Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Documentos 2
Una semana después, Elia tenía un problema.
Bueno.
Tenía varios problemas.
Su padre seguía enfermo.
La magia seguía siendo un misterio.
La economía del condado aún necesitaba mejoras.
Y todavía sentía que estaba fingiendo ser alguien que no era.
Pero al menos ahora tenía un plan.
Un plan enorme.
Ridículamente detallado.
Tan detallado que cualquier persona normal habría pensado que estaba preparándose para gobernar un reino.
Había estudiado los terrenos.
Calculado ganancias.
Analizado rutas comerciales.
Investigado productos escasos.
Comparado precios.
Y preparado una propuesta completa para aprovechar parte de las tierras improductivas de los Russ.
Incluso había elaborado varios escenarios alternativos.
Porque, por supuesto, lo había hecho.
Era incapaz de no hacerlo.
Aquella mañana observó la montaña de documentos cuidadosamente organizados sobre su escritorio.
Y por primera vez sintió algo parecido al orgullo.
No orgullo arrogante.
No el orgullo vacío que recordaba de la antigua Elia.
Sino la satisfacción tranquila de haber trabajado duro.
De haber construido algo.
De haber terminado una tarea.
—Bien.
Murmuró.
—Ahora solo tengo que presentarlo.
Su estómago se retorció inmediatamente.
[...ahí está la ansiedad.]
[Te estaba esperando.]
Durante aquella semana también había ocurrido otra cosa.
Algo que no esperaba.
Los condes estaban felices.
Ridículamente felices.
Y eso la confundía.
Porque ella sentía que no estaba haciendo nada extraordinario.
Solo era educada.
Saludaba.
Daba las gracias.
Preguntaba cómo se encontraban.
Compartía el desayuno.
Conversaba un poco.
Nada más.
Pero cada vez que hacía una de esas cosas... la expresión de los condes se iluminaba.
Como si les hubiera regalado el tesoro real.
Y aquello la hacía sentir culpable.
Muy culpable.
Porque seguía pensando lo mismo una y otra vez.
[No soy su hija.]
[La verdadera Elia ya no está.]
[Estoy ocupando su lugar.]
Y aun así... aquellos dos la miraban con tanto cariño que le resultaba imposible no sentirse mal.
Especialmente cuando recordaba a la antigua Elia.
Las discusiones.
Los caprichos.
Las exigencias.
Los desplantes.
Y luego miraba a los condes.
Siempre pacientes.
Siempre amorosos.
Siempre intentando comprenderla.
—No estoy siendo una buena hija.
Murmuró una tarde mientras organizaba documentos.
Y sin embargo... para los condes parecía ser suficiente.
Más que suficiente.
La nueva Elia les sonreía.
Y ellos eran felices.
Les preguntaba cómo se sentían.
Y eran felices.
Agradecía el desayuno.
Y eran felices.
Era tan sencillo que casi resultaba doloroso.
Porque demostraba que nunca habían pedido demasiado.
Solo habían querido compartir tiempo con su hija.
Nada más.
Aquella comprensión la acompañó durante toda la semana.
Hasta que finalmente llegó el día de la reunión.
Su primera reunión de negocios.
La primera.
Y sinceramente esperaba estar aterrada.
Pero curiosamente estaba tranquila.
Bueno.
Relativamente tranquila.
Su ansiedad estaba ocupada revisando por vigésima vez todos los documentos.
Así que no tenía tiempo para entrar en pánico.
Cuando bajó las escaleras aquella mañana encontró una escena inesperada.
Sus padres ya estaban listos.
Esperándola.
Y parecían mucho más nerviosos que ella.
El conde caminaba de un lado a otro.
La condesa acomodaba nerviosamente unos papeles que ya estaban perfectamente acomodados.
—¿Padre?
El hombre se sobresaltó.
—¡Elia!
—¿Ocurre algo?
—No.
—Entonces, ¿por qué parece que va a enfrentarse a un dragón?
—¿Parezco nervioso?
—Mucho.
—Oh.
La condesa suspiró.
—Lleva despierto desde el amanecer.
—Querida.
—Es verdad. También revisó tus documentos tres veces.
—Cuatro.
Corrigió el conde.
Elia parpadeó.
—¿Cuatro?
—Solo quería asegurarme de que todo estuviera perfecto.
—Padre, ni siquiera entiende la mitad de mis notas.
—Eso no es importante.
La joven intentó no reírse.
Fracasó.
La condesa sonrió al verla.
Y entonces ocurrió algo que hizo que el corazón de Elia se encogiera.
La pareja intercambió una mirada.
Una de esas miradas silenciosas que ya conocía.
Y luego la condesa habló suavemente.
—Estamos orgullosos de ti.
Elia quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Mucho.
Añadió el conde.
Ella no supo qué responder.
Porque no entendía.
No realmente.
Para ella aquello era apenas el comienzo.
Todavía no había ganado dinero.
Todavía no había solucionado nada.
Todavía no había ayudado a su padre.
Todavía no había salvado el patrimonio familiar.
No había conseguido resultados.
Y sin embargo... ellos ya estaban orgullosos.
Como si el resultado no importara.
Como si el simple hecho de intentarlo fuera suficiente.
El conde sonrió.
—Incluso si fracasa.
La joven levantó la cabeza.
—¿Eh?
—Incluso si el negocio fracasa.
La condesa asintió.
—Seguiremos estando orgullosos.
—Porque te estás esforzando. Porque estás creciendo. Porque te importa el futuro de nuestra familia.
Elia sintió un nudo en la garganta.
Uno enorme.
Incómodo.
Porque de repente comprendió algo.
Ellos no estaban orgullosos del proyecto.
Ni del dinero.
Ni de los posibles beneficios.
Estaban orgullosos de ella.
Y probablemente era la primera vez en mucho tiempo que sentían eso.
No porque antes no la amaran.
Sino porque finalmente podían verla interesarse por algo más que sus propios caprichos.
El patrimonio Russ.
Los empleados.
Las tierras.
El futuro.
Todo aquello significaba algo para ella ahora.
Y para los condes, eso lo era todo.
El carruaje ya esperaba afuera.
La reunión estaba por comenzar.
Y aun así, durante unos segundos, nadie se movió.
Finalmente Elia sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Sincera.
Y por alguna razón, los ojos de la condesa se humedecieron ligeramente.
—Madre...
—No es nada.
Mintió inmediatamente.
El conde fingió no haber visto nada.
También mintiendo.
Elia sintió que el pecho le dolía.
Porque seguía pensando que no merecía tanto cariño.
Pero aun así... lo aceptó.
—Haré mi mejor esfuerzo.
Dijo finalmente.
Y aquello pareció hacer más felices a los condes que cualquier promesa de riqueza.
Porque mientras observaban a su hija subir al carruaje con aquellos documentos bajo el brazo, ninguno de los dos estaba pensando en ganancias.
Ni en negocios.
Ni en inversiones.
Solo pensaban lo mismo.
Su pequeña finalmente estaba creciendo.
Y para ellos... eso valía más que cualquier fortuna.