Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.
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Capítulo 11: La defensa del caballero
La noche del jueves cayó sobre Londres como un manto pesado de terciopelo gris, arrastrando consigo una llovizna persistente que empañaba los cristales de la mansión Vance. En su habitación, Mei Zhang contemplaba la hilera de luces amarillentas de la calle a través del ventanal. En su regazo descansaba la carpeta con los documentos de su investigación, la misma que el comité de ética había puesto bajo sospecha.
A pesar de la aparente calma que había mostrado frente a Adrian en el coche, su mente no descansaba. El ajedrez intelectual que jugaba contra Victoria Sterling no permitía el más mínimo error. Sabía que las cuarenta y ocho horas otorgadas por el decanato eran un desierto estrecho donde cualquier paso en falso la arrojaría al abismo de la expulsión y la deportación.
El sonido de su teléfono móvil rompió el silencio de la estancia. En la pantalla iluminada apareció un número que no tenía registrado, pero que reconoció de inmediato por el patrón de los dígitos. Era Julian Sterling.
Mei observó el aparato durante tres timbres exactos antes de deslizar la pantalla para responder. Su voz, al contestar, fue un susurro desprovisto de cualquier emoción:
—¿Sí?
—Mei, qué alegría que me atiendas —la voz de Julian fluyó a través de la línea, cálida, aterciopelada y con ese tono de perfecta seguridad que caracterizaba a los hombres de su estatus—. Sé que es tarde y que debes estar pasando por un momento sumamente complicado. Me he enterado de lo que ha sucedido en la universidad. Es una absoluta injusticia.
Mei se enderezó en su asiento, entornando los ojos.
—La información vuela muy rápido en los círculos de la City, señor Sterling. La notificación del decanato apenas se emitió hace unas horas.
—Por favor, dime Julian. Y sí, en Londres todo se sabe cuando se tienen los contactos adecuados —respondió él con una risita suave—. Pero no te llamo para hacer especulaciones. Estoy muy preocupado por ti, Mei. Sé perfectamente que eres incapaz de cometer una falta a la integridad académica. Tu mente es brillante; lo vi con mis propios ojos durante la cena. Por eso, me niego a quedarme de brazos cruzados mientras ese comité de burócratas destruye tu futuro. Quiero ayudarte.
Mei guardó un segundo de silencio, analizando el tono de su interlocutor. Había una vibración casi imperceptible en la voz de Julian, una prisa oculta detrás de su caballerosidad que encendió todas las alarmas de su intuición.
—¿Ayudarme? ¿Y cómo planea hacer eso, Julian? —preguntó ella, acentuando sutilmente su nombre.
—No por teléfono, Mei. Es un asunto sumamente delicado que involucra a miembros muy influyentes del patronato de la universidad. ¿Podríamos vernos ahora mismo? Conozco un club privado muy discreto en Mayfair, el Conduit. Nadie nos molestará allí y podremos hablar con total libertad. Enviaré un coche a buscarte de inmediato.
Mei miró la hora en el reloj de pared. Eran casi las nueve de la noche. Salir a esas horas de la mansión levantaría las sospechas de los hombres de Adrian, pero sabía que quedarse con la duda de qué pretendía Julian era un lujo que no podía permitirse. Si el hermano de Victoria sabía algo, ella necesitaba extraer esa información antes de la audiencia del viernes.
—No es necesario el coche, Julian —respondió Mei con firmeza—. Tomaré un taxi y estaré allí en media hora.
Un refugio de sombras y caoba
El Conduit era el epítome de la exclusividad británica. Escondido detrás de una fachada georgiana sin letreros en una de las calles más tranquilas de Mayfair, el club albergaba a diplomáticos, políticos y herederos de grandes fortunas. Cuando Mei cruzó el umbral, el aroma a cuero viejo, cera de abejas y tabaco de pipa la envolvió de inmediato.
Un recepcionista de librea la guió por un laberinto de pasillos con alfombras que amortiguaban cada pisada, hasta llegar a un reservado en el segundo piso. Allí, junto a una chimenea donde el fuego crepitaba perezosamente, la esperaba Julian Sterling.
