Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 8
Capítulo 8: La gatita bajo la lluvia
Subió los seis pisos empapada, dejando un rastro de agua en cada escalón, con la esperanza tonta de que el casero anduviera por ahí o de que alguna ventana estuviera abierta. No había nadie. El pasillo del sexto estaba a oscuras y en silencio, con el nuevo foco proyectando un cono amarillo sobre las dos puertas cerradas: la suya, la del vecino.
Se acuclilló frente a su puerta, con la espalda contra la pared, y abrazó lo que quedaba de la caja del pastel. Estaba temblando, más de frío que de otra cosa. Metió la mano en la caja aguada y rescató, de entre la crema deshecha, la velita partida. Todavía tenía media mecha.
Buscó en su mochila mojada y, de milagro, encontró un encendedor que usaba para las velas cuando se iba la luz. Lo raspó tres, cuatro veces, protegiendo la llamita del viento con la mano ahuecada, hasta que prendió. Puso la vela sobre la tapa mojada de la caja, en el suelo, frente a ella.
La llamita tembló en la oscuridad del pasillo.
—Feliz cumpleaños, Camila —se dijo, en voz muy baja, con el labio partido, mirando la flama—. Diecinueve años.
Y ahí, sola, empapada, en el piso frío frente a una puerta que no podía abrir, por fin se soltó a llorar de verdad, con el cuerpo entero, ese llanto que llevaba años tragándose delante de la gente.
No supo cuánto tiempo pasó así. Lo que la sacó fue el sonido del elevador, y unos pasos firmes en el pasillo.
Alzó la cara.
Era Dante. Pero no el Dante de mesero de las otras noches. Este venía de traje oscuro, impecable pese a la lluvia, con un abrigo largo sobre los hombros. Detrás de él, un paso atrás, venía Beto cargando cosas. Y algo en la manera en que Dante caminaba —sin prisa, seguro, como si el edificio entero se apartara a su paso— hizo que por un instante Camila no lo reconociera, como si fuera otro hombre. Un hombre importante. Un hombre peligroso.
Dante se detuvo en seco al verla. La vela en el suelo. La caja deshecha. La muchacha empapada, con el labio hinchado y sangrando, los ojos rojos, temblando contra la pared.
Algo en su cara —esa cara de piedra— se movió.
—¿Qué te pasó? —Su voz salió baja, dura.
—No… —A Camila se le quebró la voz, y ya no pudo fingir entereza, no con él, no esa noche—. No puedo entrar a mi casa. Perdí las llaves. Y… —Las lágrimas se le mezclaron con la lluvia que le escurría del pelo—. Y es mi cumpleaños.
Dante se agachó frente a ella. De cerca, olía a lluvia y a ese perfume caro de madera. Le miró el labio partido, la marca roja en la mejilla, y la mandíbula se le tensó de un modo que Camila no supo leer.
—¿Quién te pegó?
—Nadie. Me caí.
—No me mientas. —Lo dijo sin alzar la voz, y sin embargo Camila sintió que no había manera de mentirle—. ¿Quién?
—Mi hermano —susurró ella, rindiéndose—. No importa. Ya se fue. Ya pasó.
Dante la miró un segundo más. Después se quitó el abrigo largo y se lo echó encima a Camila, sobre los hombros mojados. Pesaba y estaba tibio de su cuerpo.
—Ven —dijo—. El casero no está y el cerrajero no llega hasta mañana. No te vas a quedar aquí en el suelo.
Abrió su propia puerta y la hizo pasar.
Adentro, el departamento de Dante era gemelo del de ella en tamaño, pero estaba en orden, limpio, con lo justo: una cama hecha con esquinas rectas, una mesa, dos sillas, y sobre una repisa, el retrato de una mujer de sonrisa triste, con una veladora apagada al lado. Camila lo miró de reojo. La madre.
