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La Doctora Del Padrino

La Doctora Del Padrino

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.

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Capítulo 5 — Miradas que Queman

El tiempo en la fortaleza ya no se medía en horas, sino en miradas. Cada encuentro entre Damon y Christine empezaba y terminaba con una mirada: la suya, oscura y hambrienta, que recorría cada centímetro de ella como si tuviera derecho a hacerlo; la de ella, al principio fría y desafiante, poco a poco transformándose en algo más inquieto, más cálido, más peligroso. No necesitaban hablar para entenderse. El silencio entre ellos ya no era vacío: estaba cargado de cosas no dichas, de tensión acumulada, de un deseo que crecía como un incendio lento, imposible de apagar.

Una tarde, se encontraron en el invernadero, ese refugio de cristal y plantas exóticas que él había mandado preparar para ella. La luz del sol se filtraba a través de los vidrios teñida de verde y ámbar, creando manchas de luz sobre el suelo de piedra. Christine estaba arrodillada junto a un rosal blanco, las manos sucias de tierra, el cabello recogido con una cinta de seda. No lo oyó entrar, pero sintió su presencia antes de verlo: esa fuerza magnética que siempre la hacía girarse, como si su cuerpo reconociera el suyo antes que su mente.

—Nadie te enseñó a cuidar rosas así —dijo él, su voz grave rompiendo el suave zumbido del invernadero. No estaba burlándose. Lo dijo con una curiosidad sincera, como si cada detalle de ella fuera una revelación.

Christine se puso de pie, limpiándose las manos en un paño de lino, sintiendo cómo el calor le subía al rostro bajo su mirada fija.

—Mi madre me enseñó —respondió, y el nombre le salió suave, sin el amargor de antes—. Decía que las rosas necesitan tanto cuidado como firmeza. Si las tratas con miedo, se marchitan. Si las tratas con dureza, se rompen.

Damon dio un paso hacia ella, lento, deliberado, y el aire se volvió más denso, más pesado.

—Sabia mujer —dijo, y sus ojos no se apartaron de los suyos—. Lástima que nadie aplicara esa misma sabiduría contigo.

Se detuvo a un paso de distancia, tan cerca que ella podía oler su aroma de siempre: madera de cedro, tabaco suave y algo salvaje, como lluvia y fuego a la vez. No la tocó. Solo la miró, y esa mirada recorría su rostro, sus labios, su cuello, con una lentitud que la hacía temblar por dentro. Era una mirada que la desvestía, que la reclamaba, que decía todo lo que él no se atrevía a pronunciar en voz alta.

—Me miras así —susurró ella, sin poder apartar la vista—, como si ya me perteneciera. Como si yo fuera algo que encontraste y decidiste que era tuyo.

—No lo decidí —respondió él, su voz bajó hasta convertirse en un ronroneo que le recorrió la espalda como una caricia—. Lo sentí. Desde el primer instante en que te vi caminando por el pasillo del hospital, con esa bata blanca y esa mirada que desafiaba al mundo. Algo en mí supo que eras mía. No por elección. Por destino.

—El destino no encierra a la gente —replicó ella, aunque su voz careció de fuerza, aunque sus pies no se movieron para alejarse.

—El destino nos une —corrigió él, y dio un paso más, hasta que sus cuerpos casi se rozaban—. Somos dos mitades de algo que estaba roto. Tú con tu dolor, yo con mi oscuridad. Juntos, podemos ser completos.

Sus ojos se encontraron, y en ese instante todo lo demás desapareció: las rejas, las paredes de piedra, el pasado, el rencor. Solo quedaban ellos dos, y esa atracción que era más fuerte que cualquier razón, que cualquier juramento. Christine sintió cómo su corazón se aceleraba, cómo su respiración se entrecortaba. Quería odiarlo. Quería gritarle que se alejara. Pero su cuerpo traicionaba cada pensamiento: los latidos acelerados, el calor que subía a su piel, la forma en que sus labios se entreabrían sin que ella quisiera.

—Damon… —susurró su nombre, y fue una súplica, aunque no sabía de qué.

—Dime que te alejes —le dijo él, con voz ronca, luchando contra sí mismo tanto como contra ella—. Dime que me vaya y me iré. Pero mírame a los ojos y dime que no sientes lo mismo. Dime que no ardes cuando te acerco.

Ella abrió la boca para responder, para decirle que no, que no sentía nada, que lo odiaba. Pero las palabras no salieron. Porque era mentira. Cada vez que él la miraba así, algo en ella se encendía. Cada vez que hablaba con esa voz grave y suave, sentía que se desarmaba por dentro. El odio seguía ahí, sí, pero ya no era puro. Estaba mezclado con algo más oscuro, más poderoso: el deseo de ser vista, de ser deseada con esa intensidad absoluta, devoradora.

—No puedo —susurró, y al decirlo, sintió que perdía una batalla que ni siquiera sabía que estaba librando—. No puedo decírtelo.

Damon cerró los ojos un instante, como si esas palabras fueran un alivio y una tortura a la vez. Cuando los abrió, estaban más oscuros, más ardiendo que nunca.

—Entonces no me alejes —le pidió, casi un susurro contra su aliento—. Déjame acercarme. Déjame mostrarte que no todo lo que nace de la oscuridad es malo.

Y se quedó así, a milímetros de ella, sin tocarla, respetando ese último espacio, dándole la oportunidad de retroceder. Pero Christine no retrocedió. Se quedó allí, con el corazón golpeando contra el pecho, con el fuego encendiéndose en sus venas, esperando, sin saber exactamente qué. Solo sabía que esa mirada suya, esa presencia, ese calor, la quemaban de una forma que ya no quería apagar.

...Sus miradas se encontraron… y fue el primer beso que nunca se dieron....

...CONTINUARÁ ...

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1
MAR
👏
Eliana Angulo
estuvo interesante tu novela, la recomiendo 👏👍
Eliana Angulo
🤣🤣 dicho y hecho una empleado los traicionó y de confianza que no es lo mismo.. ella también tan 🤬le dice que no reciba nada y lo hace.. hay tiene
Eliana Angulo
ahora los traiciona algún empleado 🤔
Eliana Angulo
Y no decía que quería su libertad 🤔 y ahora que se la estando no la quieren ... quién la entiendo 🤣🤣
Eliana Angulo
Y no decía que quería su libertad 🤔 y ahora que se la estando no la quieren ... quién la entiendo 🤣🤣🤭
Eliana Angulo
🤣🤣 me das todo menos mi libertad... y está más enamorada
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Exacto! Le quitó su libertad… pero le dio algo que valía mucho más: amor, protección y un hogar donde sentirse por fin libre de verdad. No la encadenó a su casa… la encadenó a su corazón. Gracias por leerla con tanto sentimiento
total 1 replies
Eliana Angulo
cómo dice un refrán del Odio al Amor solo hay un paso.. y ella está que pérdida
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Así es! 💥 Ese paso fue el más difícil y el más hermoso de todos… porque al cruzarlo descubrió que lo que sentía no era odio, sino amor escondido detrás del dolor. ❤️‍🔥 Gracias por esa frase tan bonita, ¡es perfecta para ellos dos!
total 1 replies
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