Salvatore Greco nunca tuvo problemas con la tentación.
Hasta que una mujer que no lo necesita se cruza en su camino.
Elira Rama es una sobreviviente.
No cree en rescates ni en promesas. Ha pasado su vida cuidando a otros y luchando por no perder el control de la suya.
Mientras él intenta protegerla y mantenerla a salvo, ella lucha por no depender de nadie.
Y cuando el deseo, el pasado y la ambición chocan, ambos deberán decidir si la tentación es una promesa… o una condena.
Porque no todas las mujeres quieren ser rescatadas.
Y no todos los capos sobreviven a aquello que no pueden dominar.
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Rechazo
Elira
Bajo del escenario, cuando ya todos los hombres están rogando por mi atención, después de tentarlos con un baile lento y sensual, que los tiene jadeando como perros dispuestos a matar por un poco de agua.
Por un poco de mí.
Lucho para evitar la mirada, que me llama desde las sombras. Lucho para ignorarla, como lo he hecho esta última semana.
Son ellos los que vienen a mí. No al revés.
Son ellos los que necesitan mi atención.
Son ellos lo que me desean con locura.
Sin embargo, esa mirada brilla desde la oscuridad, atrayéndome de una forma que no creí posible hasta ahora.
Dejo que las manos del hombre se recreen en mi trasero mientras sus dedos dejan billetes de cien euros en cada rincón que puede acariciar. Me subo a su regazo y beso su cuello con la mirada fija en la oscuridad, que sigue llamándome.
Ven, pienso.
Ven y tócame, ruego con fervor, pero nada ocurre.
Esa mirada no actúa, observa en silencio.
Y me está desquiciando.
Katrina no ruega por ningún hombre. Nunca. Son ellos los que ruegan por mi atención y necesito que él lo haga.
Me bajo del regazo del hombre mayor, ignorando sus dedos que se aferran a mi brazo con fuerza.
–Tienes que aprender a compartir –le susurro antes de zafarme de su férreo agarre.
Sigo bailando y jugando con todos los que se acercan con dinero en sus manos. Para esto bailo. Para ver su admiración y lo que están dispuestos a pagar por unos segundos de mi atención.
Pero no él.
Él no se acerca. Aunque llevo días rogándole con la mirada que lo haga, y yo nunca ruego, menos por un hombre.
Sigo caminando, por instinto, hacia las sombras, siguiendo el hilo de calor que me empuja a ese hombre que ahora puedo ver recostado contra uno de los pilares. Sus brazos están cruzados y su rostro sigue en las sombras.
Distante.
Misterioso.
Fatalmente atractivo.
Avanzo ignorando las manos y los euros. Avanzo hasta poder verlo en la luz.
Una sonrisa perezosa rompe mi rostro cuando veo su atractivo. Sus brazos son enormes y sé que podría quebrar el cuello de cualquier persona con apenas unos movimientos. Es alto, muy alto, y su cuerpo es fuerte. Pero eso no es lo mejor, lo mejor son sus ojos. Dos zafiros que brillan con desafío.
Hay algo diferente en él. Algo que por unos segundos me deja paralizada.
Su mirada es una demanda. Una advertencia.
Soy suya.
No importa cuántas manos me hayan tocado esta noche. No importa cuántas pollas haya sentido contra mi trasero. Nada importa, porque no le pertenezco a ninguno de ellos.
Le pertenezco a él.
Lo siento en lo más profundo de mi estómago.
Comienzo a bailar frente a él, nerviosa por primera vez en mi vida. Enredo mis brazos en su cuello y me pego a su cuerpo, que arde contra mi piel. Generalmente no toco, son ellos los que buscan el contacto, pero este hombre sigue de brazos cruzados con sus ojos demandando, exigiendo.
Un temblor abandona mi cuerpo cuando me pego más a su cuerpo y logro que sus brazos me tomen la cintura. El calor sube por mi pecho hasta quemar mi garganta para luego bajar hasta mi bajo vientre.
Los brazos que antes me ignoraban ahora me pegan a su cuerpo y un suspiro abandona mis labios cuando lo siento duro.
Sus manos están vacías, no hay ni un euro en ellas, y sé que probablemente debería abandonarlo y buscar otras manos que tengan lo que necesito, pero no puedo, porque son estas manos las que me llenan de una forma que el dinero nunca podrá hacerlo.
La música termina y escucho el lamento de los hombres que perdieron la posibilidad de mi toque, pero no desvío la mirada a ellos.
Me subo sobre sus pies y me inclino hasta alcanzar su oído.
–Ven a mi camerino –le pido, y luego muerdo el lóbulo de su oreja y succiono con fuerza.
Sus manos se tensan en mi cintura antes de soltarme por completo.
No responde. No asiente.
Pero me mira, y eso es más que suficiente.
Me alejo y me obligo a no mirar atrás aunque todo en mí quiere hacerlo. Es casi doloroso alejarme de ese hombre. Antinatural. Sin embargo, lo hago. No solo, porque una de mis compañeras ya está esperando su turno, sino, porque tengo la pequeña esperanza de que me siga y entre a mi camerino.
Llego detrás del telón sin despedirme de los hombres. Sin un guiño amable o una sonrisa prometiéndoles el paraíso. Solo salgo de escena.
–Si un hombre alto de ojos azules quiere pasar a mi camerino, déjalo –le pido a Tony, quien asiente antes de ayudar a mi compañera a amarrar en su espalda la parte alta de un diminuto peto, que apenas cubre sus enormes pechos.
