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Escuchar Al Corazón

Escuchar Al Corazón

Status: Terminada
Genre:Niñero / CEO / Padre soltero / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.

NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Amar a ciegas

La mañana del sábado amaneció con un cielo limpio y despejado después de la intensa tormenta de la noche anterior. Los rayos del sol se colaban por las cortinas de mi habitación, iluminando la suave alfombra de la recámara de Jonathan. Sin embargo, mi mente estaba atrapada en un torbellino de emociones completamente nuevo.

Me quedé sentada en el borde de la cama, sosteniendo mi taza de manzanilla tibia entre las manos. Durante más de diez años, mi don de telepatía había sido mi escudo protector, mi brújula para entender el mundo y mi forma de anticipar los pasos de la gente. Jamás me había fallado. Podía escuchar los pensamientos de cualquier persona a metros de distancia, desde el vecino fastidiado por el tráfico hasta los chistes internos del Chef Gastón en la cocina.

Pero con Carlos... las cosas eran distintas.

Me llevé los dedos a los labios, recordando el roce cálido y apasionado de su beso bajo la lluvia. Fue en ese preciso instante cuando me di cuenta de la lección más grande de mi vida. Mi don no se había roto por un fallo o un castigo; simplemente se había aplicado la regla más pura de la mente humana.

Comprendí que cuando amas a alguien de verdad, con el alma y sin reservas, el universo impone una barrera sagrada de respeto. El verdadero amor no necesita espiar ni violar la intimidad del otro para sostenerse. La telepatía se apagaba porque para amar a un hombre adulto no se requieren poderes ni atajos mágicos: se requiere confianza, comunicación real y la valentía de descubrirlo día a día a través de sus palabras y sus actos.

Saber eso me daba pánico, pero al mismo tiempo me producía una emoción gigantesca.

Estaba totalmente al desnudo. Ya no podía adivinar si Carlos estaba estresado antes de que me lo dijera, ni podía saber qué estaba pensando cuando me miraba en silencio. Ahora tenía que aprender a ser una chica común y corriente en su primera historia de amor real. Tendría que descifrar el significado de sus sonrisas, el tono de su voz, la forma en que se rascaba la nuca cuando estaba nervioso y la chispa brillante en sus ojos oscuros.

Iba a tener que aprender a amar a ciegas.

Cerca de las nueve de la mañana, acomodé a Jonathan en su mameluco amarillo y bajamos a la planta baja. La casa olía al café recién hecho de la mañana y al panecillo caliente que Gastón preparaba con tanto entusiasmo.

Carlos estaba sentado en el gran comedor, revisando unas impresiones en su tableta digital. Llevaba una camisa blanca casual y el cabello ligeramente despeinado. Al escuchar nuestros pasos en la escalera, levantó la mirada de inmediato.

Por costumbre, mi mente intentó enviar una pequeña sonda para escuchar su pensamiento. Pero de nuevo, solo encontré un silencio cálido y hermoso, una tranquilidad absoluta que me obligó a sonreír con timidez.

—Buenos días —dijo Carlos, poniéndose de pie de inmediato para acercarse a nosotros.

—Buenos días —respondí, sintiendo que un rubor suave me encendía las mejillas.

Carlos tomó a Jonathan en sus brazos, llenándolo de cosquillas en la pancita que hicieron soltar al bebé una carcajada contagiosa. Luego, aprovechando que Ernesto estaba afuera regando el jardín y Gastón no salía de la cocina, Carlos se inclinó hacia mí y me dio un beso dulce y rápido en la mejilla, justo cerca de la comisura de los labios.

—¿Cómo amanece la chica más hermosa de esta casa? —susurró con una voz suave que me hizo dar un vuelco al corazón.

—Muy bien... un poco despeinada, pero feliz —contesté en un hilo de voz, maravillándome de cómo un simple gesto real podía hacerme temblar tanto sin necesidad de leer su mente.

—Tenemos que ser discretos por un tiempo —dijo Carlos, mirándome con complicidad mientras le acomodaba el cuello a mi blusa—. No quiero que los medios de comunicación o los chismosos del mundo corporativo empiecen a inventar rumores sobre ti o sobre Jonathan. Quiero proteger lo nuestro a toda costa.

—Estoy totalmente de acuerdo —asentí sonriendo—. Un romance secreto suena como una aventura muy interesante.

Y vaya que lo fue.

A partir de ese día, la mansión Monterrey se convirtió en el escenario de un juego hermoso y clandestino. Mantener la fachada de "el señor Monterrey y la niñera Montiel" frente a las visitas o la gente de afuera era el reto diario, pero entre las paredes de la casa, nuestros sentimientos encontraron mil formas creativas de manifestarse.