Vestía un traje gris de tres piezas sin corbata, con el cuello de la camisa ligeramente abierto. Al ver entrar a Mei, se levantó de inmediato, su rostro iluminándose con una expresión de genuino alivio y devoción que habría parecido enternecedora para cualquiera que no conociera la naturaleza de su familia.
—Mei, gracias por venir —dijo Julian, acercándose para tomar su mano con una delicadeza que ella esquivó sutilmente, ofreciéndole en su lugar una reverencia formal—. Estás hermosa, a pesar de la tormenta que te rodea. Por favor, toma asiento. Pedí un té de jazmín especialmente para ti.
Mei se sentó en uno de los sillones de cuero verde inglés, manteniendo su postura impecable. El té ya humeaba sobre una pequeña mesa de servicio.
—Gracias, Julian —dijo ella, fijando sus ojos oscuros en él—. Tu llamada ha sido una sorpresa. Me cuesta comprender cómo un miembro de la familia Sterling tiene tanto interés en un problema académico que, en teoría, solo me concierne a mí y a la universidad.
Julian se sentó frente a ella, inclinándose hacia adelante y apoyando los codos sobre sus rodillas. Sus ojos azules, tan parecidos a los de su hermana Victoria pero desprovistos de su evidente frialdad, brillaban con una intensidad protectora.
—Me importa porque tú me importas, Mei —declaró él, sin titubear—. Desde el primer día que te vi en la gala del Guildhall, supe que no eras una mujer común. Y lo que pasó en la cena de los Vance... tu brillantez me cautivó por completo. No puedo permitir que una mente como la tuya sea pisoteada por la burocracia universitaria de este país.
Mei tomó la taza de té con movimientos pausados, aspirando el aroma a jazmín.
—Aprecio tus palabras, pero la acusación de plagio es formal y está respaldada por registros digitales en el servidor de la universidad. No es algo que se pueda solucionar con simples buenas intenciones.
Julian esbozó una sonrisa astuta, la clase de sonrisa que los diplomáticos usan cuando están a punto de cerrar un tratado ventajoso.
—Para la mayoría de las personas, no. Pero para la familia Sterling, la universidad de Londres no es un muro infranqueable. Mi padre es uno de los principales benefactores de la facultad de humanidades; de hecho, la nueva biblioteca de posgrado lleva nuestro apellido. Conozco personalmente al presidente del patronato y al decano Harrington. Una sola llamada de mi parte, sugiriendo que una investigación más profunda podría dañar las donaciones anuales de nuestra fundación, y te aseguro que todo este "malentendido" desaparecerá antes del amanecer.
Mei bebió un sorbo de té, asimilando la propuesta. La oferta era tentadora en la superficie: una salida limpia, sin juicios, sin la necesidad de exponerse ante un comité hostil. Sin embargo, en el mundo de los negocios y el poder, nada era gratuito.
—¿Y cuál es el precio de esa llamada, Julian? —preguntó Mei con suavidad, sosteniendo su mirada—. En mi país decimos que el favor que se ofrece antes de ser pedido siempre viene con una factura oculta.
La propuesta del caballero
Julian no se inmutó ante la franqueza de Mei.
Al contrario, pareció deleitarse con su agudeza mental. Se reclinó en su sillón, entrelazando las manos sobre su regazo.
—No lo llamaría un precio, Mei. Prefiero llamarlo un acuerdo de beneficio mutuo. Un pacto para protegerte a largo plazo.
—Te escucho —dijo ella, manteniendo la taza entre sus manos para absorber el calor.
—Quiero que aceptes ser mi novia formal —declaró Julian, con una seriedad que no admitía dudas—. Un noviazgo público, anunciado en las páginas de sociedad y validado ante nuestras familias. Si te presentas ante el mundo como mi pareja oficial, la prometida de Julian Sterling, nadie en esa universidad —ni en todo Londres— se atreverá a cuestionar tu reputación o tu honestidad. Estarás bajo el paraguas protector de mi familia. Victoria no podrá volver a tocarte, y Adrian... bueno, Adrian tendrá que aceptar que tu lugar está a mi lado.
