Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.
Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.
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CAPÍTULO 8: Marcas bajo la corbata
El sonido gélido y metálico de la cerradura girando rompió la atmósfera densa y sofocante de la habitación como un cristal al astillarse. El eco resonó en el silencio cargado de electricidad, y Alexander se detuvo en seco. Sus manos, firmes y cálidas hasta hacía un instante, se congelaron aún apoyadas en la cintura de Elena. En la penumbra, sus ojos oscuros, habitualmente impasibles, destellaron una furia gélida y contenida que hizo que a ella se le encogiera el corazón.
—No se mueva de aquí —susurró él con una voz imperativa que no admitía réplica, separándose de ella con la elegancia calculadora y felina de un depredador que cambia bruscamente de objetivo.
Elena se quedó paralizada en el centro del espacio. Con el cabello revuelto sobre los hombros, la respiración agitada y la blusa visiblemente desarreglada, asintió en silencio. Un pánico helado comenzó a correr por sus venas al comprender la magnitud del peligro: estaba a punto de ser descubierta en la privacidad de la guarida del magnate, y no por cualquiera, sino por la mujer que ostentaba el título de prometida oficial ante los ojos del mundo.
Alexander ajustó su chaleco con un gesto mecánico, echó la llave a la puerta de la biblioteca desde adentro y sumió a Elena en la más absoluta penumbra antes de salir al suntuoso vestíbulo principal para interceptar a la intrusa.
—Victoria —dijo Alexander con voz neutra y aburrida, cruzando los brazos mientras observaba a la heredera de la dinastía Sterling avanzar sobre el parqué de roble.
El repiqueteo de sus tacones altos resonaba con una cadencia deliberada. Victoria lucía un deslumbrante abrigo de visón y una sonrisa tan afilada como el hielo. Cada uno de sus movimientos traslucía el peso de la alcurnia, la seguridad implacable de quien nunca ha tenido que pedir permiso para entrar a ningún lugar.
—No me digas que no me extrañaste, Alex —respondió Victoria con una ironía punzante, recorriendo el lugar con una mirada de desprecio calculado—. Los directivos están pidiendo tu cabeza en una bandeja por el escándalo que desató Julian, y tú te escondes en esta torre de cristal como si el mundo no se estuviera desmoronando a tu alrededor.
—Mis asuntos corporativos y las decisiones del consejo no son de tu incumbencia, Victoria —replicó él, marcando el terreno con su imponente figura y bloqueando estratégicamente el paso hacia el pasillo que conducía al estudio.
Victoria se detuvo a pocos centímetros de él. Sus dedos, decorados con una manicura impecable, subieron despacio por la solapa de la camisa de Alexander. Con una familiaridad hiriente, alisó la corbata ligeramente torcida, mientras sus ojos felinos buscaban ávidamente cualquier rastro de alteración en su semblante perfecto.
—Por supuesto que son de mi incumbencia, querido. Tu apellido y el mío van firmados en el mismo contrato matrimonial —susurró ella con malicia, inclinándose levemente para rozar el cuello de él—. Y hueles a mujer. A una barata y desesperada, además. Más te vale deshacerte de ella antes de que yo misma me encargue de destruirla.
Al otro lado de la pesada puerta de roble, sumida en la oscuridad, Elena permanecía con la oreja pegada a la madera. La respiración se le cortó en la garganta. Cada palabra de Victoria atravesaba el panel con una claridad devastadora, hundiéndose como dagas en su pecho. El peso abrumador de su propia insignificancia frente al poder, la frialdad y el estatus de la alta sociedad la golpeó como un mazazo. Se miró las manos temblorosas y sintió un nudo sofocante de vergüenza y realidad: en ese juego de titanes, ella solo era una pieza prescindible.
Afuera, Victoria soltó una risa llena de suficiencia. Convencida de su victoria y llevada por la curiosidad morbosa, estiró la mano hacia el pomo dorado de la puerta del estudio para comprobar con sus propios ojos quién se ocultaba dentro.
Pero antes de que pudiera rozar el metal, Alexander la agarró fuertemente del antebrazo. La presión fue tan firme e inesperada que el rostro de la mujer palideció al instante, perdiendo de golpe toda la arrogancia.
Alexander se inclinó sobre ella, acortando la distancia hasta que su sombra la cubrió por completo. Le susurró al oído con una voz tan oscura y profunda que parecía brotar del mismísimo infierno:
—Si te atreves a tocar un solo cabello de esa chica, te juro que anularé la fusión de nuestras empresas antes del amanecer y te dejaré en la absoluta miseria. No me pongas a prueba, Victoria. Sabes perfectamente que soy capaz de destruirlos a ti y a tu padre sin pestañear.
Victoria se quedó petrificada. El tono imperioso de Alexander no dejaba margen a la duda: la alianza multimillonaria que sostenía el imperio de su familia estaba pendiendo de un hilo por aquella desconocida. Tragó saliva con dificultad, intentando recomponer su máscara de altivez, pero sus pupilas dilatadas delataban el miedo primario que acababa de invadirla.
—Estás loco, Alexander... —alcanzó a articular con un hilo de voz temblorosa, liberando su brazo con un tirón torpe.
—Ahora, sal de mi casa —sentenció él, señalando la gran puerta de entrada sin apartarle la mirada.
Sin atreverse a pronunciar una palabra más, Victoria dio media vuelta. El eco vertiginoso de sus tacones alejándose fue el único sonido que rompió el silencio helado del vestíbulo hasta que el portón principal se cerró de golpe.
Solo entonces, Alexander dejó ir un largo suspiro. Se pasó una mano por el cabello, deshaciendo el orden impecable de su peinado, y se giró hacia la puerta de la biblioteca. Con dedos lentos y cautelosos, hizo girar la llave en la cerradura una vez más.
Al abrirse la puerta, la tenue luz del pasillo reveló la silueta de Elena, acurrucada en la penumbra, con los ojos vidriosos por las lágrimas contenidas y el corazón latiéndole desbocado.