Como ya no podía leer la mente de Carlos para saber qué sentía, él comenzó a demostrármelo con detalles tangibles que me derretían el alma.

El martes por la tarde, cuando fui a cambiar al bebé en su habitación, encontré una pequeña nota de papel amarillo doblada cuidadosamente dentro de la bolsa del mameluco limpio de Jonathan. La abrí con el corazón batiéndome a mil por hora.

La letra de Carlos era elegante y firme:

*«Gracias por traer la luz de vuelta a esta casa. Hoy la junta de las dos de la tarde fue aburridísima, pero me la pasé imaginando tu sonrisa todo el tiempo. Te veo a las ocho en la terraza. C.»*

Se me escapó un suspiro de niña enamorada. Tomé un lápiz de la mesa de noche y le contesté en el reverso del papel:

*«Prometo esperarte con una taza de té y dos sonrisas. Sigue trabajando duro, jefe. A.»*

Aprovechando que Carlos había dejado su saco oscuro sobre el perchero del recibidor antes de subir a lavarse las manos, me deslicé como una espía experta y dejé la notita en el bolsillo interior de su traje.

Diez minutos después, desde la puerta de la cocina, vi cómo Carlos metía la mano a su bolsillo para buscar sus llaves y encontraba el papelito. Observé detalladamente su reacción sin usar mi don: vi cómo sus cejas se elevaban con sorpresa, cómo sus labios se curvaban en una sonrisa enorme y genuina, y cómo sus ojos buscaban los míos a través del pasillo con una mirada cargada de un amor infinito. No necesité telepatía para saber que su corazón latía al mismo ritmo que el mío.

Las miradas cómplices en el comedor se volvieron nuestra especialidad. Cuando el Chef Gastón servía la comida y se ponía a hablar emocionado sobre sus recetas parisinas, Carlos y yo nos buscábamos con la mirada sobre la mesa, intercambiando sonrisas disimuladas y roces de pies por debajo de la mantelería que me hacían sofocar la risa.

El miércoles por la noche, mientras Jonathan dormía plácidamente, nos reunimos en el jardín trasero. Nos sentamos en la banca de madera bajo la sombra del gran árbol de jazmines.

Carlos me rodeó los hombros con su brazo, pegándome a su costado mientras mirábamos las estrellas.

—¿Sabes algo, Ariana? —murmuró Carlos, acariciándome el brazo con ternura—. Antes pensaba que era un hombre indescifrable. La gente en mi trabajo siempre me decía que era un libro cerrado, que nadie podía saber lo que pasaba por mi cabeza.

—Bueno... la verdad es que al principio dabas un poco de miedo con esa cara de jefe enojado —bromeé, recostando mi cabeza en su pecho.

Carlos soltó una carcajada baja y limpia que me vibró en el oído.

—Quizás era verdad —admitió con humildad—. Pero contigo es diferente. Conmigo no tienes que adivinar nada. Si estoy feliz, te lo voy a decir. Si tengo miedo, te lo voy a confesar. Y si te amo, te lo voy a repetir cada segundo de mi vida.

Sus palabras me llenaron los ojos de lágrimas de felicidad. Tenía toda la razón. Amar a ciegas no significaba estar a oscuras; significaba aprender a ver con los ojos del corazón. No necesitaba escuchar sus pensamientos porque sus acciones hablaban más fuerte que cualquier voz en mi cabeza.

Nos besamos despacio bajo el aroma a jazmines del jardín, rodeados por la paz de la noche. El misterio de no saber exactamente lo que pensaba hacía que cada beso, cada abrazo y cada palabra compartida se sintiera mil veces más emocionante y real.

El don con el que había nacido me había ayudado a llegar hasta esa casa y a proteger a las personas que quería, pero el amor de verdad —ese que no usa trucos ni atajos— era el regalo más maravilloso que jamás hubiera podido desear.

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Sandra Vielmas
serían 6 meses no un año. porque el niño tenía 6 meses cuando ella se hizo cargo de el...
Sandra Vielmas
muy bonita historia pero muchas inconsistencias con las fechas. Y no me gustó el final
Sandra Vielmas
pues gracias a ese don te salvó de la ruina. cucaracho
Sandra Vielmas
pero autora no ha pasado ni un mes y ya están enamorados🤔
Sandra Vielmas
como le va a explicar ella, como lo supo...
Sandra Vielmas
esta muy lastimado. además apenas son 6 meses...
Sandra Vielmas
Valeria. quien la contactó la amiga de el va a ponerse celosa y será la villana del cuento🤔
Sandra Vielmas
es difícil convivir con alguien que te gusta...
Daiana Martínez
hermosa novela
Luna del Mar
Buena historia
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