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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:8k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 23

Capítulo 23: El que revienta la gala

El lápiz se le rompió entre los dedos por tercera vez esa mañana.

Renata bajó la mano y miró la lámina en blanco sobre la mesa de luz. Llevaba media hora sin trazar una sola línea. En su cabeza, en cambio, había demasiadas: la voz de un muchacho de traje, un hotel con número de suite, un secreto que se le trepaba por la garganta cada vez que respiraba.

—Jenny. —Ximena entró con dos cafés y la miró de arriba abajo—. Estás verde. ¿Otra vez no dormiste?

—Estoy bien.

—No estás bien, pero da igual, porque esta noche te tengo una mala noticia. —Le dejó un vaso enfrente y se sentó en la esquina de la mesa—. Grupo Alcántara da su gala. La grande, la de la alfombra roja y las cámaras de medio país. Iker mandó a avisar que el licenciado quiere a su esposa ahí. —Hizo una pausa—. Y de paso te conviene: el estudio sale en la foto si la señora Alcántara luce bien. Nébula, las plataformas, todos van a estar mirando. Así que nada de ojeras, nada de cara de funeral. Por el estudio, ¿sí?

Renata cerró los ojos. Lo último que quería era una noche de flashes y sonrisas prestadas.

—Por el estudio —repitió, sin fuerza, y tomó el café solo para tener las manos ocupadas.

—Esa es mi maestra. —Ximena le apretó el hombro—. El estilista llega a las cinco. Yo me quedo aquí cuidando el fuerte. Tú ve y deslumbra.

El salón de belleza que Sebastián había reservado ocupaba una suite entera de un hotel de Reforma. A las siete, con el peinado listo y el maquillaje sellado, Renata salió del baño ajustándose el cierre lateral del vestido —seda color vino, escote discreto, un juego de joyas frías que, de paso, le cubrían las muñecas— y chocó de frente con un cuerpo tibio que la esperaba en el pasillo.

Un traje gris a cuadros, cortado como para un heredero. Un aroma que reconoció antes que la cara.

—Lucas —susurró, y trató de retroceder hacia la puerta.

Él la envolvió en un abrazo antes de que diera el paso. Para cualquiera que asomara al pasillo, dos enamorados robándose un instante; para ella, un cepo tibio del que no podía zafarse sin hacer ruido. Le habló al oído, la voz baja, casi tierna, y por eso más aterradora.

—Esta vez te me lanzaste tú a los brazos, preciosa. —Sonrió contra su sien—. No te suelto.

—Suéltame. —Le empujó el pecho con la palma abierta—. Alguien va a vernos.

—Que vean. —Pero la soltó, despacio, disfrutando cada segundo que ella tardó en respirar—. Nos vemos allá, Jenny.

Se fue silbando por el pasillo, las manos en los bolsillos, como un chico que va a una fiesta. Renata se quedó con el corazón golpeándole las costillas y las manos, otra vez, heladas.

En el auto camino a la gala se las frotó una contra la otra sin conseguir calentarlas. ¿Qué hacía él ahí? ¿Un traje así, en un salón así? Los muchachos que corregían viñetas en un estudio no vestían de alta costura ni esperaban a nadie en los pasillos de un hotel de Reforma. Algo no cerraba, y ese algo le apretaba el pecho como un puño. Pegó la frente al vidrio y miró pasar las luces de la ciudad, tratando de convencerse de que había sido una coincidencia, de que el estilista lo había citado ahí por casualidad, de que esa noche terminaría sin incendios. No lo creyó ni un segundo.

En la alfombra roja, Sebastián la esperaba en persona.

No mandó a Iker. Bajó del auto, cruzó los reflectores con esa calma de dueño del mundo y le tendió la mano ante todas las cámaras. Cuando ella se la dio, él frunció apenas el ceño.

—Tienes las manos como hielo. —Se las cubrió con las dos suyas—. ¿Estás nerviosa?

—Un poco.

—Estás preciosa. —Lo dijo bajo, solo para ella, y por un instante Renata olvidó todo lo demás—. No te separes de mí.

Entraron. El salón olía a flores caras y a dinero viejo. Los invitados se abrían a su paso, saludaban al licenciado Alcántara, elogiaban a su esposa. Renata sonreía, aceptaba copas que no bebía, dejaba que él le presentara nombres que no retenía. Y todo iba bien.

