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Posesión Asfixiante

Posesión Asfixiante

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.

Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.

Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.

¿O de salvarlo?

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12

Ojos nuevos

La primera vez que Héctor distinguió una forma, no dijo nada.

Valentina estaba de espaldas a él, sentada junto a la ventana de la suite médica, con la luz de la mañana cayéndole sobre los hombros. Habían pasado tres días desde la emboscada en Veracruz. Tres días de vendas, gotas, revisiones, mal humor contenido y médicos hablando en voz baja como si Héctor no pudiera oírlos aunque no pudiera verlos.

La noche anterior le habían retirado parte del vendaje.

Primero fueron manchas.

Sombras.

Dolor.

Después, al amanecer, el mundo empezó a volver por capas.

Héctor vio el borde de la ventana. El resplandor gris del cielo. El movimiento oscuro de una mano subiendo y bajando. El hilo que cruzaba entre dedos delgados.

Valentina.

No sabía que él ya podía verla.

Tenía el cabello recogido con un lápiz, la espalda ligeramente encorvada sobre una pieza de tela y la concentración cerrada en el rostro. Sobre sus piernas había un retazo de manta color hueso. Estaba cosiendo a mano porque la máquina no cabía en la suite y porque, según ella, "si una aguja y un hilo no alcanzan, el problema es de la mano".

Héctor la miró como quien aprende a respirar de nuevo.

No vio primero el monitor.

No vio a Rodrigo dormido en una silla junto a la puerta.

No vio la ciudad.

La vio a ella.

Y se quedó quieto, porque moverse podía romper el momento.

Valentina sostuvo la tela hacia la luz, revisó una puntada y frunció el ceño. Ese gesto pequeño le produjo una presión absurda en el pecho. Había visto millones moverse con miedo delante de él. Había visto hombres mentir, rogar, obedecer. Pero Valentina cosía como si el mundo fuera reparable siempre que una encontrara el hilo correcto.

—Esa puntada quedó chueca —dijo él.

Valentina se giró tan rápido que el lápiz se le cayó del cabello.

—¿Qué?

Héctor parpadeó. La imagen se distorsionó un segundo, se volvió líquida, luego regresó. Su rostro apareció más claro: ojos abiertos, boca temblando, ojeras de tres noches sin dormir.

—La puntada —repitió—. La tercera desde la esquina.

Valentina dejó la tela en la silla y se acercó a la cama.

—¿Me ve?

—Sí.

La palabra salió más baja de lo que quería.

Ella levantó dos dedos.

—¿Cuántos?

—Dos.

—¿Y ahora?

—Siguen siendo dos. No te emociones, no perdiste dedos.

La risa de Valentina se quebró a la mitad.

Luego lloró.

No como la noche de la bala. No como en el restaurante con Ivanna. Esta vez se tapó la boca con una mano y las lágrimas le salieron sin permiso, rápidas, silenciosas, casi avergonzadas.

Héctor levantó una mano.

Valentina la tomó antes de que él terminara de buscarla.

—No llore —dijo, y la frase le salió torpe.

Ella soltó una risa mojada.

—Usted casi se queda ciego y me pide que no llore.

—No me quedé ciego.

—Porque el hilo rojo funcionó.

—Porque los médicos hicieron su trabajo.

—Y el hilo.

—Y el hilo —aceptó.

Rodrigo despertó con el movimiento, vio a Héctor sin venda completa y se puso de pie de golpe.

—Señor.

—No grites.

—No grité.

—Pensaste en gritar.

Rodrigo miró a Valentina.

—¿Está viendo?

—Lo suficiente para criticar mis puntadas —dijo ella.

Rodrigo dejó salir el aire por primera vez en días.

—Entonces está mejor.

El médico confirmó lo que el cuerpo de Héctor ya sabía: la visión volvía, irregular pero real. Debía evitar luz intensa, pantallas largas y esfuerzos. Nada de operaciones, nada de leer documentos durante horas, nada de discutir con medio país por teléfono.

—Eso último lo agregué yo —dijo el médico, sin mirar a Héctor directamente.

Valentina cruzó los brazos.

—Me parece razonable.

—No estoy incapacitado —dijo Héctor.

—Está convaleciente —respondió ella—. Palabra elegante para "si se porta como idiota, lo vuelven a vendar".