Mei sintió que una oleada de desprecio frío le recorría el pecho, pero su rostro permaneció como una máscara de porcelana imperturbable. Julian estaba intentando aprovechar su momento de mayor vulnerabilidad para reclamarla como un trofeo, utilizando el miedo a la expulsión como una palanca de chantaje emocional.
Sin embargo, lo que más llamó la atención de la aguda mente de Mei no fue la audacia de la propuesta, sino un detalle implícito en las palabras de Julian.
"Victoria no podrá volver a tocarte..."
Mei dejó la taza sobre la mesa con un suave tintineo. Su mente, que funcionaba con la precisión de un cronómetro de alta gama, comenzó a analizar esa frase específica. El comité de ética se había reunido apenas esa tarde. La acusación formal era de "plagio de propiedad intelectual del profesor Lawrence". En ningún documento oficial de la universidad se mencionaba a Victoria Sterling. Ni siquiera el decano Harrington sospechaba de ella en ese momento.
¿Cómo sabía Julian que Victoria estaba detrás del sabotaje?
—Es una propuesta sumamente generosa, Julian —comenzó Mei, inclinando la cabeza con una falsa timidez que diseñó específicamente para que él bajara la guardia—. Pero me sorprende que menciones a tu hermana. ¿Por qué crees que Victoria querría tocarme, como tú dices? La acusación en la universidad es sobre el trabajo del profesor Lawrence.
Julian parpadeó, y por una fracción de segundo, la perfecta máscara del diplomático flaqueó. Sus ojos azules se desviaron levemente hacia la chimenea antes de volver a fijarse en ella.
—Bueno... conozco a mi hermana, Mei. Sé lo territorial que es con Adrian y lo mucho que le molestó tu presencia en la cena. No hace falta ser un genio para atar cabos. Victoria tiene recursos y... contactos. Deduje que ella debió de haber movido algunos hilos para crear este problema.
Mei sonrió para sus adentros. La explicación de Julian era lógica en apariencia, pero su lenguaje corporal la había traicionado. El titubeo, la forma en que evitó el contacto visual directo por un milisegundo, y el conocimiento tan preciso del "modus operandi" del sabotaje indicaban algo mucho más oscuro.
Julian no había "deducido" nada. Él sabía exactamente lo que Victoria había hecho. De hecho, era muy probable que hubiera estado al tanto del plan de su hermana desde el principio, o que incluso la hubiera dejado actuar para luego presentarse él mismo como el "caballero de brillante armadura" que vendría a salvar a la damisela en apuros a cambio de su sumisión.
Era una trampa doble. Victoria la destruiría, y Julian la "salvaría" para poseerla. Un juego familiar perfectamente coordinado en las sombras de la alta sociedad.
—Ya veo —dijo Mei, manteniendo su voz dulce y pausada—. Así que sabías que Victoria estaba planeando esto. O al menos, no te sorprendió cuando sucedió.
—Mei, por favor, no te concentres en los detalles de cómo sucedió —insistió Julian, extendiendo la mano sobre la mesa en un ademán de súplica—. Lo importante es que yo tengo la solución en mis manos. Puedo hacer que todo esto desaparezca mañana mismo. No tendrás que pasar por la humillación de la audiencia. No tendrás que defenderte ante extraños que ya han tomado una decisión. Solo tienes que decir que sí, y yo me encargaré del resto. Estarás segura conmigo, Mei. Adrian jamás podrá darte la posición ni la protección que yo te ofrezco. Él solo te traerá problemas y sospechas.
La fuerza del agua
Mei se levantó del sillón con un movimiento fluido y lleno de gracia. Caminó lentamente hacia la chimenea, observando cómo las llamas consumían los leños. El calor del fuego iluminaba su perfil perfecto, destacando la peineta de jade que sujetaba su moño bajo.
Julian la observó, conteniendo el aliento, convencido de que la joven estaba sopesando sus opciones y que, ante la perspectiva de la ruina académica, terminaría por ceder a su propuesta.
