Durante tres años, Adrián Montenegro entregó su corazón a una esposa que jamás dejó de amar a otro hombre. Mientras Valeria sacrificaba todo por su primer amor, él soportaba cada desprecio en silencio.
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Lo logramos...
La madrugada había llegado sin que nadie se diera cuenta.
En el piso cuarenta y dos del Grupo MTG, el reloj marcaba las tres y diecisiete de la mañana.
El silencio duró apenas unos segundos.
Entonces...
Un fuerte aplauso rompió la calma.
Después otro.
Y otro más.
En cuestión de segundos, toda la sala estalló en aplausos.
Algunos empleados se abrazaban.
Otros simplemente dejaban caer la cabeza sobre el escritorio, demasiado agotados para expresar la alegría que sentían.
Una joven programadora comenzó a llorar.
—Lo... lo logramos...
Su compañero sonrió con los ojos completamente rojos por el cansancio.
—Sí...
Lo logramos.
Durante cuatro días...
Nadie había vivido una vida normal.
Más de doscientas personas se habían convertido en una sola familia.
Adrián había dividido a todo el personal en grupos de diez integrantes.
Cada grupo tenía una misión específica.
Mientras unos corregían errores del sistema...
Otros diseñaban nuevas funciones.
Otro equipo reforzaba la seguridad.
Los especialistas en inteligencia artificial perfeccionaban los algoritmos.
Los diseñadores modificaban cada detalle visual.
Los abogados seguían preparando la estrategia legal.
Todos trabajaban al mismo tiempo.
Como una enorme maquinaria perfectamente sincronizada.
...
Las duchas del edificio nunca habían sido utilizadas tanto.
Los empleados se turnaban para bañarse rápidamente antes de volver a sus puestos.
Diez minutos.
Nada más.
Después regresaban al trabajo.
La cafetería permanecía abierta las veinticuatro horas.
Los cocineros servían café, sopa, sándwiches y platos calientes a cualquier hora.
Muchos ni siquiera se sentaban.
Comían mientras revisaban documentos o escribían líneas de código.
Dormían apenas treinta minutos.
Después sonaba la alarma.
Y volvían a empezar.
Nadie los obligaba.
Seguían allí porque aquel proyecto también era suyo.
...
Gabriel caminaba lentamente entre los escritorios.
Observó a una diseñadora completamente dormida sobre una carpeta.
A un ingeniero roncando con la cabeza apoyada en el teclado.
A dos programadores que seguían discutiendo una función mientras tomaban café.
Sonrió con tristeza.
—Parecemos un hospital de zombis...
Murmuró.
En ese momento apareció Adrián.
Llevaba una taza de café en cada mano.
Le entregó una.
Gabriel la recibió sin decir nada.
Ambos permanecieron observando a los empleados.
—Nunca había visto algo así...
Dijo Gabriel.
Adrián sonrió levemente.
—Yo tampoco.
—¿Sabes qué es lo increíble?
Gabriel señaló a los trabajadores.
—Después de todo lo que pasó...
Nadie renunció.
Adrián recorrió lentamente la sala con la mirada.
Su pecho se llenó de orgullo.
Aquellas personas podían haber buscado otro empleo.
Podían haberse rendido.
Podían haber culpado a la empresa.
Pero decidieron quedarse.
Y luchar.
Por eso...
Sentía que tenía la responsabilidad de protegerlos.
Costara lo que costara.
...
Horas después...
Las primeras luces del amanecer comenzaron a entrar por los enormes ventanales.
El Proyecto NÉMESIS...
Finalmente estaba listo.
No era exactamente el mismo que habían preparado durante meses.
Era mejor.
Mucho mejor.
Las nuevas funciones añadidas durante aquellos cuatro días convertían el sistema en una versión mucho más completa.
Muchos errores habían sido corregidos.
La seguridad era más robusta.
La velocidad había aumentado.
Y la inteligencia artificial era capaz de realizar procesos que antes ni siquiera estaban previstos.
Gabriel soltó un largo suspiro.
—Ahora solo falta que todo salga bien.
...
Aquella noche...
El hotel donde se celebraría el lanzamiento estaba completamente iluminado.
Periodistas de distintos países.
Empresarios.
Inversionistas.
Representantes de grandes compañías.
Todos ocupaban sus lugares frente al enorme escenario.
Las cámaras transmitían el evento en directo.
Detrás del escenario...
El ambiente era muy distinto.
Adrián terminaba de acomodarse la corbata frente al espejo.
Vestía un elegante esmoquin negro perfectamente confeccionado.
Su cabello estaba impecablemente peinado.
Desde lejos parecía el mismo empresario impecable de siempre.
Pero de cerca...
Las ojeras bajo sus ojos contaban otra historia.
Su rostro estaba más delgado.
Su expresión reflejaba noches enteras sin dormir.
Gabriel apareció ajustándose el saco.
También llevaba un elegante traje negro.
Intentó sonreír.
—Creo que nunca había estado tan cansado en mi vida.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Yo tampoco.
Gabriel lo observó unos segundos.
—¿Sabes qué?
Adrián levantó la mirada.
—Pase lo que pase esta noche...
Estoy orgulloso de este equipo.
Adrián asintió lentamente.
—Yo también.
Un asistente abrió la puerta.
—Señor Montenegro...
Cinco minutos para salir al escenario.
Ambos respiraron profundamente.
Era el momento.
Mientras caminaban por el pasillo, podían escuchar los aplausos del público al otro lado del telón.
Nadie imaginaba lo que aquellas personas habían vivido durante los últimos cuatro días.
Nadie sabía de las noches sin dormir.
De los baños por turnos.
De las comidas apresuradas.
De las lágrimas silenciosas frente a una pantalla.
De los empleados que habían dado todo por un sueño.
Adrián se detuvo un instante antes de salir.
Miró a Gabriel.
Luego volvió la vista hacia el equipo de MTG, que observaba desde un costado del escenario.
Muchos seguían con la ropa de trabajo.
Algunos apenas podían mantenerse en pie.
Pero todos sonreían.
Porque aquel lanzamiento no pertenecía a un solo hombre.
Pertenecía a cada persona que había decidido no rendirse.
El maestro de ceremonias anunció con entusiasmo:
—¡Con ustedes... el presidente del Grupo MTG, el señor Adrián Montenegro!
El telón comenzó a abrirse lentamente.
Miles de luces iluminaron el escenario.