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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:109
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1. Señorita Suárez, está embarazada

Al salir del hospital, Lucía Suárez aún temblaba con los resultados de laboratorio entre las manos. Las lágrimas le asomaban a los ojos, pero ni ella sabía si eran de alegría o de angustia.

—Señorita Suárez, está embarazada —le había dicho el médico. Las palabras seguían resonando en su cabeza.

Tres meses antes se había casado con Adrián Beltrán, el heredero de la familia más poderosa de Puerto Real. Su belleza y su influencia no tenían rival en la ciudad.

El día de la boda, todas las mujeres de Puerto Real se habían muerto de envidia. Hasta ella se había creído la mujer más feliz y afortunada del mundo.

Lucía se había enamorado de Adrián a los diez años, el mismo día en que lo conoció.

Durante los doce años siguientes se había esforzado por superarse y seguir sus pasos, aunque solo fuera para verlo una vez más entre la gente.

Siempre había pensado que pertenecían a mundos distintos. ¿Cómo iba a cruzarse con un hombre así una niña sin familia que había crecido sin nada?

No sabía si era un regalo del cielo o una burla del destino. Tres meses atrás había ido a la fiesta de cumpleaños de un compañero. Al despertar a la mañana siguiente, se había encontrado a Adrián acostado a su lado.

La mancha roja sobre las sábanas blancas saltaba a la vista. Era la huella de lo que había ocurrido entre los dos aquella noche.

Ni siquiera había tenido tiempo de entender cómo habían terminado allí cuando alguien llamó a la puerta. Un grupo de periodistas se agolpaba afuera, ansioso por publicar la noticia de que Adrián Beltrán había pasado la noche en un hotel con una mujer misteriosa.

Los Beltrán eran la familia de mayor prestigio de Puerto Real y tenían una larga tradición académica. El abuelo de Adrián, un hombre de ideas muy conservadoras, anunció el matrimonio en cuanto se enteró.

Para Lucía, aquello parecía un sueño. Solo que no era un sueño feliz.

Adrián no la amaba. La despreciaba. La odiaba porque, por culpa de su aparición, había traicionado a la mujer que sí amaba: Valeria Suárez, la hermana de Lucía.

Aun así, Lucía se armó de valor y lo llamó.

Como era de esperar, él rechazó la llamada. Resignada, ella le envió un mensaje: tenía algo importante que decirle y le pedía que esa noche pasara por la casa.

Llevaban tres meses casados y Adrián no había dormido allí ni una sola noche. Lucía se acostaba sola todas las noches. Sabía perfectamente en qué otra cama dormía él.

No había contestado la llamada ni respondido el mensaje. A Lucía se le encogió el corazón. Comprendió que tampoco volvería aquella noche.

Se bañó y estaba a punto de acostarse cuando la puerta del dormitorio se abrió de golpe, con un estruendo.

Levantó la vista y, para su sorpresa, se encontró con aquel rostro tan hermoso como frío. El corazón se le desbocó.

—Adrián, volviste —dijo con cautela. Una sonrisa tenue iluminó su rostro sin maquillaje.

Pero apenas dio un paso hacia él, Adrián la agarró del brazo y la arrojó sobre la cama sin ninguna consideración.

Una punzada le atravesó el bajo vientre. Lucía se volvió, aterrada, y lo vio tirar con impaciencia del cuello de su camisa. Un instante después, él ya la inmovilizaba bajo el peso de su cuerpo.

Le apretó la barbilla con sus dedos de nudillos marcados. Se inclinó sobre ella con los ojos rasgados cargados de rabia y algo de alcohol.

—¿Tanto te gusto, Lucía? ¿Tanto como para tenderme esa trampa sucia y meterte en mi cama? ¿Eh? —Su voz profunda estaba cargada de burla y de un asco que ni siquiera intentaba ocultar.

Lucía palideció. Miró el rostro que había amado durante doce años y sintió un dolor sordo en el pecho.

—Adrián, no fue como tú crees…

—¿Ah, no? —La miró de reojo y soltó una risa baja y helada—. ¿A qué juegas, Lucía? ¿No era esto lo que querías?

Y, sin esperar respuesta, le desgarró el camisón de un tirón…

A la mañana siguiente, Lucía despertó dolorida y sin fuerzas.

Todavía no se había despejado cuando una caja de pastillas anticonceptivas cayó frente a ella.