—Julian —comenzó Mei, sin girarse a mirarlo—. En la filosofía de mi tierra, el agua es el elemento más fuerte que existe. No porque golpee con fuerza, sino porque es capaz de adaptarse a cualquier vasija, de rodear cualquier obstáculo y de encontrar siempre el camino hacia la libertad por su propia cuenta. El agua no necesita que un dique la proteja; el agua define su propio cauce.
Se giró despacio, y la mirada que dirigió a Julian ya no contenía rastro alguno de dulzura o timidez. Era de una frialdad y una soberanía que lo dejaron helado en su asiento.
—Agradezco tu té de jazmín y tu generosa oferta de protección —continuó Mei, con una voz que resonó en el reservado con la fuerza de un veredicto—. Pero no acepto tu propuesta. No seré tu novia, ni formal, ni informalmente. Y mucho menos aceptaré que utilices tu influencia familiar para "limpiar" un problema que yo misma soy perfectamente capaz de resolver.
Julian se levantó de golpe, su rostro tiñéndose de una mezcla de incredulidad y orgullo herido.
—¡Mei, estás siendo irracional! —exclamó, dando un paso hacia ella—. Mañana por la tarde el comité de ética se reunirá para firmar tu expulsión. Si no intervengo, estarás fuera de esta universidad antes del fin de semana. ¿De verdad prefieres la ruina académica y la deportación antes que estar conmigo? ¿Es por Adrian? ¿Por ese hombre amargado que ni siquiera se atreve a mirarte a los ojos frente a su familia?
—Esto no tiene nada que ver con Adrian, Julian —respondió Mei con una calma desarmante—. Esto tiene que ver conmigo y con mi honor. Si acepto que tú resuelvas este problema en las sombras, estaré admitiendo implícitamente que soy culpable, que necesito de la corrupción de los Sterling para sobrevivir en este país. Y yo no he cometido ningún plagio. Mi trabajo es mío, fruto de mi propio esfuerzo e intelecto. Defenderé mi verdad en la audiencia del viernes, de frente, ante el comité completo.
Julian la miró con una mezcla de fascinación y frustración salvaje. Su habitual encanto se estaba desmoronando, revelando la impaciencia del hombre que no estaba acostumbrado a recibir un "no" por respuesta.
—Eres demasiado orgullosa, Mei. El orgullo es un lujo que los estudiantes extranjeros como tú no pueden permitirse en Londres. Cuando el decano Harrington firme tu expulsión, te darás cuenta de que la "verdad" no vale nada en el mundo real si no tienes el poder para respaldarla.
—El poder que se basa en la mentira y el chantaje es un poder hueco, Julian —replicó Mei, dando un paso hacia la salida del reservado—. Y tú subestimas el poder de la verdad. Mañana verás que la firma de los Sterling no es tan omnipotente como crees.
Julian dio un paso rápido, intentando interponerse en su camino, pero la mirada de Mei, gélida y decidida, lo obligó a detenerse. Había algo en la joven china, una fuerza ancestral y un peligro latente, que le advertía que no debía intentar forzarla físicamente.
—Te arrepentirás de esto, Mei —susurró Julian, con la mandíbula apretada—. Mañana, cuando estés frente al comité y veas que nadie te cree, buscarás mi ayuda. Pero para entonces, el precio ya no será el mismo.
Mei esbozó una última sonrisa, de una ironía sumamente sutil.
—Mañana, Julian, te sugiero que prestes mucha atención a la audiencia. Tal vez aprendas algo sobre cómo se defiende realmente el honor, sin necesidad de recurrir a chequeras o chantajes. Buenas noches.
Sin esperar respuesta, Mei abrió la puerta del reservado y se retiró por el pasillo del club, con paso firme y la cabeza en alto.
El regreso a la mansión
Cuando el taxi dejó a Mei en la entrada de la mansión Vance, la lluvia ya había cesado, dejando el aire limpio y frío. Al cruzar el umbral del vestíbulo en penumbra, se encontró con una figura que la esperaba en la oscuridad.
Adrian estaba de pie junto a la escalera, vistiendo su abrigo oscuro. Su rostro reflejaba una tensión brutal; sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo, buscando cualquier rastro de daño o agitación.
