado sobre el cuello de su caballo, que galopaba sin descanso hacia la fortaleza. El corazón de Elara dio un vuelco: era Darien. Pero no venía como esperaban: sin escolta, sin estandartes, sin el séquito de aliados que debía convencer. Venía solo, agotado, cubierto de barro y nieve, con los ojos desorbitados por el terror.
Las puertas se abrieron de golpe. Darien cayó del caballo antes de que se detuviera, y Elara corrió hacia él, sintiendo cómo el pánico le helaba la sangre. En el libro, su hermano regresó herido, con la noticia de que los clanes lo habían rechazado. Pero esto… esto era peor. Mucho peor.
—¡Darien! —gritó, arrodillándose a su lado—. ¿Qué pasó? ¿Dónde están los hombres? ¿Los aliados?
Él la miró, y en sus ojos no había esperanza. Solo culpa, pura y devastadora.
—No vendrán —susurró, con la voz rota—. Nadie vendrá. Llegué… llegué tarde. El Imperio ya había estado allí. Quemaron sus aldeas, mataron a los jefes… y dejaron un mensaje. Para nosotros.
Se sacó de entre la ropa un pergamino manchado de sangre y se lo entregó con manos temblorosas. Lord Kael lo tomó, lo desplegó… y su rostro se endureció hasta parecer piedra. Valerius no había escrito nada sobre paz o justicia. Solo una frase, grabada con tinta roja que parecía sangre:
«El que busca aliados, pierde primero. El Clan Licano caerá solo. Y cuando caiga, no quedará ni el recuerdo de su nombre.»
—Me esperaban —dijo Darien, con lágrimas congeladas en las mejillas—. Sabían que iría. Sabían a quién buscaría. Me tendieron una trampa antes de que llegara. Vi cómo ardían sus casas, cómo mataban a los que podrían habernos ayudado… y no pude hacer nada. Corrí, porque sabía que si moría, nadie os lo contaría. Pero fallé, hermana. Fallé a todos.
El silencio que siguió fue el más pesado que Elara había sentido jamás. Y entonces, la voz de Brenan se alzó, cortante y llena de veneno, desde el umbral de la puerta:
—¿Fallaste? No, muchacho. Ella te envió. Ella dijo que los aliados vendrían. Ella habló de sueños y de destinos cambiados… y lo único que consiguió fue que el Imperio se adelantara y matara a los pocos que podrían habernos ayudado.
Elara se giró hacia él, sintiendo cómo la rabia le subía por la garganta, oscura y violenta.
—¿Te atreves a culparme? —escupió, acercándose a él con paso rápido—. ¿Te atreves a decir que es mi culpa cuando el Imperio nos persigue desde antes de que yo naciera? ¿Cuando ellos son los que queman y matan solo por existir?
—Tú les diste el pretexto —replicó Brenan, avanzando hacia ella con desprecio—. Tú desafiaste al Emperador. Tú enviaste a nuestro hermano a tierras enemigas. Tú hablas de cambiar el destino… pero lo único que estás haciendo es acelerar nuestra muerte. Dicen que juegas con fuego. Quizás es el fuego del propio infierno que trajiste con nosotros. Quizás eres la maldición que el clan temía desde hace generaciones.
Las palabras cayeron como hielo sobre todos los presentes. Y lo peor: muchos asintieron en silencio. El miedo buscaba un culpable, y ella era la más extraña, la que hablaba de sueños, la que tenía poder que nadie entendía. La venganza que Elara sentía contra el Imperio se había vuelto tóxica, y ahora envenenaba a los suyos también.
—¡Basta! —gritó Lord Kael, pero su voz no cortó la tensión. Solo la hizo más densa.
Elara sintió que algo en ella se rompía. La contención, la prudencia, la esperanza de ser comprendida. El fuego que había intentado dominar se desató de golpe, no en llamas, sino en palabras afiladas como cuchillas, cargadas de un rencor que no debía sentir hacia los suyos.