—Tómate esto.

Lucía levantó la vista. Adrián ya estaba vestido. Con aquel aire frío y distinguido, no se parecía en nada al demonio brutal de la noche anterior.

Al mirar la caja, se le encogió el corazón.

Ya estaba embarazada. Creía que no podía tomar esas pastillas porque podían causar malformaciones al bebé.

—¿Qué esperas? ¿Quieres que te la meta yo en la boca?

Al ver que no reaccionaba, Adrián empezó a impacientarse.

—Que te quede claro, Lucía: ni se te ocurra tener un hijo mío. Eres una miserable sinvergüenza que muerde la mano que le da de comer. ¡No mereces llevar un hijo mío!

Cada palabra se le clavó en el corazón.

Era pleno verano, pero Lucía sintió como si una corriente helada le hubiera atravesado el pecho.

Había imaginado que un hijo podría acercarlos. Qué ingenua había sido.

Ya ni siquiera tenía valor para decirle que estaba embarazada de él.

Adrián la vigilaba con una mirada glacial. Sin otra salida, Lucía sacó una pastilla del blíster, se la llevó a la boca y fingió tragar. En realidad, la escondió debajo de la lengua.

Temía que él descubriera el engaño, pero en ese momento sonó su celular.

Adrián miró la pantalla y contestó de inmediato. Enseguida frunció el ceño.

—¿Qué? ¿Valeria intentó suicidarse? ¡Voy para allá!

Lucía también se sobresaltó. ¿Valeria había intentado matarse?

Se olvidó del dolor que sentía, se aseó a toda prisa, se puso lo primero que encontró y bajó corriendo.

Adrián estaba a punto de arrancar cuando ella abrió la puerta del copiloto.

—Quita tus manos sucias. ¿Quién te dio permiso de subirte a mi auto?

Aquellas palabras tan crueles la hicieron retirar la mano de golpe. Se sintió insignificante. Miró a Adrián con miedo.

—Yo también estoy preocupada por mi hermana. Déjame ir contigo, por favor.

—¿Preocupada, tú? Si Valeria se muriera, serías la primera en celebrarlo.

La recorrió con una mirada de desprecio y pisó el acelerador.

Lucía se quedó inmóvil unos segundos, blanca como el papel. Después pidió un taxi y siguió el auto de Adrián.

En el Hospital Central, lo siguió hasta una habitación.

Lo vio acercarse a la cama, angustiado. Valeria estaba sentada, pálida, con los ojos húmedos y muy afligida.

Por suerte, estaba fuera de peligro. Lucía dejó escapar un suspiro de alivio.

En cuanto vio a Adrián, Valeria se deshizo en llanto y se refugió en sus brazos.

—Adrián…

Lo llamó con una familiaridad cariñosa y empezó a contarle sus penas, acurrucada contra él.

Al verlos, Lucía sintió que los esposos eran ellos dos. Ella solo era una extraña que sobraba en aquella habitación.

Contuvo el dolor y dio un paso al frente.

—Valeria…

—¡Lucía Suárez, maldita ingrata! ¡Después de lo que le hiciste, todavía tienes el descaro de venir a verla!

Lucía apenas iba a entrar cuando oyó los gritos furiosos a su espalda.

Reconoció la voz enseguida. Era Teresa Rivas, la madre de Valeria.

Se volvió y recibió una bofetada tan fuerte que todo se le movió ante los ojos.

—¡Eres una perra sin vergüenza! ¡Los Suárez te adoptamos por lástima, te dimos de comer y te vestimos! ¿Y así nos pagas? ¡Tendiéndole una trampa al prometido de Valeria para quitárselo!

Teresa hablaba de aquella noche de tres meses atrás, cuando Lucía había acabado en la cama de Adrián sin saber cómo. Pero ella no había planeado nada.

Quiso explicarlo, pero recibió otra bofetada en la mejilla que le quedaba sana.

Esta vez le brotó sangre de la comisura de los labios. Vio estrellas y estuvo a punto de desplomarse. Entonces oyó la voz enfurecida de Ernesto Suárez, el padre de Valeria.

—¡Desde hoy dejas de pertenecer a esta familia, Lucía! ¡Los Suárez no tenemos nada que ver con una perra descarada que es capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya!

Y, al terminar de hablar, Ernesto le lanzó una patada.

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