En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 16: El retrato de la abuela
Seraphina permaneció frente al retrato sin poder apartar la mirada.
La mujer pintada tenía el mismo cabello dorado que ella. Sus ojos azules parecían observarla con una intensidad extraña, como si el artista hubiera conocido un secreto que nadie se había atrevido a contar.
La medalla de plata brillaba sobre el pecho de la figura.
Seraphina llevó una mano a su propio cuello.
—Es ella —susurró—. Es mi abuela.
Aurelius se acercó lentamente al retrato. Su expresión se volvió rígida, pero algo en sus ojos reveló que reconocía a aquella mujer.
—¿La conocía? —preguntó Seraphina.
—Sí.
—¿Cuándo?
—La primera vez que la vi, yo tenía ocho años.
Seraphina se volvió hacia él.
—Usted era un niño.
—Lo era.
—¿Y ella vino a verlo?
Aurelius recorrió la habitación con la mirada. Las paredes circulares estaban cubiertas de rosales dorados. Algunas flores parecían hechas de metal, pero otras respiraban lentamente, como si fueran seres vivos. El aire olía a tierra húmeda y a algo dulce que Seraphina no reconocía.
—Tu abuela fue la única persona que no tuvo miedo de la maldición —dijo.
—¿Qué hizo?
—Me habló como si yo fuera un niño enfermo, no un heredero condenado.
Seraphina sintió una punzada en el pecho.
—¿Y usted la quería?
Aurelius tardó en responder.
—La respetaba.
—No es lo mismo.
—En aquel tiempo no sabía qué era querer a alguien.
La respuesta la sorprendió. Seraphina siempre había imaginado a Aurelius como un hombre que conocía todas las respuestas. Sin embargo, allí, frente al retrato de su abuela, parecía alguien que todavía intentaba comprender su propio pasado.
Sobre el altar había un cofre pequeño de madera clara. La tapa tenía grabada una luna rodeada de espinas.
Seraphina extendió la mano.
—Espera —dijo Aurelius.
—¿Por qué?
—Podría estar protegido.
—Todo en este palacio parece estar protegido.
—No es una razón para tocarlo.
—Es la mejor razón.
Antes de que él pudiera detenerla, Seraphina colocó los dedos sobre el cofre. La cerradura se abrió sola.
Un resplandor dorado iluminó la habitación.
Dentro había un cuaderno antiguo, una llave negra y una rosa completamente seca. Sus pétalos parecían conservar un brillo apagado.
Seraphina tomó el cuaderno.
—Tiene el sello de mi abuela.
Aurelius se acercó, pero no intentó quitárselo.
—Ábrelo.
—¿No acaba de decirme que no tocara el cofre?
—Ya lo has hecho.
—Qué cambio tan conveniente.
Seraphina abrió la primera página.
La letra era fina y elegante.
Si estás leyendo estas palabras, significa que mi sangre regresó al palacio. También significa que fallé en destruir la maldición.
Seraphina tragó saliva.
Aurelius permaneció junto a ella, leyendo por encima de su hombro.
El emperador no es el origen de la maldición. Es su recipiente. Las rosas doradas fueron creadas para guardar la magia de una antigua criatura, una criatura que duerme bajo el palacio. Cada generación de los Devereaux alimenta su despertar.
Seraphina levantó la vista.
—¿Una criatura duerme bajo el palacio?
—Eso explica la puerta del ala oeste —murmuró Aurelius.
Ella continuó leyendo.
Cuando la marca del emperador llegue a su corazón, la criatura despertará por completo. Entonces el imperio caerá y las rosas cubrirán cada reino.
Seraphina sintió frío.
—¿Cuándo ocurrirá?
Aurelius no respondió.
—Aurelius.
—No lo sé.
—La marca ya está cerca de su corazón, ¿verdad?
Él apartó la mirada.
El silencio confirmó la respuesta.
Seraphina pasó la página.
La siguiente frase estaba escrita con tinta dorada:
Solo la hija de la luna podrá entrar en el jardín profundo. Su sangre abrirá la puerta y su decisión determinará si la criatura despierta o vuelve a dormir.
Seraphina sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—¿La hija de la luna soy yo?
Aurelius la tomó del brazo y la obligó a mirarlo.
—No lo sabemos.
—El libro dice que mi abuela esperaba mi regreso.
—No dice tu nombre.
—No hace falta.
Aurelius apretó la mandíbula.
—No permitiré que entres en ese jardín.
—¿Por qué?
—Porque podrías morir.
—Tal vez ya estoy muriendo lentamente dentro de este palacio.
—No digas eso.
La intensidad de su voz la hizo callar.
Aurelius la soltó, pero sus dedos permanecieron un instante sobre su piel.
—No permitiré que te conviertas en otro sacrificio para esta maldición.
Seraphina lo observó.
—¿Otro?
El emperador quedó inmóvil.
—¿Quién fue el primero?
—No importa.
—Todo importa.
Aurelius miró hacia las rosas doradas.
—Mi madre.
Seraphina sintió que el pecho se le oprimía.
—¿Ella fue sacrificada?
—La criatura exigía la sangre de alguien perteneciente al linaje imperial. Mi madre se entregó para retrasar su despertar.
—¿Y su padre?
—El emperador murió poco después.
—¿Y usted quedó solo?
Aurelius asintió.
Por primera vez, Seraphina entendió que la dureza de Aurelius no había nacido de la arrogancia, sino de una vida llena de pérdidas.
Sin pensarlo, extendió la mano y tocó sus dedos.
Aurelius bajó la mirada hacia sus manos unidas.
—No deberías sentir compasión por mí.
—No siento compasión.
—¿Qué sientes?
Seraphina no respondió.
La distancia entre ellos era mínima. La luz dorada de las rosas se reflejaba en sus rostros y creaba una intimidad extraña, casi irreal.
Aurelius levantó la mano y rozó su mejilla.
El contacto fue tan suave que Seraphina dejó de respirar.
—Seraphina…
Un golpe sacudió la puerta oculta.
Las rosas doradas se cerraron al mismo tiempo.
Aurelius retiró la mano y tomó la daga.
Desde el pasadizo llegó un susurro:
—La sangre ha sido encontrada.
Seraphina se acercó a Aurelius.
—¿Qué hacemos?
Él se colocó delante de ella.
—Esta vez no correremos.
La puerta comenzó a abrirse.
Y debajo del palacio, algo enorme despertó.