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Resucitado Por Venganza

Resucitado Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Venganza
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: Galeano

Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.

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Capitulo 11

Las ruedas del imponente jet privado tocaron la pista de aterrizaje del aeropuerto internacional con un chirrido sordo y elegante. El humo fino de la goma quemada se disipó rápidamente bajo la lluvia tenue que caía sobre la ciudad. En la pista, tres camionetas blindadas de color negro, con los cristales completamente polarizados, aguardaban en fila india con los motores encendidos. Una pequeña comitiva de hombres corpulentos, vestidos con impecables trajes oscuros y auriculares discretos, permanecía desplegada a lo largo del perímetro.

La compuerta del jet se abrió lentamente, dejando al descubierto la figura de Alexander. El viento frío del otoño le alborotó el cabello oscuro mientras bajaba por las escaleras con paso firme, sereno y calculador. Ajustó las solapas de su abrigo de lana italiana sin prisas, observando el horizonte de la metrópoli que lo vio nacer, amar y ser traicionado una década atrás.

Diez años habían transcurrido desde aquella tarde fatídica en la catedral. La ciudad conservaba la misma arquitectura imponente y las mismas luces parpadeantes a lo lejos, pero el hombre que acababa de poner un pie sobre su suelo ya no era el joven ingenuo con ilusiones de novio. Ahora era "Sasha", la mano derecha de la mafia rusa, el heredero de un imperio de miles de millones de dólares y el monarca absoluto que dominaba las rutas del comercio desde la sombra.

—Bienvenido a casa, señor Rostova —dijo con marcado acento ruso el jefe de su guardia personal, inclinando la cabeza con respeto mientras le abría la puerta de la camioneta principal.

Alexander no respondió. Se deslizó al interior del habitáculo tapizado en cuero negro, seguido por dos de sus oficiales de confianza. El vehículo se puso en marcha de inmediato, escoltado por las otras dos unidades tácticas, abandonando la zona privada de la pista sin necesidad de pasar por los controles aduaneros habituales. El poder de Valentine se extendía incluso a los funcionarios fronterizos más influyentes de la región.

A través del cristal oscurecido, Alexander contemplaba las calles abarrotadas, los letreros luminosos y a la gente que caminaba apresurada bajo los paraguas. Un dolor agudo y punzante, cubierto por años de entrenamiento militar y frialdad calculada, le recorrió el centro del pecho. Cada esquina, cada avenida y cada parque de esa metrópoli guardaban un recuerdo imborrable de Isabella: sus risas compartidas, las caminatas nocturnas tomados de la mano y la promesa de un futuro brillante que un ataque armado destruyó sin piedad.

—Las propiedades están aseguradas, señor —informó el oficial de inteligencia desde el asiento del copiloto, revisando una tableta encriptada—. Siguiendo sus órdenes estrictas de mantener la discreción absoluta, no hemos adquirido la residencia a nombre de la firma principal. El departamento en el penthouse del edificio Le Prestige ha sido alquilado a través de una empresa fantasma registrada en Suiza. Nadie relacionará su estancia con la comitiva oficial de los Rostova.

—¿Y el equipo de vigilancia? —preguntó Alexander con voz grave, profunda y helada, rompiendo por primera vez el silencio del vehículo.

—Desplegado desde hace cuarenta y ocho horas —respondió el subordinado de inmediato—. Ningún servicio de inteligencia local ni los clanes rivales sospechan de su presencia. Para el mundo financiero, usted es un inversionista europeo de perfil bajo que busca expandir capitales legítimos en el sector inmobiliario y marítimo.

—Perfecto —concluyó Alexander, dirigiendo de nuevo la mirada hacia la ventanilla—. No quiero errores. La discreción es nuestra mayor arma en esta primera fase.

El convoy avanzó hasta la zona más exclusiva y elegante de la ciudad, deteniéndose en el aparcamiento subterráneo del rascacielos Le Prestige. El acceso privado mediante ascensor de código biométrico los condujo directamente al piso superior.

Al abrirse las puertas del penthouse, el espacio se reveló amplio, moderno y de un lujo sobrio. Paredes de mármol gris, ventanales de piso a techo que ofrecían una vista panorámica de noventa grados sobre la metrópoli y muebles de diseño escandinavo dominaban la estancia. Sin embargo, no había exceso de adornos ni fotografías; era la guarida pulcra y funcional de un hombre que vivía alerta en las sombras.

Alexander caminó a pasos lentos hacia el enorme ventanal del salón. La luz de la ciudad se reflejaba sobre el cristal blindado, dibujando su silueta erguida y masculina. Sacó del bolsillo interior de su saco un pequeño estuche de plata. Al abrirlo, reveló una fotografía envejecida y gastada por el roce constante de sus dedos durante diez años: el rostro radiante de Isabella, sonriendo feliz el día que aceptó su propuesta de matrimonio.

Pasó la yema del pulgar sobre la imagen con una delicadeza abrumadora, el único vestigio de vulnerabilidad que se permitía mostrar en la soledad de su nuevo refugio.

—Diez años, Isabella... —susurró con un hilo de voz que apenas raspó el aire de la habitación vacía—. Diez años atrapado en el infierno, renaciendo de las cenizas de una tumba que nunca me perteneció, solo para volver a respirar el mismo aire que tú.

El sonido de la lluvia repiqueteaba suavemente contra el vidrio exterior. Alexander sabía que la ciudad que había dejado atrás ahora le pertenecía desde la penumbra. Tenía la riqueza, el entrenamiento táctico y la fuerza de la mafia rusa respaldando cada uno de sus movimientos. Podía comprar empresas, aplastar enemigos y controlar los hilos del poder local sin que nadie advirtiera su verdadero rostro.

Pero nada de esa fortuna millonaria significaba algo si no lograba cumplir el único objetivo que lo había mantenido con vida durante una década de dolor y disciplina: encontrar a Isabella, descubrir si ella aún conservaba un rincón de su corazón para el prometido que creía muerto y ofrecerle un manto de protección impenetrable contra las sombras que arruinaron sus vidas.

Se giró hacia su jefe de seguridad, quien permanecía de pie en el vestíbulo esperando instrucciones con la cabeza baja.

—Mañana a primera hora iniciaremos el rastreo discreto —ordenó Alexander con tono tajante, guardando la fotografía cerca de su corazón con cuidado absoluto—. Quiero saber cada detalle de su vida actual: dónde vive, qué hace, con quién habla. Pero nadie se acerca a ella. Ninguno de mis hombres establecerá contacto hasta que yo lo autorice personalmente.

—Entendido, señor Rostova. Todo se manejará con la máxima cautela.

Alexander se sirvió un vaso de whisky en el mueble del bar y caminó de regreso al ventanal, contemplando las luces infinitas de la ciudad bajo la tormenta nocturna. La primera etapa de su plan había comenzado. Había aterrizado en la metrópoli como un fantasma millonario, listo para empezar una nueva vida desde la sombra y dar inicio a la búsqueda de la mujer por la que desafió a la mismísima muerte.

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