"Prisionera de Fuego"
Min-jae, una humilde profesora de 22 años, acepta un trabajo desesperado en la Cárcel Seúl Elite sin saber el mundo que está por descubrir. Allí conoce a Kyung-ho, un apuesto mafioso coreano de 25 años que, tras las rejas, observa cada uno de sus movimientos en silencio.
Lo que comienza como una tensión silenciosa entre profesor y recluso se convierte en algo inevitable cuando un atentado nocturno envenenado los deja a ambos luchando por sobrevivir en la enfermería de la cárcel. Atrapados, drogados y desesperados, se encuentran en una noche que lo cambia todo.
Cuando ella decide irse, él sale libre. Pero el destino tiene otros planes.
Una reencuentro accidental años después deja claro que algunos fuegos nunca se apagan.
Una historia de supervivencia, pasión prohibida y la imposibilidad de olvidar.
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Regalos del Destino
CAPÍTULO 12
"Regalos del Destino"
Los gemelos cumplen doce y once años. Kyung-ho les prepara un regalo extraordinario que cambia sus vidas: acceso a una red de tecnología más avanzada de lo que jamás han visto, junto con información sobre sus verdaderos orígenes y su potencial futuro. Min-jae, observando el amor de Kyung-ho hacia sus hijos, siente que algo está cambiando en ella. Pero antes de que puedan saborear este momento de paz, aparece Lee Yuki, una mafiosa rusa-coreana de poder considerable, que afirma tener un acuerdo matrimonial con Kyung-ho. El primer encuentro es violento, dejando a Min-jae gravemente herida.
El jardín de la mansión que Kyung-ho había adquirido en las colinas de Seúl estaba transformado en un paraíso de luces y flores. Era la noche del cumpleaños de Joon-ho y Hae-won: doce y once años respectivamente, aunque a veces parecían ancianos atrapados en cuerpos de niños.
Yo observaba desde el porche, sosteniendo una copa de champaña que no estaba bebiendo, viendo a mis hijos reír con una naturalidad que me hacía el corazón doler de alivio. Habían pasado por tanto. Demasiado.
Kyung-ho salió de la casa cargando dos cajas envueltas en plata.
— Es hora — dijo, y su sonrisa fue la de alguien que había estado esperando este momento durante años.
Reunió a todos en el jardín: los gemelos, la Abuela Kim, sus guardias de confianza. Hasta el personal de seguridad parecía haber sido invitado a este momento.
— Joon-ho, Hae-won — comenzó Kyung-ho, su voz resonando con una formalidad que no era habitual en él. — Hoy no solo celebramos que entraron otro año en sus vidas. Celebramos que son míos. Que son nuestros. Y que el mundo finalmente necesita conocer quiénes realmente son.
Abrió la primera caja.
Dentro había un dispositivo que parecía sacado de una película de ciencia ficción: auriculares tecnológicamente avanzados, interfaces hápticas que brillaban con luz de neón, y algo que parecía un procesador cuántico miniaturizado.
— Esto — explicó Kyung-ho — es un acceso directo a la Red Privada Seúl. La red de comunicación e información más segura del mundo. Usualmente, solo tengo acceso yo. Pero hoy, los autorizó a ambos. Ustedes pueden acceder a información que gobiernos matarían por obtener. Pueden comunicarse con los mejores científicos, ingenieros, y pensadores del mundo. Esto es educación a nivel que nadie en el planeta puede ofrecer.
Joon-ho extendió la mano y tocó los auriculares. Cerraron los ojos, y durante un segundo, pude jurar que se volvieron traslúcidos, como si estuvieran viendo código mismo.
Cuando los abrieron nuevamente, estaban brillando.
— Es hermoso — susurró Hae-won. — Puedo sentir... puedo sentir toda la información. Como si el conocimiento fuera tácitil.
Kyung-ho abrió la segunda caja.
Esta contenía documentos. Archivos de seguridad de defensa nacional. Información genética. Análisis médicos que no tenían sentido hasta que no los leía alguien que comprendiera biología a nivel molecular.
— Estos son sus registros — dijo Kyung-ho, su voz más suave ahora. — Documentación de quiénes son realmente. Sus genomas son diferentes, ustedes lo saben. Pero lo que no saben es por qué. Estos documentos contienen la investigación de los mejores científicos del mundo. Descubrirán que su ADN contiene modificaciones que ocurrieron de forma natural durante la concepción. Como si el universo los estuviera diseñando específicamente para ser exactamente lo que necesitan ser.
— ¿Modificaciones? — preguntó Joon-ho, escaneando rápidamente los documentos a una velocidad que era inhuman.
— Su madre fue expuesta a compuestos químicos durante una noche que les contaré cuando sean mayores — respondió Kyung-ho, mirándome brevemente. Sus ojos contenían amor, disculpa, y un reconocimiento de que ese encuentro los había creado. — Esos compuestos interactuaron con el material genético de una manera que los científicos no pueden explicar completamente. Pero el resultado es que ustedes no son completamente humanos. Son una evolución. Son el siguiente paso.