—¿Dónde estabas, Mei? —preguntó Adrian con una voz que era un susurro ronco, cargado de una angustia contenida—. Thomas me dijo que saliste en un taxi hace una hora. Me volví loco pensando que...
—Fui a ver a Julian Sterling —respondió Mei con total honestidad, acercándose a él.
Adrian se tensó de inmediato, sus puños apretándose a los costados de su cuerpo. Una tormenta de celos y furia pareció desatarse en sus ojos grises.
—¿A ver a Julian? ¿A estas horas? ¿Por qué, Mei? ¿Por qué sigues buscando su cercanía después de lo que te he dicho?
—No lo busqué yo, él me citó en el Conduit —explicó Mei, deteniéndose a escasos centímetros de él, permitiendo que él viera la absoluta serenidad de su mirada—. Quería ofrecerme una solución para el problema de la universidad. Quería usar la influencia de su familia para hacer desaparecer la acusación de plagio antes de la audiencia del viernes.
Adrian sintió que la respiración se le atoraba en la garganta. La culpa por su propia incapacidad para resolver el problema de Mei de inmediato de manera legal y limpia le pesaba en el pecho.
—¿Y qué... qué te pidió a cambio? —preguntó Adrian, con una voz rota, temiendo la respuesta.
—Me pidió que fuera su novia formal —dijo Mei, mirándolo fijamente—. Me ofreció su protección, su estatus y el apellido Sterling a cambio de mi sumisión.
Adrian dio un paso al frente, la furia desbocada amenazando con romper su habitual control. Quería salir en ese mismo instante a buscar a Julian y destrozarle la vida por haber osado proponerle semejante bajeza a la mujer que él amaba en silencio.
—Ese bastardo... —gruñó Adrian—. Voy a matarlo, Mei. Te juro que no volverá a acercarse a ti...
—No tienes que hacer nada, Adrian —lo interrumpió Mei, colocando su mano cálida sobre el pecho de él, justo sobre su corazón acelerado. El contacto físico tuvo un efecto inmediato; Adrian cerró los ojos por un segundo, respirando hondo, dejándose calmar por su tacto—. Rechacé su oferta de inmediato. Le dije que no necesito de la corrupción de los Sterling para defenderme. Y sospecho, por la forma en que habló, que él sabía perfectamente lo que Victoria estaba planeando. Era una trampa coordinada entre los dos hermanos.
Adrian abrió los ojos, mirándola con una devoción y un orgullo tan profundos que sus ojos grises parecieron brillar en la penumbra del vestíbulo.
—¿Lo rechazaste? —susurró él, cubriendo la mano de Mei con la suya, apretándola contra su pecho—. Mei... podrías haber perdido todo mañana. Tu carrera, tu visa... todo. ¿Por qué arriesgarte de esa manera?
Mei sonrió, una sonrisa dulce y llena de complicidad que era solo para él.
—Porque prefiero perderlo todo defendiendo mi verdad y mi honor, antes que ganar el mundo entero viviendo bajo la mentira y el chantaje de un hombre al que no respeto. Y además... —Mei se inclinó levemente hacia él, su aroma a jazmín envolviendo a Adrian por completo—... sabía que no estaba sola. Sabía que tú estabas trabajando en las sombras para ayudarme. Tu desconfianza me ha tratado mal en el pasado, Adrian, pero tu lealtad... tu lealtad es algo en lo que he aprendido a confiar.
Adrian no pudo contenerse. Se inclinó y besó la frente de Mei con una ternura desesperada, un beso que contenía toda la adoración, el respeto y la promesa de protección que las palabras no alcanzaban a expresar.
—Mañana demostraremos quién eres ante ese comité, Mei —prometió Adrian en un susurro, manteniendo su frente apoyada contra la de ella—. Mi equipo de tecnología ya tiene los datos que pediste. Expondremos a Victoria y a Julian frente a todo el consejo. Te lo prometo.
Mei asintió, sintiendo que los muros que Adrian había construido alrededor de su corazón finalmente se habían derrumbado, dejando al descubierto al caballero noble y leal que siempre había estado destinado a proteger su camino.