Rodrigo tosió.

El médico fingió escribir algo.

Héctor decidió que recuperar la vista no significaba recuperar autoridad de inmediato.

Volvieron a CDMX esa tarde.

El penthouse le pareció distinto a Valentina cuando entró. No porque hubiera cambiado. Seguía siendo mármol, cristal, silencio caro. Pero después de Veracruz, después de verlo sentado en una cama sin poder medir la puerta, las paredes ya no parecían invencibles.

Héctor caminaba más despacio, con lentes oscuros y el hilo rojo todavía atado bajo el puño. Fingía no necesitar ayuda. Valentina fingía creerle solo cuando no había escalones.

—No vaya al despacho —le advirtió.

—Necesito revisar reportes.

—Necesita sentarse.

—Puedo hacer ambas cosas en mi despacho.

—Héctor.

Él se detuvo.

El nombre, dicho así, sin rabia, le funcionó mejor que una orden.

—Cinco minutos —negoció.

—Cero.

Consuelo apareció desde el pasillo con una sonrisa demasiado inocente.

—El doctor dijo reposo.

Rodrigo, detrás de ella, agregó:

—Y dejó instrucciones por escrito. Tres copias.

Cascabel levantó una desde el otro extremo de la sala.

—Yo tengo la mía.

Héctor miró a todos con la paciencia rota de un hombre traicionado por su propio equipo.

Valentina casi se rió.

—Hay otra cosa —dijo él.

—Si es un reporte, no.

—No es un reporte.

La llevó por un pasillo que Valentina no había recorrido desde el primer día. Cascabel los siguió a distancia. Rodrigo también, hasta que Héctor le lanzó una mirada y él se detuvo con una dignidad herida.

La puerta doble al final del pasillo estaba cerrada.

Héctor puso la mano en el lector.

—Antes era una sala de juntas que nunca usaba.

—¿Y ahora?

La puerta se abrió.

Valentina se quedó sin voz.

El espacio era enorme, con ventanales orientados al norte para que la luz entrara pareja, mesas de corte, máquinas industriales, maniquíes en varias tallas, cajoneras llenas de hilos, rollos de tela acomodados por color, lámparas, espejos, una pared de corcho para bocetos y una biblioteca baja con libros de patronaje, historia textil y moda latinoamericana.

Había lino, seda, manta, algodón, encajes, tiras bordadas a mano, tenangos, textiles de Oaxaca protegidos en fundas de tela.

No era un rincón para entretener a una cautiva.

Era un estudio.

Profesional.

Suyo.

Valentina dio un paso y se detuvo como si el piso pudiera reclamarle algo.

—¿Por qué?

Héctor se apoyó apenas en el marco de la puerta. Todavía estaba pálido. Todavía debía estar en cama. Aun así, la miraba como si hubiera esperado días solo para ver esa reacción con sus propios ojos.

—Porque coser no es un pasatiempo para ti.

Ella tocó la mesa de corte.

—Esto cuesta una fortuna.

—Tengo una fortuna.

—No es chistoso.

—No era chiste.

Valentina lo miró con lágrimas nuevas. Estas no venían del miedo. Eso la desarmó más.

—No sé qué hacer con esto.

Héctor entró despacio, cuidando no exponerse demasiado a la luz.

—Sí sabes.

—Héctor...

—Ahora hazlo en serio.

Las palabras le abrieron el pecho.

Por primera vez desde que lo conocía, Valentina lloró sin rabia, sin terror, sin sentirse acorralada. Lloró con una mano sobre la mesa y la otra apretando una tira bordada, porque alguien había visto en sus manos no una forma de entretenerla, sino una vida posible.

Héctor no la abrazó de inmediato.

Esperó.

Cuando ella dio un paso hacia él, entonces sí la sostuvo.

Más tarde, cuando las lágrimas dejaron de estorbarle la vista, Valentina tomó la pieza que había empezado en Veracruz y la montó sobre un maniquí. El bordado oaxaqueño ya no era adorno. Cruzaba la tela moderna como una raíz visible, fuerte, elegante.

Héctor la observaba desde una silla, con lentes oscuros y una obediencia médica muy dudosa.

Valentina levantó el vestido a medio terminar.

—¿Quieres ver lo que puedo hacer?

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