Me siento frente al espejo y mis manos sostienen el paño húmedo para quitarme el maquillaje, pero algo me detiene.
No quiero que él me vea sin maquillaje. Quiero que admire mi belleza y enloquezca como los demás lo hacen.
–Katrina.
La voz eriza la piel de mi espalda y me giro de inmediato. Dispuesta y ansiosa.
–¿Por qué estoy aquí? –pregunta con los brazos cruzados y su ceja alzada. Como si fuera el dueño del mundo.
El dueño de mí.
Me levanto y me acerco a su lado, sin dejar de sonreír, feliz de que haya venido.
–Vienes cada noche –empiezo mientras enredo una de mis manos en su cabello y juego con él mientras la otra se recrea en el crecimiento de su barba–. Nunca te acercas, pero me miras.
–Es lo que todos hacen –devuelve.
–No así. No como tú lo haces –replico–. Ellos no me hacen sentir que les pertenezco.
–¿Y yo sí? –pregunta curioso mientras sus labios se elevan en una sonrisa, que no se forma del todo.
Asiento y acaricio mis labios contra su barbilla. Inhalo el olor de su piel y me permito una debilidad. Un error. Rompo una de mis reglas.
Enredo mis dedos en el cabello de su nuca y bajo su rostro al mío.
Sus labios ardientes chocan contras los míos y un suspiro tembloroso abandona mi boca. Miro sus pupilas, que comienzan a oscurecerse mientras pruebo su labio inferior.
–Ah –suspiro cuando siento el sabor con la punta de mi lengua.
Tentador. Peligroso. Mío.
No hace nada. No me devuelve el beso, pero tampoco me aparta. La inseguridad asoma su cabeza, algo que nunca me ha pasado antes, pero la empujo lejos.
Soy Katrina. Soy el objeto de deseo de todos los hombres.
Puedo tener a quién yo quiera y esta noche lo quiero a él.
Lo beso jugando con sus labios, esperando que haga un movimiento, pero imagino que me hará rogar.
Lo que sería una primera vez para mí.
–¿Por qué luchas? –le pregunto.
–Porque no eres ella –responde sujetando mi cabello con fuerza y arrinconándome contra la pared en un movimiento que me hace jadear. Su nariz se hunde en mi cuello y su gruñido me provoca un escalofrío que baja desde mi nuca hasta las puntas de mis pies–. Podría jurar que ni siquiera hueles igual –masculla–. No hueles a jazmín, hueles dulce y picosa, como una manzana madura con un poco de pimienta. No hueles a jazmín ni a inocencia, hueles a mi perdición –sisea.
–Puedo ser quién tú quieres que sea –susurro contra sus labios, implorante–. Puedo ser tu fantasía esta noche. Puedo cumplir tus deseos más oscuros, esos que no te atreves a conversar ni siquiera contigo mismo –le imploro mientras su mirada se clava en mis labios–. Por favor –agrego con un toque de desesperación.
Si ese hombre no me besa algo se romperá dentro de mí.
–A la mierda –masculla antes de empujarme más contra la pared y adueñarse de mis labios. Los labios que le pertenecen, que siempre lo han hecho.
Mis ojos se cierran y mi mundo explota en colores. Fragmentándose en destellos vibrantes y calientes. Tan calientes como nuestros cuerpos y jadeos.
Su lengua se abre paso a mi boca y suspiro cuando me besa, apoderándose de cada parte de mí. Me somete a su ritmo y a su sabor a deseo y peligro. Es un beso violento, ansioso, y no lo quiero de otra manera.
Mi cuerpo se derrite y se humedece a una velocidad que no creí posible.
Sus manos bajan de mi cabello a mi cintura, pegándome más a su cuerpo, para luego seguir bajando a mi trasero.
Muchas manos me han tocado así, pero nunca sentí esto. Nunca sentí este calor y este deseo quemando el oxígeno a mi alrededor.
Nunca sentí tanto.
Sus labios dejan mi boca y succionan la piel de mi cuello. Dejo caer mi cabeza hacia atrás, dándole acceso, dándole todo lo que quiera tomar de mí.
Tomo su mano y la llevo hasta mi coño, que gotea por él.
Me acaricia sobre la tela, pero necesito más.
–Quiero más –digo entre jadeos–, quiero sentir el calor de tu piel. Quiero follarte hasta que mis piernas no respondan.
El hombre que me tiene en un trance, se congela antes de sujetar mi barbilla y pegar sus labios a los míos, alejando sus talentosas manos de mi cuerpo.
–Ella nunca diría algo así –masculla furioso conmigo y con él mismo–. No eres ella y nunca podrás serlo –agrega antes de alejarse.
–Vas a volver –digo, ignorando el dolor en mi pecho.
–Lo haré –devuelve desde la puerta–. Pero no por ti, lo haré por ella. Siempre esperaré por ella –susurra antes de desaparecer.
Mi pecho duele y me obligo a sentarme. Nadie me había rechazado antes.
Duele. Duele demasiado.
Me obligo a tomar la toalla desmaquillante, necesitando desaparecer.
Cuando el maquillaje abandona mi piel.
Desaparezco.
❤️🩹🥲🥹
ojalá no deje que la otra vuelva, ya es hora de que disfrute su vida a su manera y con Salvatore que la ama