Dante la sentó en una silla, sacó un botiquín, y con una destreza que no le cuadraba a esas manos tan grandes, le limpió el labio con algodón y alcohol. Camila hizo una mueca.
—Aguanta —dijo él, y siguió, más suave—. ¿Te duele aquí? —Le tocó apenas el pómulo golpeado.
—Poco.
Le curó la ceja, le puso hielo envuelto en un trapo sobre la mejilla, le acercó una toalla seca para el pelo. Lo hizo todo en silencio, concentrado, con una delicadeza que a Camila le apretó la garganta más que los golpes. Nadie la había cuidado así. Nunca. Ni de niña. De niña, cuando se caía, era ella la que se limpiaba la rodilla sola mientras su madre atendía a Bruno.
—¿Por qué me ayudas siempre? —preguntó, en voz baja, mientras él le sostenía el trapo con el hielo—. La otra noche el borracho, luego lo de la mesa… digo, no sé, siento que… ¿Por qué?
Dante no dejó de mirarle el labio.
—Porque me enseñaste a ahorrar en el vino —dijo, al fin.
No era una respuesta. Camila lo supo. Pero no tuvo fuerzas para insistir, y en el fondo no quiso: había algo tibio en no saberlo todo, en dejarse cuidar aunque fuera una noche, sin preguntar el precio.
—Puedo dormir en el sillón —dijo ella, apenada, señalando el sofá pequeño—. No quiero quitarte la cama. Mañana consigo al cerrajero y…
—En el sillón —aceptó él, para su sorpresa, sin discutir—. Te traigo una cobija.
Le puso enfrente un vaso de agua caliente con limón, y algo de cenar. Camila, hecha un ovillo bajo el abrigo de él, con el hielo en la cara, sintió por primera vez en toda la noche —en toda la semana, en años— algo parecido a la calma. Un calor que no era el de la comida, sino el de no estar sola. Bajó la guardia sin darse cuenta. Ahí, en ese cuartito ajeno, junto a ese hombre callado, se sintió, absurdamente, a salvo.
Sonó el teléfono de Dante. Él lo miró, se levantó y salió al balcón, cerrando el ventanal tras de sí para que ella no oyera. Pero Camila, adormilada en el sillón, alcanzó a ver su silueta recortada contra la lluvia, y a oír, a retazos, su voz.
Era otra voz. La misma que le había curado el labio con ternura, pero vaciada de toda ternura, plana como una hoja de cuchillo.
—…¿ya lo tienen? —decía Dante al teléfono, mirando la ciudad bajo el aguacero—. Que no lo maten. Todavía no. Que le quede claro primero por qué. —Una pausa—. Los cuatro. Empiecen por las manos. Es lo que usa para contar el dinero que no me pagó. —Otra pausa, y la voz más baja, casi aburrida—. Cuando entienda, me avisan. Y limpien bien.
Colgó. Se quedó un momento más en el balcón, fumando sin fumar, con la lluvia estrellándose en el vidrio, dirigiendo desde ahí, con dos frases, una violencia que ocurría al otro lado de la ciudad. En algún lugar del Puerto, cuatro hombres castigaban a un moroso porque el Tigre lo había ordenado entre una curación y una taza de agua caliente. Ese era su reino. Un reino de sombras heredado de años de sangre en el Triángulo del Sur.
Cuando volvió a entrar, Camila ya se había quedado dormida en el sillón, hecha un ovillo bajo su abrigo, con el trapo del hielo resbalándosele de la cara y la respiración por fin tranquila, como una gata que encontró un rincón caliente en medio de la tormenta.
Dante se detuvo a mirarla. La misma mano que acababa de ordenar que empezaran por las manos se estiró, despacio, y le acomodó a Camila el trapo del hielo, y le apartó un mechón mojado de la frente.
Afuera seguía lloviendo. Adentro, sobre la repisa, la mujer del retrato los miraba a los dos con su sonrisa triste.