—¿Maldición? —repitió, con una risa fría y cruel—. ¿Yo soy la maldición? ¿Cuando ustedes se arrodillaban ante el Imperio sin pelear? ¿Cuando iban a entregarme como si fuera un objeto? ¿Cuando iban a dejar que mataran a Rian sin levantar una espada? Yo fui la que lo salvó. Yo fui la que descubrió al espía. Y ahora, cuando el enemigo golpea la puerta, ustedes vuelven a hacer lo que siempre hicieron: culpar a la mujer que no calla. Pues bien. Si soy una maldición, seré la peor que hayan visto. Porque no voy a callar. No voy a arrodillarme. Y si quieren culparme de todo… adelante. Pero recuerden esto: cuando el Imperio cruce esas puertas, no vendrá a preguntar quién tuvo la culpa. Vendrá a matarlos a todos. Y entonces, rezarán por tener mi fuego para defenderse.
Se giró bruscamente y salió del salón, dejando un silencio tenso y pesado tras de sí. No miró atrás. No vio cómo Rian apretaba los puños con rabia, ni cómo Lady Mira bajaba la cabeza con tristeza, ni cómo Darien la miraba con una mezcla de admiración y espanto. Solo quería huir. De ellos, de su duda, de la crueldad que nacía en su propio pecho cada vez que la cuestionaban.
Corrió hasta la sala de hechicería, cerró la puerta de un portazo, y entonces dejó salir todo. Gritó hasta quedarse sin voz, y el fuego estalló a su alrededor, devorando lo que encontraba: muebles, cortinas, pergaminos. Ardía con ella, igual de furioso, igual de herido. Que teman —pensaba entre sollozos—. Que me odien. No me importa. Si debo ser el monstruo para salvarlos, seré el monstruo más terrible que hayan conocido.
—Elara.
La voz de Zora la detuvo, pero esta vez no fue suave. Estaba endurecida, dolida. Su hermana estaba en la puerta, mirando la habitación medio destruida, y luego la miró a ella, con ojos que veían demasiado.
—Les diste exactamente lo que querían —dijo Zora, sin acercarse—. Les diste la confirmación de que eres peligrosa. De que tu ira no distingue entre amigos y enemigos. Valerius no necesita atacarnos si nos destruimos nosotros mismos con tus palabras y tu fuego. ¿Es esto lo que viniste a hacer? ¿Salvarnos… o convertirte en algo que ellos puedan usar para justificar nuestra muerte?
—No me importa —escupió Elara, aunque las lágrimas le corrían por las mejillas—. No me importa si me odian. Solo quiero que sobrevivan. Y si para eso debo ser cruel, si debo ser dura… lo seré. El amor no basta, Zora. La bondad no nos va a salvar. Necesitamos dientes. Necesitamos garras. Y si nadie más las tiene… las tendré yo. Aunque me consuman.
Zora negó con la cabeza, lentamente, con una tristeza profunda.
—Te estás consumiendo a ti misma antes de que la batalla empiece. La venganza es un veneno, hermana. Y lo estás bebiendo a tragos grandes. Ten cuidado. Porque cuando el odio se vuelve tu fuerza, la primera víctima eres tú. Y entonces, no importa si ganamos la guerra… porque habremos perdido lo que nos hacía ser Licano.
Se marchó, dejándola sola entre las llamas que empezaban a apagarse por sí solas. Elara se dejó caer al suelo, abrazándose a sí misma, sintiendo el frío entrar por la ventana rota. Estaba sola. No solo frente al Imperio. Sola entre los suyos, que temían lo que ella era, que culpaban lo que ella hacía. Y lo peor… ella misma empezaba a temerse.
En el salón del trono, Brenan miró a los demás con una sonrisa apenas esbozada, oculta tras su mano. El plan funcionaba mejor de lo que esperaba. La chica se estaba destruyendo sola. Y cuando el momento llegara… nadie defendería a la "maldición" del clan. Nadie se opondría a entregarla. Y el Imperio tendría lo que quería.
Fuera, la nieve empezó a caer gruesa, pesada, cubriendo el camino por donde Darien había vuelto. El invierno eterno ya no era una amenaza lejana. Estaba aquí. Y con él, la certeza de que la peor traición no venía del enemigo de afuera… sino de la duda que carcomía desde adentro, alimentada por la rabia de quien creía luchar por la justicia.