Un solo segundo bastó para cambiarlo todo. Un segundo y una mirada que nunca debió ocurrir. Cuando nos conocimos, ambos teníamos la vida resuelta: metas trazadas, rutinas intactas y alianzas selladas con un anillo. Ninguno buscaba nada. Sin embargo, la atracción fue inmediata, inevitable y devastadora. Estábamos casados con otras personas, pero el destino insistía en cruzarnos una y otra vez. ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar por la persona correcta en el momento equivocado? Una historia de deseo prohibido, lealtades puestas a prueba y dos vidas unidas por un hilo invisible.
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Juegos del destino
El clic suave de la llave al girar en la cerradura anunció el regreso de Sofía a casa. El silencio habitual de la residencia la recibió como una sábana fría, pero al avanzar por el pasillo del segundo piso, una luz cálida filtrada desde la habitación principal llamó su atención.
Al cruzar el umbral, se encontró con una escena poco común: Alejandro terminaba de ajustarse un impecable esmoquin frente al espejo de pie. Se colocaba la pajarita con un esmero meticuloso, el mismo cuidado que solía reservar únicamente para los eventos más exclusivos de la ciudad.
Sofía se detuvo junto al marco de la puerta, dejando caer su bolso sobre el sillón del vestidor.
—Veo que estás bastante ocupado —comentó ella, intentando que su tono sonara ligero, aunque la fatiga del día le pesaba en la postura—. ¿A dónde vas tan arreglado? No recuerdo que tuviéramos nada agendado para hoy.
Alejandro ni siquiera se giró de inmediato. Arreglo la caída de la chaqueta sobre sus hombros antes de mirarla a través del reflejo del cristal.
—Surgió a última hora —explicó con voz pausada, sin alterarse—. Me invitaron a una gala benéfica de alto nivel en el Grand Hotel. Un compromiso de esos en los que hay que dejarse ver. Intenté avisarte, pero estabas desconectada de la oficina.
—Ah, entiendo —respondió Sofía.
En otro tiempo, tal vez le habría extrañado la falta de aviso o le habría molestado la prisa con la que él organizaba sus salidas. Sin embargo, esa noche el cansancio emocional la sobrepasaba.
La sola idea de cuestionarlo o indagar más le resultaba extenuante. La imagen de Mateo Maldonado seguía rondándole la mente como un fantasma constante, haciendo que cualquier detalle sobre la agenda de su esposo le pareciera distante e insignificante.
—No te preocupes —agregó Sofía con una sonrisa tibia que duró apenas un segundo—. Estoy agotada. De verdad solo quiero un baño y descansar.
—Perfecto —asintió Alejandro, tomando sus gemelos de la cómoda—. No me esperes despierta, probablemente se extienda hasta tarde. Hay varios empresarios influyentes con los que necesito intercambiar tarjetas.
Sin añadir más, Sofía caminó en silencio hacia el cuarto de baño. Cerró la puerta, abrió la grifería de la tina y dejó que el vapor inundara el espacio. Se despojó de la ropa del trabajo y se sumergió en el agua caliente, cerrando los ojos con la esperanza de ahogar la agitación que llevaba por dentro. Intentó concentrarse en el murmullo del agua, pero cada vez que relajaba la guardia, la mirada fija y profunda de Mateo volvía a aparecer en su memoria, erizándole la piel de nuevo.
Cuando salió del baño, envuelta en una bata de felpa blanca y secándose el cabello con una toalla, la habitación estaba a oscuras. Alejandro ya se había ido.
Sofía bajó a la cocina en penumbras. Se preparó un plato sencillo de fruta con yogur, comió un par de bocados sin verdadero apetito en la isla de granito y subió nuevamente al dormitorio.
Apagó la luz principal, se deslizó entre las sábanas de hilo e intentó conciliar un sueño que se le escapaba entre los dedos.
Entonces, la pantalla de su teléfono móvil se iluminó sobre la mesa de noche, rompiendo la penumbra con una melodía estridente.
El nombre de Camila parpadeaba en la pantalla. Sofía suspiró antes de deslizar el dedo para contestar.
—Camila, son pasadas las ocho... —murmuró con la voz apagada por el cansancio.
—¡Ni se te ocurra decirme que ya estás en pijama, Sofía! —la voz de su mejor amiga resonó con esa energía arrolladora que siempre la caracterizaba—. Tienes exactamente cuarenta y cinco minutos para arreglarte. Paso por ti en media hora.
Sofía se incorporó en la cama, pasándose una mano por la frente.
—Cami, de verdad no estoy para nada hoy. Tuve una mañana larguísima, reuniones pesadas y solo quiero dormir. Ve tú y diviértete.
—De eso nada —replicó Camila en tono tajante, cortando cualquier intento de réplica—. Tengo dos invitaciones VIP para un evento espectacular esta noche en el Grand Hotel. Música, excelente comida y la gente más top de la ciudad. No voy a ir sola teniendo a mi mejor amiga encerrada en una casa vacía.
—Alejandro no está, fue a un evento de trabajo —argumentó Sofía, buscando cualquier excusa para quedarse resguardada en su burbuja.
—¡Con más razón! —exclamó Camila dejando escapar un bufido de desdén—. Sabes perfectamente lo que opino de tu ilustre marido. Ese hombre vive para su trabajo, sus aparatos y sus trajes de diseñador, mientras a ti te tiene marchitándote en esa inmensa jaula de oro. Alejandro siempre me ha caído como una patada al estómago, Sofía, y lo sabes. Nunca he entendido cómo terminaste atrapada en esa rutina tan insípida con alguien que te trata como si fueras un florero de adorno.
—Camila, por favor... —intentó defenderse Sofía, aunque en el fondo la franqueza de su amiga le dolía porque tocaba una fibra demasiado real.
—No me digas "por favor". Llevas años justificándolo, viviendo una vida de casada donde no eres feliz. Estás apagada, Sofía. Te conozco desde que teníamos quince años y sé cuándo estás fingiendo que todo está bien. Hoy no te voy a dejar quedarte ahí aburriéndote y pensando en cosas que te pesan. Te pones un vestido espectacular, te maquillas y salimos a tomar una copa. Punto final.
El tono firme pero lleno de cariño de Camila derribó las últimas defensas de Sofía. Tenía razón: llevaba demasiado tiempo escondiéndose detrás de la fachada de un matrimonio perfecto pero vacío. Además, quedarse a solas en la penumbra de la casa solo serviría para alimentar la culpa y la obsesión por el recuerdo de Mateo Maldonado.
—Está bien —cedió Sofía dejando escapar un largo suspiro, aunque con una sonrisa resignada—. Pasa por mí en cuarenta minutos. Pero te advierto que no me quedaré hasta tarde.
—¡Esa es mi amiga! Ponte hermosa, nos vemos en un rato —celebró Camila antes de colgar.
Sofía se quedó un momento mirando el teléfono en su mano. Luego se levantó de la cama y caminó hacia el vestidor. Abrió el armario y desplazó los percheros hasta encontrar un vestido de noche color borgoña, de corte elegante pero con una caída sutil que resaltaba su figura.
Al mirarse al espejo mientras se aplicaba el labial, sintió una punzada extraña en el estómago. No tenía forma de saber que el destino, con una ironía aplastante, la estaba llevando directo al mismo lugar donde su esposo buscaba influencias, y donde Mateo Maldonado intentaba desesperadamente apagar el recuerdo de su mirada.