Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
Entonces conoce a Esther Molina.
Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.
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Celos - +18
El traje gris de tres piezas me devolvía la imagen del director implacable, pero por dentro era un volcán en erupción. Desde la noche en el hospital, el orden de mi vida se había ido al demonio. Había visto a Esther vulnerable, rota por el miedo, y el instinto de protegerla se me había metido bajo la piel como un veneno adictivo. Me repetía a mí mismo que solo era el trato, que solo me importaba su cuerpo, pero la verdad me golpeó de frente a mitad de la tarde.
Iba cruzando el pasillo del ala norte hacia el departamento de logística cuando los vi.
Esther estaba de pie junto al carrito de limpieza, vistiendo el uniforme azul que yo mismo había provocado que usara. A su lado, un empleado joven del área de facturación —un tipo con demasiada gomina en el cabello y una sonrisa estúpida— se inclinaba hacia ella, invadiendo su espacio. Pude ver cómo el idiota le decía algo al oído, haciéndola sonreír con timidez, mientras su mano rozaba «accidentalmente» el brazo de Esther.
La sangre me hirvió en las venas. Una furia ciega, posesiva y salvaje me nubló la vista. Mis manos se cerraron en puños dentro de los bolsillos del pantalón de vestir. Sentí el impulso primitivo de caminar hacia ellos, estampar al tipo contra la pared y recordarle a todo el maldito edificio a quién le pertenecía cada centímetro de esa mujer. Ella era mi vía de escape, mi pacto de carne, mi adicción clandestina. Nadie más tenía derecho a mirarla.
Pasé por su lado como una ráfaga de viento helado, sin mirarlos, pero soltando una orden cortante:
—Señorita Molina, cuando termine ahí, lleve los informes de mantenimiento a mi oficina privada. Ahora.
No esperé respuesta. Regresé a mi despacho, me quité el saco de un tirón y me desabroché los dos primeros botones de la camisa, sintiendo que el aire me faltaba. Los celos corporativos eran una mierda ridícula, pero me estaban destrozando el maldito control.
Diez minutos después, la puerta se abrió. Esther entró, cerrando despacio detrás de ella. Traía una carpeta en las manos, pero en cuanto vio mi rostro, sus ojos almendrados se abrieron de par en par, detectando el peligro inmediato.
—Aquí están los...
No la dejé terminar. Avancé hacia ella con pasos felinos, le arrebaté la carpeta de las manos, arrojándola al suelo donde los papeles se esparcieron, y la tomé del brazo para arrastrarla hacia la puerta. Giré la llave con un *clic* rotundo y deslicé el pestillo de seguridad. Estábamos encerrados. Aislados del resto de la empresa.
—¿Qué te pasa, Julián? Estás loco, alguien puede... —su susurro apresurado fue ahogado cuando la tomé de la cintura y la empujé contra la superficie lisa y fría de mi enorme escritorio de caoba.
—¿De qué te reías con ese imbécil en el pasillo? —siseé, acorralándola con mi cuerpo, atrapando sus manos a los costados de sus caderas. Mi respiración agitada golpeaba su rostro. Mis ojos grises devoraban los suyos, inyectados de una posesividad rabiosa—. ¿Te gusta que te coquetee? ¿Te gusta que te toque?
Esther jadeó, y vi cómo su pulso se disparaba en la base de su garganta. El miedo inicial en su mirada se transformó rápidamente en esa chispa de atracción magnética y desafiante que me volvía loco. Sus pezones se marcaron bajo la tela del uniforme, delatando que mi furia, lejos de alejarla, la estaba encendiendo por dentro.
—Él solo estaba siendo amable, Julián... Tú y yo tenemos un trato, no tienes derecho a reclamarme celos —provocó, con la voz entrecortada, alzando la barbilla.
—Tengo todo el maldito derecho cuando me estás volviendo loco —respondí con voz ronca, rota por la contención.
Me incliné y atrapé sus labios en un beso salvaje, rudo, cargado del castigo de mis celos y de la necesidad acumulada. Esther gimió contra mi boca, pero en lugar de apartarse, enredó sus piernas alrededor de mis muslos, respondiendo al beso con la misma intensidad destructiva. Mis manos bajaron a la tela azul de su uniforme, subiéndola con urgencia hasta su cintura, desgarrando la lencería que se interponía entre nosotros.
La empujé por completo sobre el escritorio, haciendo que varios bolígrafos de plata rodaran al suelo. Me deshice de mi cinturón con manos torpes por la prisa, liberando la imponente dureza de mi deseo que reclamaba su territorio.
Sosteniéndole la mirada, para que supiera exactamente a quién le pertenecía, me hundí en ella de una sola estocada profunda y violenta.
Esther arqueó la espalda, soltando un gemido agudo que ahogué estrellando mis labios otra vez contra los suyos. El contraste de su calor envolviéndome y el estrés de mis celos desató un ritmo frenético, posesivo y sin control. El escritorio crujía con cada uno de mis impactos salvajes. Ella me arañaba la espalda por debajo de la camisa, entregada por completo al placer prohibido y sucio de nuestra adicción en plena jornada laboral.
Fuimos más allá del límite, devorándonos hasta que el clímax nos partió en dos en un espasmo violento que me hizo rugir contra su cuello mientras la llenaba de mi calor. Nos quedamos allí, jadeando sobre la caoba, con el pecado sellado en las paredes de mi oficina y la certeza de que los celos habían destruido la última regla que nos quedaba.