Hasta que un murmullo recorrió la sala como una corriente de aire frío.

En la puerta, bajo la luz principal, avanzaba el traje gris a cuadros. La prensa lo rodeó de golpe; los invitados se giraron uno tras otro. Alguien pronunció un apellido en voz baja y el apellido corrió de boca en boca hasta volverse un rumor sólido, un rugido contenido.

Lucas tomó el micrófono de la mesa del maestro de ceremonias como quien levanta una copa de la charola.

—No invitarme a la fiesta… —Su voz llenó el salón, dulce, envenenada—. Qué feo. Me duele.

El silencio se hizo de piedra. Junto a Renata, Sebastián no se movió un músculo, pero ella sintió cómo se le tensaba el brazo bajo la manga del saco.

—¿Quién es? —preguntó ella, sin aliento.

—El hijo de los Ferrer. —Sebastián no la miró; miraba al muchacho como se mira a un incendio—. El rival de siempre. Lucas.

El apellido cayó sobre Renata como una losa. Ferrer. No un pasante. No un muchacho de estudio. El heredero de un imperio que su marido había mencionado alguna vez, de pasada, con la voz apretada.

Lo que siguió pasó en una antesala, lejos de las cámaras.

Cuando Renata logró zafarse de la multitud y empujar la puerta, ya era tarde. Lucas estaba contra la pared, un hilo de sangre en el labio, limpiándoselo con el dorso de la mano y sonriendo como si le hubieran hecho un regalo. Sebastián estaba frente a él, la mandíbula de piedra, la respiración medida.

—Lárgate —dijo Sebastián.

—¿Ya me pegas y me corres? —Lucas escupió rojo a un lado, sin dejar de sonreír—. Qué anfitrión tan fino. —Entonces la vio a ella en la puerta y algo se le encendió en los ojos—. Ah, mira quién llegó. Que se quede. Que oiga con qué clase de hombre se casó.

—Cállate.

—Hipócrita de sangre fría. —La sonrisa se le cayó de golpe; debajo había odio puro, sin fondo—. Le sonríes a todo el salón y por debajo de la mesa mueves las manos sucias. Arruinaste Grupo Ferrer con maniobras que no te atreverías a decir en voz alta ante ninguna de esas cámaras. Y mi padre… —La voz le tembló una fracción de segundo—. Don Aníbal murió por eso. Se murió arruinado. Por ti.

El puño de Sebastián salió disparado.

—¡No! —Renata se lanzó y le clavó las dos manos en el brazo—. ¡Afuera hay prensa! ¡Te van a grabar!

El golpe se detuvo a un centímetro de la cara de Lucas. Un centímetro. Renata sentía el músculo del brazo de Sebastián vibrar bajo sus dedos, la furia entera del hombre concentrada en no cerrar esa distancia, en no darle al muchacho lo que el muchacho estaba pidiendo a gritos.

Muy despacio, Sebastián bajó el puño.

—La ruina de Ferrer la hizo tu padre él solo —dijo, la voz rasposa de tanto contenerla—. Yo me apiadé de ti. Te dejé una salida limpia.

Lucas se rió. Fue una risa horrible, hueca, que a Renata le erizó la nuca.

—¿Te apiadaste? —Se limpió la última gota de sangre del labio—. Con qué soberbia me diste por muerto cuando me mandaste al extranjero. —Ladeó la cabeza y su mirada, de pronto fría y calculadora, dejó de ser la de un chico herido para volverse la de otra cosa—. Y mira, hasta tengo que agradecerte esa soberbia, Sebastián. Al firmar aquel contrato ya dabas por hecho que me hundiría yo solo, allá lejos, y que nunca volverías a oír mi nombre… ¿verdad?

Dejó la frase colgando en el aire, como un cuchillo suspendido sobre la mesa que nadie se atrevía a tocar.

Renata, de pie entre los dos hombres, sintió que el suelo se abría bajo el vestido de seda.

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yeshua
Hola, es primera vez que leo algo así de bueno, seguiré leyendo cuando pueda/Smile//Smile//Applaud//Applaud/
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