Hae-won se acercó a Kyung-ho y lo abrazó. Joon-ho lo hizo también, y durante un momento, vi a un padre con sus hijos, y nada más.
Yo lloré silenciosamente, observando ese cuadro de amor que había parecido imposible hace apenas un año.
La paz duró exactamente cuarenta y ocho horas.
Recibí el mensaje cuando estaba enseñando en la escuela privada de los gemelos. Un mensaje de Kyung-ho que simplemente decía: "Vuelve a casa. Ahora."
Conduje con el corazón acelerado. Cuando llegué, la mansión estaba en caos controlado. Guardias en alerta. Sistemas de seguridad en máxima vigilancia.
Encontré a Kyung-ho en su estudio, su rostro hecho de piedra.
— ¿Qué sucedió? — pregunté.
— Lee Yuki — respondió simplemente, como si la palabra fuera veneno. — Acaba de llegar a Seúl.
El nombre no significaba nada para mí entonces. Debería haber significado todo.
Lee Yuki era una leyenda en el mundo del crimen organizado. Hija de un padrino ruso y una familia yakuza coreana. Hermosa, letal, y famosa por coleccionar hombres poderosos como trofeos. Y aparentemente, Kyung-ho era su objetivo más reciente.
Según lo que Kyung-ho explicó, años atrás, cuando aún estaba en la cárcel, había habido una alianza negociada entre su familia y el clan de Yuki. Una alianza que incluía un matrimonio estratégico que nunca se formalizó porque Kyung-ho simplemente desapareció de Moscú sin explicación.
Ahora, Yuki había decidido cobrar su deuda.
— ¿Qué vas a hacer? — pregunté, aunque ya sabía que no había opción real.
— Negarme — respondió Kyung-ho. — Y esperar que entienda que las cosas han cambiado.
Debería haber sabido que nunca sería tan simple.
Lee Yuki apareció en mi lugar de trabajo como una tormenta.
Entró a la oficina de la Academia donde estaba revisando calificaciones, y su sola presencia hizo que el aire se sintiera más delgado. Era exactamente como Kyung-ho la había descrito: hermosa de una manera que parecía casi antinatural. Cabello oscuro como la medianoche, ojos de un gris glacial, y una sonrisa que prometía violencia.
— Así que eres la profesora — dijo, su acento ruso cortante como vidrio. — La que stole a mi prometido.
— No soy tuya — respondí, manteniéndome en pie aunque cada instinto me gritaba que huyera. — Y él no es una posesión que pueda ser robada.
Su sonrisa se hizo más amplia.
— Qué adorable. Crees que tienes algún tipo de derecho sobre él.
No vi venir el golpe.
Solo sentí el impacto, el sabor de mi propia sangre, el mundo girando. Yuki me golpeó con la precisión de alguien que había sido entrenada para infligir daño máximo. Me lanzó contra la pared de mi oficina, mis pulmones se vaciaron de aire.
Intenté levantarme.
Ella me golpeó de nuevo.
— Escúchame bien, pequeña profesora — susurró contra mi oído. — Kyung-ho es mío. Nuestras familias tienen un acuerdo. Y tú eres un obstáculo que seré eliminado. Así que hazme un favor: vete de su vida voluntariamente, o te haré desaparecer de maneras que ni siquiera Kyung-ho podrá encontrar los pedazos.
La puerta se abrió.
Kyung-ho entró como una onda de choque, y el cambio en su expresión fue tan dramático que casi no lo reconocí. Su rostro se convirtió en furia pura, en ira que había sido contenida durante décadas.
Sin una palabra, la golpeó.
No como un hombre golpea a una mujer. Como un depredador golpea a algo que ha osado amenazar su territorio. Yuki fue arrojada a través de la habitación, su cuerpo impactando contra el escritorio. Se levantó lentamente, secándose la sangre de su boca.
— Así que eso es como servirá — dijo, sonriendo. — Perfecto. Voy a disfrutar destrozándote, Kyung-ho. Voy a disfrutar cada momento de tu sufrimiento mientras te veo comprender que estás elegiendo un futuro que te destruirá.
Se fue, dejando tras ella una promesa de violencia.
Kyung-ho me levantó como si pesara nada. Sus manos, aunque gentiles, temblaban con furia contenida.
— Estoy aquí — susurró. — Estoy aquí, y nunca permitiré que te vuelva a tocar.
Pero cuando me ayudó a llegar al auto para conducir hacia el hospital, sentí algo más que dolores físicos. Sentí un cosquilleo en mi piel que no era dolor. Sentí mi temperatura subiendo ligeramente. Y sentí un miedo que no tenía nada que ver con Yuki.
Algo en ese golpe había dejado una marca que no podía ver.