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Ámame, Esposo Mío

Ámame, Esposo Mío

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Reencuentro / Completas
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: ErKa

Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.

Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.

Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.

Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.

¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?

NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 15 - Una buena relación

Camila llevaba casi dos semanas viviendo en la casa grande. Todas las mañanas vomitaba. Cada vez que le llegaba el olor de la comida, las ganas de devolver se le multiplicaban. Por eso doña Lupe la mantenía lejos de la cocina y procuraba darle tareas ligeras que no exigieran mucho esfuerzo, como sacudir los muebles o regar las plantas.

Pero si la señora Montenegro se enteraba, la ponía a hacer trabajos agotadores, como trapear toda la casa, que tenía más de mil metros cuadrados de construcción. Por supuesto, aquello la dejaba sin una gota de energía. Cada día estaba más delgada.

En cambio, en cuanto caía la noche, el apetito se le multiplicaba. Comía a escondidas montones de la comida que doña Lupe le apartaba, pero a la mañana siguiente volvía a vomitarlo todo. Parecía que a su cuerpo no le llegaba nada de lo que comía.

Max le escribía todos los días, sin falta. Eran tres o cuatro mensajes diarios, en promedio, y de todo tipo. A veces le pedía que se cuidara, que comiera sano, que no hiciera nada que la cansara. Otras veces le daba consejos para sobrellevar las molestias de los primeros meses de embarazo, como comer unas galletas en la mañana para calmar las náuseas, y cosas por el estilo.

Quién sabe de dónde habría sacado todo eso. Ella no le había contestado ni uno solo de sus mensajes. Y, sin embargo, empezaba a esperarlos. Aunque todavía lo odiaba, ya no era con la misma intensidad de antes. A veces se preguntaba cómo reaccionaría si se lo encontrara. ¿Le tendría tanto miedo como antes? ¿Le temblaría el cuerpo? ¿Se le cerraría la garganta y la empaparía el sudor frío? Quién sabe; no tenía forma de saberlo.

Al parecer, él de verdad quería cumplir su palabra. Sabía que ella le tenía miedo y lo odiaba, y por eso, para que no tuviera que verlo, no se había aparecido por la casa grande en esas dos semanas.

Esa noche, acostada en la cama, Camila se puso a revisar el celular con la esperanza de que hubiera llegado algún mensaje. Por lo general le llegaban a ciertas horas: en la mañana, cuando la gente sale a trabajar; al mediodía, a la hora de la comida; al anochecer, cuando los oficinistas regresan a casa; y ya tarde, cuando todo el mundo se va a dormir.

Y, tal como lo esperaba, llegaron otra vez.

¡Ding! ¡Ding! ¡Ding!

¿Ya te dormiste?

¿Qué hiciste hoy?

¿Te sientes bien? ¿Ya fuiste al ginecólogo?

Normalmente ella los leía y los dejaba sin respuesta. Pero esa noche, sin saber por qué, le dieron ganas de contestar. Andaba un poco sentimental. ¿Sería cosa del bebé, que necesitaba la atención de su padre? Quién sabe. Casi sin darse cuenta, empezó a escribir una respuesta y la envió.

Todavía no me duermo. No hice nada. Me siento bien. Todavía no voy al médico.

Esperó casi un minuto una respuesta, pero en lugar de un mensaje le entró una llamada. Se llevó tal susto al ver que él la estaba llamando que el celular se le resbaló de las manos. Lo recogió y rechazó la llamada. Todavía no estaba lista para oír su voz. Un momento después le llegó otro mensaje.

Ya no te voy a llamar. ¿Puedes contestarme por mensaje?

Sí.

¿Qué hiciste hoy?

Nada.

En realidad, se había pasado el día entero haciendo quehacer, porque la señora Montenegro estaba en casa. Tenía el cuerpo molido; sentía que los huesos se le iban a desarmar. Pero prefirió no contárselo. No quería que, por culpa suya, la relación entre madre e hijo se enfriara todavía más.

¿Por qué no has ido al ginecólogo? ¿No te dije que le pidieras ayuda a Catalina?

La joven señora está ocupada. Cuando se desocupe, seguro me lleva.

¿Cuál joven señora? Ella es igual que tú. No le digas así. Trátala como si fuera tu hermana mayor. Ella te va a tratar bien.

Sí.

Camila contestó con una sola palabra. Le había molestado un poco el mensaje. ¿Que la señora Catalina la iba a tratar bien? Hasta ese momento, las únicas que habían sido amables con ella eran doña Lupe, Tere y Aurelia. ¿Cómo iban a ser buenos con ella los patrones, si nadie en esa casa la quería ahí? Eso solo existía en la imaginación de él.

¿El bebé está bien?

Sí.

¿Tienes vómitos en las mañanas?

No.

Mintió, porque no quería que él se preocupara.

Qué bueno. Leí que solo unas pocas mujeres se libran de las náuseas matutinas. Qué bueno que tú seas una de ellas. Si se te antoja cualquier cosa, dímelo. Haré lo posible por conseguírtela.

No, no se me antoja nada. Ya me voy a dormir.

Ah, sí… Duérmete. Gracias por contestarme. Buenas noches, que descanses.

Camila volvió a leer la conversación. Sin saber por qué, sintió cierta paz. Tal vez ese hombre no era tan malo como ella creía. Cambió el nombre del contacto: donde antes decía «Hombre malo», ahora decía «Papá del bebé».

Quizá, si la relación con él mejoraba, el bebé también estaría mejor. Dicen que los bebés sienten el estado de ánimo de su madre. Si se llevaba bien con el papá del bebé, a lo mejor sería bueno para que el pequeño creciera sano. Cerró los ojos y se dispuso a dormir.

La mañana llegó demasiado rápido. Ese día, la señora Montenegro parecía decidida a hacerla sufrir un poco. Desde temprano, Camila tuvo que trapear toda la casa, limpiar las habitaciones y tallar cada uno de los baños. Aunque las náuseas matutinas volvieron a atacarla, hizo lo posible por aguantarse. Cuando terminó con los baños, la señora le ordenó sacudir todos los muebles con mucho cuidado.

Estuvo en eso hasta casi el mediodía. Después de comer, cuando les tocaba descansar como a las demás empleadas, la señora le ordenó lavar toda la ropa sucia de la casa. Y le prohibió a todo el mundo ayudarla.

Casi a las cuatro de la tarde, Camila por fin terminó de lavar y tender toda aquella ropa. Ya se imaginaba cuál sería su siguiente tarea. Sin que nadie se lo pidiera, juntó toda la ropa —que, puesta en una báscula, habría pesado decenas de kilos— y empezó a preparar todo para planchar.

Llevaba ya tres horas planchando, y la montaña de ropa no había bajado ni a la mitad. Soltó un suspiro pesado. El cansancio la estaba aplastando. Tenía hambre y empezaba a darle vueltas la cabeza. Hizo lo posible por seguir concentrada. De repente, la puerta del cuarto de planchado se abrió de golpe.

¡PAM!

Camila giró la cabeza para ver quién había entrado así. Borroso, alcanzó a distinguir frente a ella el rostro del papá del bebé. Se veía furioso.

—¡¿Qué estás haciendo?! —preguntó Max, hecho una furia.

Camila no pudo contestar. Un segundo después, ya había perdido el conocimiento.

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Alcenia Acosta
La ponen demasiado gafa
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