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Resucitado Por Venganza

Resucitado Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Venganza
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: Galeano

Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.

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Capitulo 13

El sol de la tarde filtraba sus últimos rayos dorados a través de las copas de los árboles de la gran plaza central. Las palomas revoloteaban cerca de las fuentes y el murmullo de las familias que paseaban llenaba el ambiente de una serenidad cotidiana. A la orilla del parque, estacionado junto a la acera en una zona de sombra, el sedán negro de cristales polarizados permanecía inmóvil, confundido entre los demás vehículos de la avenida.

En la penumbra del asiento trasero, Alexander mantenía la mirada fija en Isabella. Ella estaba sentada en uno de los bancos de madera, leyendo un libro con la tranquilidad de quien disfruta de un momento de descanso. Verla de nuevo, aunque fuera a la distancia, alimentaba la sed de su alma tras diez años de luto forzado. Sin embargo, Alexander se mantenía cauteloso, estudiando cada movimiento de la zona a través de su equipo de seguridad.

De repente, la puerta de cristal de la heladería ubicada al otro lado de la plaza se abrió de golpe. Un niño de unos diez años salió corriendo a toda velocidad sobre la hierba del parque, sosteniendo con cuidado dos barquillos de helado en las manos. Tenía una sonrisa brillante, la piel bronceada por el sol y una cabellera castaña que se agitaba despeinada por el viento de la tarde.

—¡Mamá! ¡Mira, logré que me dieran el de doble chocolate como me gusta! —gritó el pequeño con una voz clara y llena de vida, corriendo directo hacia el banco donde estaba Isabella.

Isabella levantó la vista del libro y una sonrisa radiante, hermosa y completa —una sonrisa que Alexander no veía desde las vísperas de la tragedia— iluminó su rostro por entero. Cerró el libro, lo guardó en su bolso y abrió los brazos para recibir al pequeño, despeinándole el cabello con infinita ternura mientras reía ante el entusiasmo del niño.

En el interior del vehículo, el tiempo se detuvo de forma violenta.

Alexander se inclinó bruscamente hacia adelante, pegando la cara al cristal oscurecido. La respiración se le congeló en la garganta y las manos, apoyadas contra el respaldo del asiento delantero, comenzaron a temblar con una intensidad incontrolable.

—Mamá... —susurró Alexander en un hilo de voz, sintiendo que el piso debajo de él se abría en un abismo absoluto.

El niño se giró de perfil mientras hablaba animadamente con Isabella, gesticulando con las manos y riendo a carcajadas. Fue en ese preciso instante cuando la luz del atardecer le dio de lleno en el rostro, revelando con una claridad devastadora cada uno de sus rasgos faciales.

Alexander sintió como si un rayo le atravesara el pecho, directamente en las cicatrices que las balas habían dejado en su corazón.

El niño tenía la misma estructura ósea de su mandíbula, la misma curva en las cejas y la forma exacta de sus labios. Pero lo que terminó por paralizar el mundo de Alexander fue el momento en que el pequeño miró hacia la avenida: sus ojos, de un tono azul gélido y brillante, eran el reflejo idéntico de los suyos y de los de Valentine. Era la mirada de la estirpe Rostova, inconfundible, única e irrefutable.

—No... No puede ser... —balbuceó Alexander, con la frente perlada de un sudor helado y los ojos desorbitados por el impacto.

Su mente comenzó a hacer cálculos frenéticos, conectando fechas de forma desesperada. Tenía diez años. La boda había sido hace exactamente diez años. Isabella estaba sola tras el atentado... Isabella llevaba a su hijo en el vientre el día en que él fue sepultado en aquel ataúd de madera.

El hijo que jamás supo que existía. La criatura engendrada antes de que las balas destrozaran su vida en el altar.

—Señor Rostova... —intervino el oficial de inteligencia desde el asiento delantero, mirando la pantalla de su computadora táctil con expresión de asombro—. Los archivos del registro civil local acaban de ser filtrados por nuestro sistema. El niño nació ocho meses después del atentado en la catedral. Su nombre completo es Alex... Alex Rostova en los documentos privados, pero registrado bajo el apellido de ella.

—Alex... —repitió Alexander, y el nombre de su hijo le quemó los labios como fuego puro.

Un torrente abrumador de emociones encontradas se desató en las entrañas del heredero de la mafia rusa. La conmoción se mezcló con un dolor desgarrador y una rabia infinita hacia el destino que le había robado diez años de la vida de su propio hijo. Él no había estado allí para ver su primera ecografía, ni para sostener la mano de Isabella durante el parto; no había estado para escucharlo pronunciar su primera palabra, ni para curarle las rodillas raspadas o enseñarle a caminar. Había sido despojado de la etapa más sagrada de su existencia.

Las lágrimas, calientes y amargas, brotaron a mares de los ojos de Alexander, resbalando por su rostro sin que hiciera el menor intento por detenerlas. Apoyó la cabeza contra la ventanilla del vehículo, soltando un gemido sordo y agónico que hizo que sus guardias de seguridad mantuvieran un silencio sepulcral por respeto a su dolor.

Afuera, ajenos a la tormenta que se desarrollaba dentro del coche blindado, el pequeño Alex le entregaba el helado a su madre. Isabella le limpiaba la comisura de los labios con un pañuelo de papel mientras el niño le contaba algo divertido que lo hacía dar pequeños saltos sobre la hierba. Tenía una vitalidad pura, una energía luminosa que demostraba que había sido criado con un amor incalculable y protegido con fiereza de la violencia del mundo.

—Míralo... —susurró Alexander entre sollozos contenidos, fijando la vista en la sonrisa del niño—. Es mi sangre. Es mi hijo, Isabella... Me diste un hijo.

El dolor en su pecho se transformó gradualmente en una fuerza colosal y aterradora. Toda la preparación táctica, la fortuna millonaria que Valentine le había entregado y el poder que ahora ostentaba como la mano derecha del clan ruso cobraron un sentido completamente nuevo, definitivo e inquebrantable. Ya no solo regresaba por la mujer que amaba; ahora tenía un heredero al que proteger, un niño que llevaba su nombre y su sangre, y al que nadie en este mundo volvería a arrebatarle.

Alexander se erguí sobre el asiento, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano con una brusquedad llena de determinación. Sus ojos azules, aunque rojos por el llanto, recuperaron un brillo de acero helado que helaba la sangre.

—Señor... ¿cuáles son las órdenes? —preguntó el jefe de la guardia, notando el cambio drástico en la energía de su líder.

—Quiero un perímetro de seguridad invisible alrededor de ellos las veinticuatro horas del día —ordenó Alexander con una voz grave, profunda y autoritaria que no admitía replicas—. Cuatro hombres de élite cuidando cada uno de los pasos de mi hijo y de Isabella. Si una sola hoja cae cerca de ellos de forma sospechosa, quiero a los responsables eliminados antes de que parpadeen.

—Entendido, señor Rostova.

Alexander miró por última vez hacia la plaza. El pequeño Alex abrazaba a Isabella por la cintura mientras ambos caminaban juntos de regreso a casa. Un juramento sagrado, forged en las profundidades de su alma, se selló en ese instante.

—Pronto sabrás quién soy, mi pequeño Alex... —murmuró Alexander mientras el auto comenzaba a avanzar lentamente por la avenida—. Te prometo que seré el padre que necesitas, y nada ni nadie en este planeta volverá a separarnos.

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